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Richard Coleman, la pulpería y el rock

En una tarde lluviosa, el músico presentó su nuevo disco, “El (In)correcto uso de la metáfora”, en un pueblo de Buenos Aires

Richard Coleman, la pulpería y el rock

Para llegar a La Pulpería de Gándara, el Waze marca 87 minutos desde el Obelisco. Hay que tomar la Ruta 2 y, unos kilómetros antes de la entrada a Chascomús, girar a la izquierda por un camino asfaltado. Cuarenta metros antes de la estación de tren, aparece, sobre la vera del camino, la pulpería: rodeada de verde, árboles añejos, el aroma del pasto recién cortado y algún ruido de moto que destroza el silencio campestre.

A ese lugar, tan remoto como cercano a la ciudad de la furia, llegó Richard Coleman para calzarse la guitarra, subirse a una tarima de un metro por un metro veinte y ofrecer un show para un puñado de fieles capaces de seguirlo por los boliches del conurbano o reventando el palermitano Niceto en la presentación de su último disco, El (In)correcto uso de la metáfora.

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El anuncio en su Instagram decía que el recital comenzaba a las 17. La pulpería, precavida, pidió llevar lonas y sillitas por si escaseaban los lugares: ocho mesas de madera con bancos largos incorporados, para ocho personas cada una, dispuestas en dos filas de cuatro con un pasillo en el medio.

El músico se presentó en La Pulpería de Gándara

Cuatro horas antes, cincuentones con noches rockeras marcadas en el rostro pedían hamburguesas como prólogo, mezclados con familias cuyos chicos saltaban entre mesas, cables y parlantes. Todo se distorsionó cuando, a las tres de la tarde, una lluvia se descargó sobre el retazo de campo donde se levantaba el modesto escenario.

La preocupación se dibujó en los rostros de los empleados gastronómicos, el sonidista rastafari y el músico que, guitarra al hombro, veía naufragar su prueba de sonido. Todos iban y venían. Menos Richard. Calmo, ajeno al aguacero, se refugiaba en una hamburguesa con papas en un cuartito separado del mundo por una cortina de colores.

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Doce minutos antes de la hora señalada, apareció caminando por el estrecho sendero de césped. Jeans, zapatillas negras, campera y anteojos a tono. Llevaba su guitarra en un estuche verde, el mismo que la había protegido de la lluvia inoportuna. “A ver cómo arreglamos esto”, le dice al sonidista, que empieza a sacar las bolsas que cubren los equipos. Richard se agacha, destapa su pedalera y seca con precisión quirúrgica la zona. Abre su caja y se adivina la lista: catorce temas, calcula uno de los primeros en llegar, ahora entregado a una porción de torta de ricota casera.

"El (In)correcto uso de la metáfora, el mejor disco de mi carrera", dijo

A las 17.03 se cuelga la viola.

—Buenas, ¿cómo andan? Era a las cinco… el que llegó temprano que se la fume —lanza, entre risas.

Y sin más, arranca:

“¿Qué haremos con tantos temores? // Con tantas dudas? // ¿Por qué habitamos el desorden?”, canta la primera estrofa de Hamacándote. Es inevitable recordar aquel video suyo, solo, en un microcentro vacío. Del gris urbano a esta ruralidad donde el sol asoma tímido.

Repasa algunos de sus hits mientras juega con la pedalera, su banda invisible. Invita a seguir el ritmo con las manos, baila, salta. Hace una pausa breve para anunciar que “la Negra”, su mánager, trajo vinilos a la venta:

—El (In)correcto uso de la metáfora, el mejor disco de mi carrera —dice, orgulloso, antes de arrancar Oscuras intenciones. “Es la imagen lo que atrapa con oscuras intenciones // Desguazaron el infierno y lo que hay alrededor.” Pinta la época con su voz impecable.

¿Es Coleman uno de los últimos héroes del rock argentino que se trepa a un escenario dos veces por mes?

Ahora cambia de continente y versiona a Depeche Mode para que un mocoso que no llega a los tres años baile al lado del escenario marcando el ritmo con su helado de frutilla. Los dos sonríen. La música rompe cualquier brecha generacional. Lo sabe Richard y lo sabe el pibe con su sabiduría infantil.

¿Es Coleman uno de los últimos héroes del rock argentino que se trepa a un escenario dos veces por mes? El cuarto Soda, el gran guitarrista, el compositor exquisito. Toma la viola y, una vez más, hace Signos. Su público entra en éxtasis religioso: escucha a su mesías y tararea bajito el clásico. Alguien se pare entre los árboles y lo graba desde atrás con su Iphone.

Agradece, guarda la guitarra acústica, saca otra, cambia pedales, retira el pie del micrófono. En la mesa-bar donde sólo hay un café y una botella de agua, acomoda sus accesorios.

Es el turno del set electrónico junto a DJ Baunder. Entonces emerge otro Richard —que en realidad es el mismo— entregado a la música, entrando en un trance que recuerda una zapada jazzera extendida por quince minutos.

Ya no llueve. El sol se ha ido. Y la tarde cae, lenta, sobre el horizonte verde.

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