
Todo escrito de ficción de largo aliento comienza como una cosa y se transforma irreversiblemente en otra en algún momento de su creación. En algún momento se le agrega algo, o mejor todavía, el que escribe advierte la presencia de otra cosa que se sumó o incluso desplazó lo que creíamos estar escribiendo mientras armábamos la trama. A veces puede ser la mera continuidad de la historia, cuando el tiempo se imprime después de pasar una determinada cantidad de páginas, pero en cualquier caso, rara vez un escrito de cierta extensión sale ileso de sus pretensiones iniciales.
János no es la excepción: surgió como una premisa sencilla que me vino a la mente una vez —qué pasaría si el consumo de libros fuera tan inmediato como el de otros objetos culturales— y se transformó en una apreciación del acto de leer, el hilo conductor que une a todos los personajes, desde el protagonista y su lectura idóneamente “vacía” hasta la devoción del personaje cuyo nombre es el título de la novela. Se me dio vuelta, entonces, la idea: del consumo de libros pasé a cómo los libros que leemos consumen, atrapan, se convierten en todo para los que amamos leer; en otras palabras, cómo se vuelven la “droga” que sintetizan János y el protagonista en su taller.
Una parte importante del proceso de escritura de János en sus comienzos pasó por imaginarme qué libros y “sensaciones de libros” podía incluir en la trama. La premisa me fascinaba por la cantidad de posibilidades de realización: ¿Cuáles títulos? ¿Cuáles autores? ¿Qué generaba cada uno? ¿Cómo describirlo? En esas etapas iniciales pasé tanto tiempo escribiendo como pensando, recordando lecturas y lo que me habían dejado.
En un principio me decanté por poner libros clásicos y de siglos pasados, cosas que pudieran pretender más fácilmente algo de universalidad aunque no fuera sino por el paso del tiempo; partí de los más representativos de las escuelas literarias que vemos en todo curso escolar o universitario y me fui expandiendo. También tomé en cuenta la imagen de sus autores, otra sensación que me dejan los escritos: la melancolía densa de Proust, el sentido estoicismo de Tolstói, la jovialidad sensible de Mann. Para no dejarlo demasiado afectado —"lo único vedado al novelista es aburrir y cansar", decía Filloy—, me permití hacer unos cuantos chistes sobre esas personalidades.

Para las sensaciones, apelé a mi profesión, que más bien parece una condición médica: la traducción. Los que vivimos traductores siempre estamos viendo cómo se dicen cosas en otro lado, qué significados y vivencias lograron recortar y empaquetar otros idiomas, y eso me llevó a examinar las famosas palabras “intraducibles”: saudade, weltschmerz, lítost. Recuerdo la fascinación que sentí cuando me topé con la griega kalopsia, “condición, estado o engaño en el que las cosas aparecen más hermosas de lo que realmente son”. ¡Qué palabra más perfecta y sintética, quién no vivió eso alguna vez cuando está contento o enamorado! La escena en la que entra en acción fue de las más difíciles de armar de toda la novela, no por alguna dificultad inherente a lo literario, sino porque no paraba de reírme.
La cuestión de cómo narrar esas sensaciones me surgió como una especie de doble homenaje. Por un lado, a la ingeniosidad gráfica de Astérix, cuyos libros leí varias veces de chico: la idea de que hablantes de diversos idiomas dialogaran en español en tipografías distintas —y no se entendieran entre sí— no solo era cómica, sino brillante, e inspiró las más simples itálicas que aparecen en János cada vez que hacen efecto las sensaciones de libros. Por el otro, al ya mencionado Filloy, en particular el de Op Oloop, una novela que parece contener toda la lengua española. Quizás mi condición de traductor me haga un mal lector, porque pocas cosas me deleitan tanto como las palabras nuevas, y en Op Oloop interrumpí y repetí la lectura cientos de veces. En ese proceso entrecortado y agotador advertí la feliz meticulosidad que se esconde en la pompa filloyana, cómo cada palabra proclama exactamente lo que tiene que significar; como decía, vicios de traductor. Traté de replicar esa precisión atroz —con una parodia gentil y humilde, claro— cada vez que el protagonista queda tomado por su droga en János.
Fue así que me salió una novela llena de escritores y sus libros, pero acerca de leer, que proclama la lectura como herramienta fundamental para vivir. La angustia de la mortalidad consiste en saber que no sucederá todo, y parte importante de vivir es imaginar para burlar ese límite. Me cuesta pensar un artilugio para imaginar más eficaz que sumergirse en la lectura. Este libro, que empezó como una pregunta curiosa acerca de cómo leer, terminó siendo mi homenaje a esas zambullidas.
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