Por Virginia Higa

Un día de enero de 2014 yo leía en un tren que iba desde Roma a Nápoles, viajando hacia el sur para conocer por primera vez la ciudad de mi familia materna. Poco antes, en una librería de la estación Termini, me había comprado Léxico familiar de Natalia Ginzburg, la novela que me iba a abrir un horizonte nuevo y que iba a despertar en mí la semilla de mi propio primer libro. Lo leí maravillada: contaba cosas terribles con total levedad pero también era divertido y hacía reír muchísimo. Hay un pasaje, cerca del comienzo, que sintetiza la esencia de la novela, y al que llegué con el corazón en la garganta:
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"Somos cinco hermanos. Vivimos en distintas ciudades y algunos en el extranjero, pero no solemos escribirnos. Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos el uno con el otro, pero basta que uno de nosotros diga una palabra, una frase, una de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia (…) para volver a recuperar de pronto nuestra antigua relación y nuestra infancia y juventud, unidas indisolublemente a aquellas frases, a aquellas palabras. Una de aquellas frases o palabras nos haría reconocernos el uno al otro en la oscuridad de una gruta o entre millones de personas."
Me cuesta explicar la intensidad con la que me habló ese fragmento, justo en ese tren que me llevaba a conocer Sorrento, la ciudad mítica de origen de una parte de mi familia. Porque en esa familia, la mía, también habían sido muy importantes las palabras, teníamos nosotros también un léxico familiar que nos hacía reconocernos como clan, que era una marca de pertenencia y una manera de clasificar el mundo. Cuando hablo de mi familia me refiero a un grupo muy grande y heterogéneo de gente: hay una parte italiana pero también hay japoneses, judíos rusos, vascos, portugueses. No sé exactamente qué grado de parentesco real tengo con muchos de ellos pero la verdad es que no importa, creo que todos seríamos capaces de reconocernos en la oscuridad de una gruta con solo decir una de esas palabras.
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El viaje que siguió estuvo signado por esa lectura y las coincidencias felices que ocurren cuando una está dispuesta a recibirlas: en Sorrento entré a una fiambrería a comprar queso y vi que tenían colgado un cuadro con una foto de Mar del Plata. Le pregunté al vendedor y me contó que tenían parientes que habían emigrado a Argentina. Otro día fuimos a ver un partido del Napoli al estadio San Paolo (no estaba muy convencida pero me dejé arrastrar) y en un momento todos los tifosi napolitanos se pusieron a cantar una canción que yo conocía. La empecé a tararear, para sorpresa de mi acompañante. Era una canción que cantaba mi bisabuela y que salió en ese momento de algún lugar oscuro de la memoria. Las palabras, las canciones, la comida, ¿qué otra cosa es una familia? En ese viaje, pienso ahora, descubrí que quería escribir sobre todo eso.
Mucho más tarde, cuando ya estaba escribiendo, encontré que esos tres –las palabras, las canciones, la comida– eran los ejes que me iban ordenando el texto. Nunca tuve un plan previo ni una estructura que fui llenando de contenido. Empecé a escribir algunas escenas sueltas que se desarrollaban en el restaurante de mi familia y que giraban en torno a la figura del Chiche, que era mi tío bisabuelo y mi padrino, un personaje único que de alguna manera le daba cohesión a todo lo que yo quería contar. Y cada vez que me empantanaba y no sabía cómo seguir, volvía al libro de Natalia Ginzburg y ella me daba alguna idea de cómo salir adelante. Tomé y copié muchísimo de este libro porque me fascinó en todos los niveles: su estructura extraña y el uso elástico que hace de los tiempos verbales, su sentido del humor y de la síntesis, la manera en que describe a los personajes sin juzgarlos jamás.
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Elegí contar la historia de Los sorrentinos como novela y no como no ficción porque si bien está basada en hechos y personas reales, también hay mucho de invención y de relato, y porque quería que el narrador fuera una especie de "voz familiar" que lo sabe todo, y que hablara con la lógica de esa familia y no con la mía.
Ahora que el libro ya está publicado siento una gran felicidad pero también, un poco, la sensación de haber traicionado algo. Porque esas palabras y esas canciones amadas eran nuestras y ahora están ahí afuera, compartidas con el que quiera leerlas. Para tranquilizarme pienso en los sorrentinos, esa pasta que dice haber inventado mi familia. Los originales eran de queso y jamón, pero ahora proliferan por el país con rellenos de todos colores. Y pienso que la evolución de este plato familiar tiene también algo para enseñarme, y que, en el fondo, compartir lo que se ama nunca puede ser una mala idea.
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