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La aventura del arte de Alberto Greco llega al Reina Sofía con una gran antológica

La exposición “Viva el arte vivo” repasa los gestos provocadores y acciones sorprendentes del artista que rompió todas las reglas al declarar mercados, baños y hasta ciudades enteras como verdaderas obras de arte viviente

ALBERTO GRECO. ¡Qué grande sos!, 1961. Fotografía de Sameer Makarius (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía)

La exposición Viva el arte vivo ilumina el recorrido singular de Alberto Greco, un artista cuya vida y obra resultaron inseparables de su constante desplazamiento geográfico y conceptual.

Esta gran antológica en el Museo Reina Sofía de Madrid, del 11 de febrero al 8 de junio y curada por Fernando Davis, que incluso ha superado cambio de directores, es en muchos sentidos un reconocimiento a uno de los artistas más disruptivos de su tiempo, y es la primera que se realiza desde Alberto Greco, ¡qué grande sos!, en el argentino Museo Moderno en 2021.

La exposición abarca desde sus primeros escritos y pinturas informalistas hasta la novela Besos brujos, redactada poco antes de que decidiera poner fin a su vida en Barcelona en 1965, y subraya cómo Greco, a lo largo de una existencia migrante, entendió el arte vivo no como un manifiesto destinado al futuro, sino como una invitación radical a disolver los límites entre el arte y la vida.

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“Lo más interesante es que se muestra cómo Greco habla lenguaje actual. O sea, se adapta a todas las épocas, a todos los mensajes, a todos los lenguajes”, comentó a Julián Mizrahi, diector de galería Del Infinito, desde donde se aportan piezas que se muestran en España, donde además se encuentran obras del MoMA y otros museos de Estados Unidos y Europa, como de colecciones privadas, entre ellas de la Colección Cisneros, “muchas que no vinieron a Buenos Aires”.

Pinturas informalistas de "Alberto Greco, ¡qué grande sos!, en el argentino Museo Moderno en 2021 (Guido Limardo)

Dentro de las novedades de mayor impacto destaca la documentación y las obras relativas al período italiano, que hasta ahora no habían visto la luz: “Podemos pensar en muchísima documentación y obras que hasta ahora no se habían visto, sobre todo en Italia con las fotos que tomó Claudio Abatté en 1962”, precisó Mizrahi.

“Es una muestra muy abarcativa, una especie de catálogo razonado visual, con un cuerpo de obras casi completo, que pocas veces se vieron, ni siquiera en la muestra del ’91 en el IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno, Valencia, España)”, agregó.

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La trayectoria de Greco partió desde Buenos Aires en 1950 y cruzó la Puna de Atacama, Humahuaca, París, Río de Janeiro, São Paulo, Génova, Roma, Nueva York, Ibiza y Barcelona, a la vez que sus obras, realizadas entre 1949 y 1965, abarcan diversas técnicas y soportes.

Sus pinturas informalistas expandieron los límites materiales del género, mientras que sus collages de “autopropaganda” y dibujos realizados en Madrid incorporaron sensibilidades populares, la cultura de masas y modulaciones vinculadas a lo cursi y lo camp.

Alberto Greco por Ilse Fusková

La figura de Alberto Greco desafía las clasificaciones convencionales dentro del arte argentino del siglo XX. Pionero del informalismo junto a Kenneth Kemble y creador de experiencias artísticas radicales, llevó su práctica a grandes ciudades y remotos pueblos, dejando una estela de intervenciones, manifiestos y actos que aún hoy generan debate y reinterpretación sobre los límites y la vitalidad del arte. Greco cargó el arte sobre sus espaldas y lo llevó a donde pudo.

Aunque los manuales lo sitúan como uno de los principales impulsores del informalismo en América Latina desde fines de los años cincuenta, quienes revisan su trayectoria advierten que Greco nunca se mantuvo aferrado a una sola forma de expresión. Tras unos años dedicados a la pintura —que abandonó por considerarla “obsoleta” y “muerta”— devino protagonista de obras efímeras y acciones públicas que trastocaron las nociones de obra y autoría. Así lo documentó en 1961 Sara Facio, cuando Greco comenzó a pegar afiches amarillos con el texto: “el pintor informalista más importante de América”.

Lo cierto es que su formación fue amplia pero poco académica. Egresado de Bellas Artes, tuvo como maestros a Cecilia Marcovich, Tomás Maldonado y Lidy Prati, aunque nunca se circunscribió a un taller o método tradicional. Para los años sesenta, concebía el arte como una acción, una aventura continua, un acontecimiento que involucraba al propio espectador y escapaba del soporte clásico del lienzo.

Collage “Asesinato de Kennedy”, de Alberto Greco

La ruptura no fue repentina. En 1950, antes de asumirse como informalista, editó Fiesta, una publicación artesanal con 150 ejemplares únicos y tapas intervenidas por Raoul Veroni, que reunió haikus escritos por él. Durante la presentación, la irrupción de fuerzas de seguridad dispersó el acto bajo la sospecha de actividades comunistas. Este episodio, que marcaría su relación constante con la autoridad y el poder, ha sido considerado por algunos como el primer happening argentino, aunque el término entonces no tuviera vigencia.

Su accionar, a menudo envuelto en mitos y relatos contradictorios, anticipó los debates sobre el arte conceptual y los límites entre lo real y lo simbólico. Una y otra vez, Greco insistió en que el arte podía y debía ser intervenido, resignificado, vuelto a poner en circulación.

Así, abrió el camino a la efervescencia del happening en la Argentina, que estallaría públicamente en los años sesenta con el Instituto Di Tella como epicentro, y con su afiche ¡Qué grande sos!, eternizado por la lente de Sameer Makarius, inspiró el ¿Por qué son tan geniales? de los ditellianos como Edgardo Giménez, Dalila Puzzovio y Carlos Squirru.

Alberto Greco en Piedralaves

Entre 1962 y 1963, Greco llevó su búsqueda a Europa, especialmente a París y Roma. En la capital francesa, deambuló con tiza en mano, señalando transeúntes dentro de círculos como una manera de consagrarlos momentáneamente en “obras de arte vivas”. Ese mismo año redactó el Manifiesto de Vivo Dito, donde sostuvo: “El arte vivo es la aventura de lo rea”l.

El artista enseñará a ver no con el cuadro sino con el dedo. Quiere terminar con la premeditación que significa galería y muestra. Debemos meternos en contacto directo con los elementos vivos de nuestra realidad. Movimiento, tiempo, gente, conversaciones, olores, rumores, lugares y situaciones. ARTE VIVO, movimiento DITO”.

Los collages y dibujos de Greco inscriben, en la superficie de papeles y telas, textos y registros que remiten tanto al vagabundeo urbano como al espectáculo popular, el readymade y las festividades religiosas. Esta mezcla revela la tensión entre la vida cotidiana del artista y las intensidades corporales que atravesaron su escritura y su iconografía.

De "Cristo 63"

En 1963, ideó en Roma el espectáculo Cristo 63, un happening teatral improvisado en el Teatro Laboratorio de Carmelo Bene. Allí, el público integraba la acción con relatos e interpretaciones propias. Como muchas otras veces, la intervención de la policía clausuró el evento y Greco fue confinado con camisa de fuerza en un hospital de monjas. En correspondencia dirigida a amigos sobre esa experiencia, relató: “Podía durar una hora como cinco... tres días o diez minutos. La idea era abolir los camerinos, todo debía ocurrir allí” y recordaba cómo logró evadirse gracias a la ayuda del propio Bene: “Logré escaparme por una ventana ayudado por el director de la compañía”. Tan intenso fue el escándalo que, según sus cartas, tuvo que abandonar Italia menos de 48 horas después del episodio.

Uno de los episodios mejor documentados de esta etapa fue su estadía en Piedralaves, un pequeño pueblo español a 95 km de Madrid. Allí, acompañado de la fotógrafa Montserrat Santamaría, desplegó el Gran Manifiesto-rollo arte Vivo-Dito, una pieza de 300 metros repleta de inscripciones y fotografías.

En ese proceso, involucró a niños, que incluso colaboraron recolectando papel higiénico de sus hogares, y a algunos adultos, quienes sostuvieron carteles con la inscripción “Obra de arte señalada por Alberto Greco”. Al igual que Piero Manzoni, Greco convirtió a las personas en arte a través de su propia certificación. ¿Qué es el arte? Lo que yo diga que es.

Greco rodeando con tiza al artista argentino Alberto Heredia, en 1962, (IVAM, Institut Valencià d’ Art Modern)

Posteriormente, trasladó su arte vivo a Madrid, donde realizó la acción Viaje de pie en metro de Sol a Lavapiés: los pasajeros recorrieron una estación juntos y pintaron una gran tela, que fue quemada minutos antes de la llegada de la policía franquista. Finalmente, ya de regreso en Buenos Aires, organizó una exhibición en la histórica Galería Bonino con la muestra individual Mi Madrid querido, que tuvo tal concurrencia que obligó a trasladar las acciones a la Plaza San Martín.

En el tramo final de su vida, Greco protagonizó una impactante performance en Barcelona, donde decidió poner fin a su existencia con la que llamó su “mejor obra”. Antes, ya había anticipado su despedida con la novela Besos brujos, escrita entre Ibiza y Madrid. Este texto experimental de 130 páginas combina relatos populares, dibujos, historias de espías y de lejano oeste, cartas personales y horóscopos.

Gran Manifiesto-rollo arte Vivo-Dito" en Piedralaves, 1963. Fotos de Montserrat Santamaría

En ella, Greco incluyó los trazos de una relación tumultuosa con Claudio Badal. El libro se considera una pieza adelantada a propuestas de la literatura queer que emergerían décadas después y a la mixtura narrativa de autores como Manuel Puig. En Barcelona, tras ingerir una sobredosis de barbitúricos, Greco escribió en su mano izquierda la palabra “Fin” y, sobre la pared, estampó la frase: “Esta es mi mejor obra”.

Para Greco, el arte vivo no representaba un simple proyecto estético orientado hacia el progreso, sino una “aventura abierta a lo imprevisto”, en la que arte y vida —con su movilización, transformaciones y desbordes— quedaban convocados a fusionarse por completo.

"Besos Brujos" de Alberto Greco (Galería del Infinito)

Para Mizrahi, esta exposición implica una resonancia particular para el público argentino y constituye una instancia de legitimación y posicionamiento institucional: “Fundamentalmente es una muestra que nos interpela como si estuviéramos en la Copa del Mundo. El museo es no solamente legitimador, sino que, hoy en día está posicionado muy arriba en cuanto a pensamiento, en cuanto a estructura museográfica, museológica y conceptual”.

Alberto Greco selló en su acto final el itinerario de un artista que despreció el estatismo, construyendo, a cada paso, una noción expandida del arte y del acto mismo de vivir. Greco ha muerto, que viva Greco. Que viva el arte vivo.

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