Fragmento de “Medusa”, la novela de Daniel Pliner

La semana pasada falleció en Buenos Aires, a los 72 años, este periodista y editor de enorme trayectoria en los principales medios de comunicación del país y muy querido por sus colegas. "Era culto, refinado frontal", lo definió Jorge Sigal tras su muerte. Infobae Cultura publica un fragmento del libro que sus hijos, Nicolás y Tomás, editaron para su cumpleaños

“Medusa”, novela de Daniel Pliner

¡Viva la Patria, aunque yo perezca!

Caían soretes de punta.

Por eso, supongo, demoramos tanto esa noche en salir de la Casa de Chacarita.

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-Somos listas -dijo Medusa y ya serían como las tres de la mañana.

Lo dijo con seguridad, sin énfasis, con la misma displicencia con que podría haber dicho afuera está lloviendo, apúrense que se enfría el asado, este es el año de River, mirá qué culo esa mina, hoy salió el 22 a la cabeza, el vino está un poco picado, el domingo lavo el auto o hay que podar la glicina.

-Somos listas -eso fue exactamente lo que dijo.

Y explicó, por lo que me acuerdo, que no éramos más que combinaciones, muchas veces arbitrarias e inexplicables, siempre irrepetibles, de amores y odios que nos identifican. Películas, conductores de televisión, jugadores de fútbol, discos, libros, ciudades, refranes, letristas de tango, conocimientos inútiles, cosas incomprensibles, criminales, posturas sexuales. Podía haber seguido toda la noche. Pero no lo hizo.

Se zambulló, en cambio, en meditadas profundidades que demostraron que no estaba improvisando, que se lo tenía masticado y que, quizás, se había excedido en su cuota de ginebra y hablaba desde la galaxia del pedo reflexivo. Pero aun desde allí supo que habíamos mordido el anzuelo, y Medusa no necesitaba mucho más para empezar a prender el fuego. Decidió que su momento había llegado y antes de que la oportunidad se evaporara, nos desafió a armar una lista. Cualquiera, dijo. Así lo dijo: una lista cualquiera

(Como en las películas que arrancan con murmullos sobre fondo negro y van mostrando lentamente las imágenes a medida que se ilumina la pantalla, así aparecimos nosotros en escena).

- ¿Por ejemplo? –preguntó Bronstein.

- Por ejemplo… por ejemplo, canciones para cantar en la ducha. Eso: las diez mejores canciones para cantar en la ducha -respondió mientras agarraba un block de papel y se preparaba para anotar las mociones. (Medusa era siempre el que anotaba: en la generala por parejas, en la podrida; trazaba con firmeza las líneas que separaban los casilleros y los llenaba con prolijidad exagerada).

El diluvio continuaba, sigo suponiendo, y no había nada mejor que hacer. Discutimos, concedimos, impusimos y finalmente consensuamos nuestro primer top ten de la historia, de nuestra historia. Ganó por escándalo el Himno a Sarmiento (Fue la lucha tu vida y tu elemento…). Y después se alinearon sin objeciones Mano a mano (Rechiflao en mi tristeza…), El paso del Ebro (Ay, Carmela…) y la Marcha Peronista (Los muchachos peronistas…). Mucho más peleada fue la inclusión de El orangután (El orangután y la orangutana…). Here’s to you (Here’s to you Nicola and Bart…) y La Marsellesa (Allons enfants de la Patrie…) intentaron ser vetadas porque estaban en otro idioma, hasta que el Gordo Chaves dijo que cada uno cantaba en el idioma que se le cantaba.

En el final se subieron al podio a los tropezones La riva bianca, la riva nera (Signor capitano si ferme qui…), la Marcha de San Lorenzo (Febo asoma…) y La novia (Blanca y radiante…) Los vientos de aquellos tiempos impidieron la mención a la Marcha de la Revolución Libertadora (En lo alto la mirada…) -el primer disco que recuerdo haber visto en la casa de mis padres-, de la que aun consigo recitar la primera estrofa.

Medusa releyó satisfecho la lista definitiva.

-Solo se puede conocer a alguien si se conocen sus listas -aseguró, imparable.

Y coronó su tesis con un ejemplo luminoso:

-Mirá si te casás y al año te enterás de que en el ranking de tu mujer aparece El cardenal, en la versión de Violeta Rivas. Yo sé lo que les digo: muchas parejas no habrían fracasado de confiarse de antemano sus listas…

- Cortala, Ernesto –dijo Lucía.

- Pero si es sábado…

- Por eso. Mañana tenemos que ir a ver al Indio.

Es humana la tendencia a precisar cuándo comenzaron las cosas: el universo, la vida, la mala suerte, el amor. He decidido momentáneamente que esta historia nació esa noche en la Casa de Chacarita, cuando me fue inoculado el virus de las listas, que permanece latente hasta hoy y me ataca sobre todo durante los insomnios, y cuando escuché por primera vez nombrar al Indio.

Para ir ganando tiempo y evitar confusiones, es bueno que se sepa desde ya que El Indio no existió jamás. O, más precisamente, que solo existió para encubrir la verdadera identidad de Iván Feldman. Un alias. Que le venía como anillo al dedo: hablaba poco, se reía menos y tenía la cara tallada a cuchillo por un artesano peruano. En su momento no se me ocurrió que El Indio Feldman era un oxímoron racista que no habría convencido a nadie. Pero así eran las cosas por entonces y cualquier perejil usaba un nom de guerre hasta para ir a la panadería.

Su vida, la del Indio, y la mía, hicieron equilibrio sobre rectas paralelas que -tal el destino de las rectas paralelas- solo se cruzaron en el infinito. Un poco antes en realidad: cuando los dos ya habíamos pasado los cincuenta años y una incomprensible admiración mutua acabó por acercarnos. Habría sido más probable que no nos hubiéramos conocido nunca: cuando esto sucedía, El Indio estaba preso, y a la sombra continuaría por los próximos catorce años. Ese domingo, supe más tarde, Lucía y Medusa irían a visitarlo a la cárcel de Devoto.

Del Indio se dijo todo. Macanas; no pudo haber tenido tiempo para hacer ni la mitad de las cosas que se le atribuyeron. Ni asaltó bancos ni le pegó un tiro a un policía en el medio de la frente. Tal vez sí secuestró hijos de familias ricas, como llegó a asegurar un diario (porque El Indio salió en los diarios). ¿Fue un revolucionario que tomó el camino de las armas (no el que conduce a Pinamar, sino el otro)? Cuentapropista, mercenario, hasta de agente del Mossad lo acusaron, probablemente inducidos por el apellido Feldman.

Dicen -yo digo, al menos- que la credibilidad precede a la verdad. A ver si lo puedo poner más claro: para que la verdad exista hace falta alguien dispuesto a creerla. Y yo -hay que decir lo que es, decía una tía mía de Arrecifes- al Indio nunca le creí un pomo. Por eso me acostumbré a no hacerle demasiadas preguntas. Por eso y porque la moda privilegiaba las respuestas y relegaba los interrogantes; y también, qué joder, por el mínimo respeto que se merece cualquiera que se haya comido catorce años adentro.

Hubo, en esos catorce años, el crecimiento de tres relaciones que modificaron para siempre su existencia y la de todos nosotros. Una con una mujer, otra con un hombre y la tercera con un muerto.

Sombra terrible de Iván Feldman voy a evocarte.

Con limitaciones, porque cada vez oigo con mayor dificultad lo que me dicta la memoria, apenas un eco afónico que llega desde muy lejos cargado de recuerdos, de pedazos de recuerdos, de recuerdos de recuerdos, de testimonios falsos, de testigos que se repiten y que acaban por volver literatura la historia.

No me quejo: esa es mi propia salsa y en ella tendré que nadar para travestir la ignorancia en ficción, rescatar el sentido aun a costa de perder los hechos. Y aun así quedará siempre la duda de cuál fue el sentido y cuáles fueron los hechos.

Daniel Pliner

Muero contento: hemos batido al enemigo

Son momentos, no es historia. Y lo que la época mandaba era hacer algo. Y yo, que todavía aspiraba a llevarme bien con la gente y tal vez conseguir alguna novia, fiel a la exigencia generacional no dejé pasar ningún bondi, aunque a las dos cuadras de haber subido ya me estuviera bajando. Me deslizaba sobre la superficie como un patinador experto en el Rockefeller Center o, mejor, sobrevolaba en mi ala delta una llanura sobre la que pronto comenzarían a amontonarse los cadáveres.

Fui asistente en un estudio de abogacía, el trabajo más aburrido que tuve en mi vida; otorgué “semi-becas” para aprender inglés, la estafa más maravillosa que jamás conocí; censé jubilados para el Pami; vendí entre los italianos de Villa Urquiza retroexcavadoras para hacer los pozos de los edificios. En fin, trataba, aunque sin saberlo, de retrasar mi llegada al periodismo, que ocurrió de casualidad hacia 1969; sé que fue ese año porque poco después de llegar a la redacción sucedió el Cordobazo. No dejo de pensar, ni entonces ni ahora, cómo serían las cosas si todo hubiera sido diferente.

(En ese entonces la primera prueba era pasar veinticuatro horas en la guardia de un hospital. Yo me salvé: me tocó una nota de color en el zoológico de La Plata: cuántos kilos de carne come por día el león, el cuidador que se hizo íntimo amigo del oso hormiguero, el exhibicionismo de los chimpancés).

Ahí nomás, porque no te daban tiempo para nada, y cuando empezaba a ganar velocidad en el teclado de la Lexington 80, los Montoneros resolvieron presentarse en sociedad y se ganaron mi simpatía -no voy a hacerme el boludo casi cincuenta más más tarde-, con el fusilamiento de Aramburu (“con los huesos de Aramburu/vamo’hacer una escalera/para que baje del cielo/nuestra Evita montonera”). No bajó.

Con la guerrilla compartía enemigos, pero recelaba de sus orígenes cristianos, y mucho más de su fervor por las armas, los uniformes y el nacionalismo. Me reventaba el hígado el parentesco que percibía entre Montoneros y la Falange española, y hasta me bancaba mejor la belleza carismática de José Antonio que la verruga de Firmenich.

Sentía un rechazo inconfesable por la violencia. Inconfesable, aclaro, porque era más producto de mi cobardía física que de los pretextos políticos que inventaba para justificar porque yo no andaba con una pistola y una pastillita de cianuro en el bolsillo. No sé si me gustaban aquellos peronistas, pero era con certeza anti-gorila.

Cada vez había más grupos: fieles a su genética cismática, se escindían, se disolvían, se fusionaban, se reciclaban, se sumaban. Cada una de estas divisiones generaba una mudanza en las siglas que los identificaban: se agregaba una letra, se quitaba otra, hasta que llegaba un punto en que ya no se podía reconocer a ninguno. R, por ejemplo, era siempre revolucionario. F, fuerza.

Pero a todos nos unía el odio a los malos. Y los malos estaban en todas partes, acechantes alrededor de sus presas; o sea: nosotros.

Quiero detenerme un momento para contar un par de historias insignificantes pero que, si se me perdona el lugar común, pintan el clima de aquellos años

La primera. En una ocasión me encontré en los mingitorios con un compañero de redacción con el que casi no tenía trato: estábamos en áreas diferentes y nos caíamos como el orto.

-Escuchame, vos sabés que yo tengo un currito en el Ministerio de Bienestar Social… -arrancó mientras se contorsionaba para desprenderse la bragueta. En efecto, todo el mundo comentaba con cautela lo que ahora el muñeco ventilaba sin pudores.

-…Y el otro día vi sobre una mesa una lista de periodistas…

(Ellos también hacían listas). Yo puse mi mejor cara de mirá carajo, y el tipo siguió:

-No sé lo que quiere decir, pero estaba tu nombre y me pareció que tenía que avisarte...

Un reverendo hijo de puta, pero, por las dudas, tenías que agradecerle, armar el bolsito y desaparecer un par de días de tu casa.

La segunda. En un momento yo, que no podía diferenciar un fusil de un par de boleadoras, di alojamiento temporario en mi departamento a un importante cuadro (esta es la palabra que se usaba) de la guerrilla. Lo hacía por vinculaciones familiares, lejanas, de reconstrucción difícil. Y lo hacía porque lo conocía desde hacía tiempo y me gustaba. Lo único que le pedí a cambio era que no hubiera armas dentro de la casa.

El joven revolucionario aceptó la exigencia y cumplió su parte con ingenio. En la cocina había una pequeña ventana, más o menos a dos metros de altura, que daba a un terreno baldío pegado al edificio. Se subió a un banquito, sacó ambas manos por la abertura y martilló contra la pared exterior un clavo. De allí colgaba, atado con hilo sisal, su revólver cada vez que entraba a la casa. Era un piso veinte. Improbable identificar desde la calle esa confusa mancha oscura.

Todo cambia. Hoy las personas se desviven por sumar amigos en las redes sociales. Entonces teníamos pánico a aparecer en las agendas ajenas. Cuando alguno caía, su agenda pasaba a manos de los otros y agarrate Catalina si tu nombre estaba ahí. La cantidad de amigos era proporcional al riesgo que se corría. Un asunto peligroso este de la amistad en los setenta, algo así como enamorarse de un enfermo terminal.

El amigo muerto era por sobre todas las cosas -con perdón- una amenaza angustiante para el que quedaba vivo. Se lo lloraba a escondidas y se prendían velas para no figurar en su libreta telefónica.

Había, según Bronstein, que tendía a simplificarlo todo, tres posibilidades: agarrabas una ametralladora, te rajabas, te hacías el boludo. Yo elegí la tercera, porque era la que más naturalmente se adecuaba a mi estilo y porque las dos primeras requerían una voluntad y un coraje de los que carecía por completo.

Fue por esos días que desplegué las velas y puse proa a la Casa de Chacarita.

Llegué -otra vez- como bien podría no haber llegado. Me llevaron los Bronstein. Y nació de inmediato la sospecha de una módica empatía (se ve que compartíamos las listas). En el principio fueron la pizza y la ginebra; un combo que preludiaba nuestra parada final: la enorme mesa redonda donde aguardaban tres cubiletes de cuero y dos mazos de barajas francesas, uno para jugar, el otro para ir mezclando y no perder tiempo cuando llegara la próxima mano.

Atravesar la puerta de aquella casa era ingresar en el nebuloso territorio de la omertá. Leí un artículo de Wikipedia que la define como “un código de honor que concede la mayor importancia al silencio, la negativa a cooperar con las autoridades y la no interferencia en las actividades ilegales de los otros”. Más claro, echale agua.

Mis estadísticas personales sostienen que la mayoría de la gente se la pasa hablando de lo que hace. Todo el tiempo habla de lo que hace: visita al dentista, busca chicos en los colegios, se enferma, se amarga cuando su equipo pierde, cocina, compra ropa, se distancia de la familia, reforma su casa, se divorcia, viaja, cuenta chistes, sueña, ve televisión, cambia la cortina del baño, practica terapias alternativas. Si la gente no hiciera nada no tendría de qué hablar. Escuchar es un paréntesis insulso entre lo que el otro ha dicho y lo que uno habrá de decir cuando le toque el turno. A eso se llama conversar. Y explica por qué las personas disfrutan tanto cuando terminan hablando solas echadas sobre el diván del psicoanalista.

Otra era la lógica en la Casa de Chacarita, donde las palabras eludían voluntariamente la cotidianeidad y las frases más usadas eran: debí haber jugado primero el rey de tréboles, ¿a quién le toca dar?, ¿te importaría alcanzarme la botella?, ¡chupate esa mandarina!, habría que ir pensando en comer algo, tachame la doble.

Escapábamos de algo y una tranquilidad sin sentido nos ganaba cuando se cerraba la tranquera y quedábamos del lado de adentro. Si teníamos algo en común, por entonces no lo sabíamos. Pero el silencio construyó una amistad sólida, imprecisa, sin confidencias; un inciso oxigenante que se abría cuando uno ingresaba en aquella casa chorizo y se cerraba cuando uno salía de allí.

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