Una capilla al aire libre de mil cruces y un millón de lágrimas en la Iglesia Parroquial Balally de la Ascensión del Señor, en Dublín, Irlanda (REUTERS / Clodagh Kilcoyne)
Una capilla al aire libre de mil cruces y un millón de lágrimas en la Iglesia Parroquial Balally de la Ascensión del Señor, en Dublín, Irlanda (REUTERS / Clodagh Kilcoyne)

1. Ella tiene 75 años, tres hermanas y un diagnóstico de esquizofrenia. Vive en un geriátrico. Cuando aparecen los síntomas respiratorios es internada en una clínica. Desde ese momento nadie puede visitarla. Varios días después muere sola. Su hermana, de 77 años, hace sola los trámites de la muerte. Tiene que “reconocer el cuerpo”, como llama la burocracia al requisito que establece que una persona viva debe a firmar que conoce a la persona muerta para registrar “la defunción”. Lo hace a través de un vidrio: una hermana de cada lado. Al día siguiente maneja su auto, únicamente ocupado por ella; sigue al coche fúnebre hasta Chacarita. Presencia sola el entierro, que no fue precedido por una ceremonia, y las maniobras de los empleados estatales para poner el ataúd en la tierra. Atraviesa de nuevo el cementerio para volver a su auto, y la ciudad para volver a su casa. Un día después, sabe que su hermana no tuvo Covid-19, que todas esas soledades fueron pura prevención.

La historia me la cuenta N., por WhatsApp:

[15:18, 20/4/2020] N.: hizo todo en la vida para estar con su hermana cuando muriera y no pudo.

[15:19, 20/4/2020] N.: dice que si la hubiera dejado en el geriátrico al menos moría en un contexto familiar.

Conversamos sobre que las políticas de prevención de la enfermedad privan a las personas de estar acompañadas en el momento de morir; suprimen los rituales funerarios, todos, los religiosos, los laicos, los consolidados por la sociedad en instituciones y negocios, los que cada grupo afectivo construye para sí mismo; fuerzan formas inéditas de atravesar los primeros días de la falta; obligan al duelo solitario. Ni las medidas de salud pública ni los discursos de política sanitaria de cada mañana pronuncian eso. Como si no mencionarlo hiciera que nadie pensara en la forma de morir a la que nos arroja la gestión de la pandemia. O como si el duelo fuera un asunto privado, como si la política no lo tocara, como si no hubiera allí nada que planificar. Nos acordamos de Chernóbyl, la serie: de la mujer que se rebela cuando le prohíben tocar a su novio radiactivo. Le pido al robot de Telegram que busca libros que me ayude a encontrar una escena. Lo logra, por supuesto: “Ahora, en lugar de las frases habituales de consuelo, el médico le dice a una mujer acerca de su marido moribundo: “¡No se acerque a él! ¡No puede besarlo! ¡Prohibido acariciarlo! Su marido ya no es un ser querido, sino un elemento que hay que desactivar'”. Son las primeras páginas de Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich. ‘Ni siquiera nos dejaron abrazar el ataúd”, dice la mujer en el capítulo del libro en el que la autora le facilita la toma de la palabra. Una muerte sin sentido del tacto.

Tres días después, N. me manda una nota de Mariana Carbajal en Página/12. Un hijo que no pudo acompañar a su mamá durante sus últimos días viva, dice: “Es como si se hubiera esfumado”.

(Nicolás Stulberg)
(Nicolás Stulberg)

2. Covid-19 aterriza en Guayaquil, la segunda ciudad más grande de Ecuador, en enero: cruza el Atlántico en el cuerpo de una mujer de 71 años, una ecuatoriana que vivía en España, al igual que otras decenas de miles que limpian las casas y cuidan a los hijos del Norte. Semanas después, ella, la paciente cero, muere en una unidad de terapia intensiva. Su hermana también, muchos integrantes de la familia enferman; mientras se recuperan, cuentan el desprecio y la indiferencia que recibieron. El relato no trasciende, en esos momentos la Tierra ofrece imágenes más llamativas de la catástrofe.

Nueve días después, la palabra Guayaquil se expande como una gota de tinta negra en un vaso de agua. Un ataúd arde, sobre el asfalto; las llamas blurean el fondo: unas calles que se parecen a las de cualquier ciudad de Sudamérica. Cuatro personas, jóvenes, dejan a una quinta, muerta, en una vereda, y corren. Otra cámara asoma de la ventanilla izquierda de un auto: en la parte central de un boulevard hay un sillón, sobre él, una persona muerta, arropada con cuidado en una manta celeste, una flor roja sobre su pecho. No se entiende qué ocurre; según el gobierno, el día en el que estas imágenes comenzaron a circular el virus había matado a 60 personas en esa provincia, muy poco para hacer colapsar todo. Las dependencias estatales que administran la muerte trabajan en horarios restringidos, por la cuarentena. Las autoridades dicen que no tienen vehículos suficientes para retirar a quienes mueren en sus casas por cualquier causa.

Quienes trabajan en servicios funerarios temen contagiarse. Las fábricas aumentan el precio de los ataúdes, que llega a los mil dólares por unidad. El efecto del tiempo sobre la carne hace que sea imposible alojar a los muertos en los hogares austeros de sus familias. Los deudos los dejan a la intemperie. Otros familiares no encuentran a los suyos, algunos son rápidos para los negocios: piden dinero para hallar a cada persona muerta dentro de la burocracia sanitaria. Las y los guayaqueños no le quitan el sonido a los videos que postean: todos son gritos. El olor todavía no pudo ser digitalizado.

Los trabajadores funerarios esperan con un ataúd en la parte trasera de una camioneta afuera del hospital Los Ceibos, Guayaquil (REUTERS / Santiago Arcos)
Los trabajadores funerarios esperan con un ataúd en la parte trasera de una camioneta afuera del hospital Los Ceibos, Guayaquil (REUTERS / Santiago Arcos)

Una semana después –cuando se comprueba que las denuncias eran ciertas y que la llegada del virus multiplicó por diez las muertes diarias en la ciudad–, el municipio de Guayaquil anuncia la construcción de dos cementerios para llevar a quienes retira de los domicilios. Comienzan a usarse ataúdes de cartón; en seis cárceles los presos se ponen a fabricar cofres con madera incautada, proveniente de la tala ilegal. A través de una página web se puede saber dónde es enterrada cada persona, sin ritual.


3. En los Estados Unidos, el virus mata a una velocidad que muy pronto saca a la normalidad de su cauce. Hasta el 18 de marzo mueren 150 personas. Tres semanas después, el 7 de abril, son 12.550 más; de ellas, 5500 vivían en Nueva York. La ciudad pone en funcionamiento 45 morgues móviles, que estaciona en la puerta de los hospitales: son camiones que pueden contener al mismo tiempo a 2600 personas muertas (casi la misma cantidad que las víctimas del atentado al World Trade Center en 2001). El lunes 5 de abril, un integrante del Consejo de Salud de la ciudad anuncia que abrirán fosas en los parques para alojar de manera temporal a los muertos; las declaraciones generan consternación pero no son inverosímiles. Más tarde, la vocera de la o cina forense dice que antes de Covid-19 entre 20 y 25 neoyorquinos morían en sus casas cada día; ahora son 200. Al día siguiente, el alcalde De Blasio desmiente lo de los parques: dice que si en los cementerios llegara a faltar lugar, las personas muertas serán llevadas a Hart Island.

Hart Island es una isla, frente al Bronx. Allí, el Estado entierra a quienes no tienen dinero para afrontar lo que cuesta tener una ceremonia y un lugar donde yacer, también a las personas no identificadas (a quienes en Argentina se llama “NN” y allí, “John” o “Jane Doe”). Desde 1869, casi un millón de personas fueron llevadas a la isla; en la actualidad, cada año 1500 muertos son subidos a un barco y allí enterrados. El trabajo fúnebre –cavar la tierra, colocar el féretro, taparlo– siempre fue realizado por presos de Rikers Island: la famosa cárcel estadounidense estuvo a cargo del camposanto de los pobres, hasta n del año pasado. A partir de 1985, muchas personas que murieron por el virus del SIDA fueron llevadas a la isla, porque las funerarias no querían ocuparse de ellas, y enterradas en tumbas anónimas.

El viernes 9 de abril, un video y una serie de fotos realizados con un dron por la agencia Reuters llegan a la Argentina: una fosa grande, personas vestidas con los trajes blancos de protección –que desde ahora son funcionarios públicos, no presos–, ataúdes de madera sin barniz ni ornamento, apilados. Los canales de televisión las muestran una y otra vez. En 1997, la palabra viral comenzó a usarse como metáfora para nombrar el momento en que un contenido, en ese entonces de tipo publicitario, es difundido por los consumidores, sin necesidad de que el anunciante tenga que pagar por ello. El contenido viral es el que logra una curva de difusión homóloga a la de los virus. Cientos de usuarios comparten las imágenes de Hart Island junto con mensajes que llaman a respetar el aislamiento obligatorio. La fosa común se transforma en parte de una acción colectiva de propaganda.

Las imágenes de drones muestran cuerpos enterrados en la isla Hart de Nueva York (REUTERS / Lucas Jackson)
Las imágenes de drones muestran cuerpos enterrados en la isla Hart de Nueva York (REUTERS / Lucas Jackson)


4. El 7 de abril, el sitio The Conversation titula una nota: “El Coronavirus muestra cómo fallamos en gestionar la logística de la muerte”. Quien la firma, John Troyer, autor del recién publicado libro Tecnologías del cadáver, dice que la “infraestructura nacional de la muerte” en general es invisible para los vivos, tanto que casi nadie se preocupa por su funcionamiento, ni por su presupuesto. Ahora Covid-19 la exhibe, destripada, junto con sus déficits. El autor sostiene que si le prestáramos atención tendríamos muy claro “lo importante que es realmente la infraestructura que trata con los cadáveres, y por qué necesita ser financiada por los gobiernos. Porque en este momento, un gran número de familias no puede llorar a sus muertos de la manera que esperan”. Los ritos funerarios están imposibilitados más por la falta de planificación que por el virus en sí mismo, dice.


5. La infraestructura de la muerte argentina es poco conocida; reconstruir sus circuitos, sus formas de registro, sus autoridades, sus obligaciones, sus detalles es una tarea para detectives de la burocracia. El sistema de salud, las morgues, los registros civiles, las policías, las fiscalías, los cementerios forman cadenas opacas, con reglas que hay que rastrear, que fabrican decisiones que hacen estragos, muchos de ellos avalados por las normas, otros puro residuo del desapego. Si se presta atención a los detalles se aprecian las características. Por ejemplo, los velatorios solo son posibles si se tiene dinero (mucho) para pagarlos, porque el sistema de servicios funerarios es privado. Un informe de La Poderosa cuenta cómo se organizan en las villas para financiar las despedidas que para la mayoría de las personas son el necesario primer paso del camino del duelo: la colecta o la deuda. Por ejemplo, después de la inundación de la ciudad de La Plata, el 3 de abril de 2013, la morgue de esa ciudad fue clausurada por las irregularidades en el registro de las personas muertas y en su cuidado. Pruebas del mal funcionamiento de las morgues hay por doquier, en situaciones denunciadas por las familias y en causas judiciales en las que se investigan hechos de relevancia política, como la desaparición de Jorge Julio López.

Cada tanto algo que se presenta como anómalo abre ese mundo y sus partes quedan expuestas. Pero, en verdad pocas veces es una anomalía y muchas, una regularidad invisible. Por caso, cuando se convierte en noticia que una persona desaparecida en democracia estaba enterrada en un cementerio. Esas desapariciones son la consecuencia de la infraestructura de la muerte argentina. No son deliberadas, pero en tanto no paran de repetirse, de algún modo sí lo son. Encontrar a alguien dentro de la infraestructura de la muerte nacional bien podría ser un o cio. Gabriela Franco es poeta, un día su hermano desapareció. Lo encontró dos meses y medio después en un cementerio. En su libro En orden de aparición escribe:

tampoco la muerte

iguala a los hombres


como una lápida caen

las cruces sobre los restos


masculino

indigente

nn


señales que definen

los recursos destinados

a un cuerpo sin nombre

(REUTERS/Ivan Alvarado)
(REUTERS/Ivan Alvarado)

Cuando la normalidad vuelve, la infraestructura sigue sus hábitos. Sin drones que sobrevuelan, sin zócalos que gritan, muchas personas son enterradas sin identificar, sin ritual, sin certeza, en la periferia de los cementerios o en un osario, de donde ya no se podrá recuperarlas. En una entrevista, Gabriela Franco dice: “Me pregunto cómo en una sociedad con una herida tan grande puede haber tanta desidia con los cuerpos”.

Cuando llega Covid-19 pasa lo de siempre. El Ministerio de Salud emite un protocolo no muy fácil de encontrar. Algunos protocolos provinciales hacen lo que ese documento no recomienda: cremar a todas las personas muertas. Las comunidades religiosas se organizan para evitarlo. Las empresas privadas que tienen el monopolio de los rituales se quejan por la falta de directivas precisas y de insumos. La regulación de los cementerios es municipal: cada uno establece reglas diferentes. Algunos permiten que haya cinco personas por cada entierro; otros, dos; otros obligan a quienes van a despedir a alguien a permanecer en el auto. Recién a mediados de mayo, cuando aumentan los contagios en la ciudad de Buenos Aires, se empieza a hablar de la necesidad de unificar un protocolo. Entre los sectores populares la preocupación se extiende; pregunto qué está pasando a varios que militan en los barrios. Marina Joski, de la Central de Emergencias Villeras y referente de UTEP en la ciudad de Buenos Aires, dice en un audio de WhatsApp: “Las organizaciones populares venimos luchando hace muchísimo tiempo por la dignidad de la vida pero también por la dignidad en la muerte. A nosotros nos preocupa la dilatación de los tiempos de retiro de las personas fallecidas en sus propias casas pero también algo, que es muy angustiante y afecta muchísimo: morir en estos tiempos implica que este duelo no pueda llevarse adelante de manera colectiva, como es parte de la tradición de los sectores populares. El entierro o la entrega de cenizas tenían que ver con procesos comunitarios, de poder afianzar el vínculo, de manifestar que la historia de esa persona fallecida se dio en la comunidad. La muerte en esta sociedad es en sí mismo un hacer comunitario. Entonces ¿cómo se reconfigura?”.

Los medios de comunicación construyen noticias con fragmentos: un cementerio cordobés cava fosas, la morgue judicial contrata más gente, el Ministerio de Salud compra bolsas mortuorias. Conocemos las medidas con el filtro del morbo, como en general ocurre con los asuntos de la muerte. Las bolsas, los ataúdes, las fosas, los entierros, las nomenclaturas, las tumbas son lo que los humanos inventamos laboriosamente desde hace decenas de miles de años para vivir la muerte propia y la de quienes queremos. Pero de ellas se habla para viralizar el miedo, no para darnos la certeza de que hay un enfoque de cuidado de los muertos y los duelos que vendrán.


6. Mientras el periodismo registra la irrupción de la muerte en la escena pública mundial con crónicas, fotorreportajes, entrevistas y un torrente imparable de contenidos informativos, una red social captura algo del estado de ánimo de los nosobreinformados. El 26 de febrero, un usuario de Tik Tok sube un video: al accidente de un esquiador le sigue un funeral, y se ve a un grupo de hombres negros, vestidos de traje, que portan en los hombros el ataúd y bailan al ritmo frenético, placentero, del tema Astronomia, agregado por el tiktoker. Un mes después el meme llega a la Argentina, cientos de videos caseros repiten una y otra vez la escena en la que los portadores de ataúdes bailan con fervor y gracia, luego de una escena que anuncia una muerte inminente, real o metafórica. Se le llama “los negros del ataúd”. No es la misma imagen que la de aquel primer video, sino una que fue parte de un informe de la BBC sobre los ritos funerarios de Ghana. En una de las versiones el ataúd se cae y una persona muerta queda sobre la tierra. Pronto se transforma también en sticker de WhatsApp y en un filtro de Instagram. F., mi hijo, manda un video al grupo de WhatsApp de la familia: cuatro funebreros con su cara (la de mi hijo) bailan portando un ataúd blanco en un mundo que se ve como la reconstrucción en Minecraft de un caserío popular ghanés. F. dice: “El mejor filtro de la historia”.

Llego a un texto del cineasta Mariano Llinás, a través de Twitter, la red social de los sobreinformados. Argumenta que los videos son la primera forma cinematográfica de la pandemia, una “poesía feroz”. Parece que Tik Tok, ese universo denostado por las redes sociales iluministas, logró desplazar los sentidos del morir, no sabemos del todo hacia dónde.

Tapa del libro que la revista Crisis publicará gratis en estos días con la editorial Siglo XXI
Tapa del libro que la revista Crisis publicará gratis en estos días con la editorial Siglo XXI

7. El 31 de marzo, en medio de las crisis de Guayaquil, las organizaciones de derechos humanos de Ecuador le pidieron al Estado que preservara “mínimos parámetros de necroética”; reclamaban información, claridad y cuidado para las personas muertas y para sus afectos. Con el transcurso de las semanas de pandemia, algunas decisiones comienzan a mutar. En algunos lugares, se rompe el anonimato de las muertes por Covid-19: en Gran Bretaña arman un memorial para los trabajadores de la salud; cuando los Estados Unidos sobrepasan los 50.000 muertos, el Washington Post publica sus historias; cuando Brasil llega a los 10.000 fallecidos, un artista pone en línea Innumerables, una suerte de Wikipedia poética de los muertos: “las personas merecen existir en prosa”, dice; cuando los Estados Unidos se acercan a los 100.000 una portada tipográfica del New York Times da vuelta al mundo. En Israel, los hospitales cambian la política para que, con los elementos adecuados, las familias puedan despedirse de los enfermos que probablemente ya no se recuperarán. Los médicos de Detroit piden que las despedidas se digitalicen porque ya no soportan el peso de su trabajo.

Escribo esto un domingo a la noche, cuando el tercer ciclo de quince días de encierro está por empezar. Una amiga cuenta en un grupo de WhatsApp que una persona que conocemos, que fue nuestra compañera de trabajo, murió hoy. Unas horas después, llega un correo electrónico: “Estamos pensando en hacer un encuentro por zoom para ritualizar la despedida”. No llegué a conocerla en persona, por primera vez la veo en una foto. De la acuciante cantidad de crónicas sobre la muerte que leí en estas semanas recuerdo unas palabras de un artículo que encontré en unas notas al pie: “la comunidad está constituida por personas vivas y personas muertas”, dice. El duelo, la relación entre unas y otras, se impone, pese a todo. La comunidad, por sí misma, encuentra sus formas.


*La vida en suspenso. 16 hipótesis sobre la Argentina irreconocible que viene es el nombre del libro que publican la editorial Siglo XXI junto con revista Crisis y del que forma parte este texto. Cuenta con las firmas de Rita Segato, Juan Grabois, Alejandro Bercovich, Juan Gabriel Tokatlian, Diego Golombek, Marcelo Leiras, Paula Abal Medina y otrxs. Se distribuirá gratuitamente en formato ebook a partir del 1 de julio.

*El artículo de Ximena Tordini fue publicado en la Revista Crisis #42.

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