Por Cecilia Fanti

El sueño de la librería existía incluso desde antes de que Céspedes fuera un proyecto real y concretable. Cercano. La literatura siempre fue para mí social. Desde cuando estudiaba en Puan, preparaba mis exámenes con amigos, conversábamos los textos, compartíamos miradas, discutíamos. Nos recomendábamos cosas nuevas que estábamos leyendo, todo el mundo de la literatura contemporánea, por ejemplo, se abrió en esos intercambios. Entonces, el valor de la recomendación, de la lectura compartida siempre fue vital para mí. Y también tuve la suerte de trabajar en la industria editorial unos cuantos años. Ahí aprendí muchísimo de catálogos, autores, rotación, comercialización de libros.
Lanzarme a abrir Céspedes fue una aventura. En febrero del año pasado había leído una entrevista a Emma Straub, una joven escritora estadounidense, que estaba por abrir una librería en Brooklyn. Ella en la entrevista contaba cuánto le había dolido al barrio el cierre de otra librería, porque era parte de la comunidad, punto de reunión, de charla y de recomendación. Pero decía algo incluso más interesante y era cómo el algoritmo no habría nunca de reemplazar la necesidad y el placer de los lectores de caminar las librerías. Y en ese momento, ella puso en palabras algo que yo venía pensando hacía un tiempo: a mí me gustan las librerías acá y del mundo por la posibilidad del encuentro, de la sorpresa, de conversación con el librero, de descubrimiento. Porque me emociona ver ediciones, leer autores nuevos, reconocerme en eso que estoy leyendo, saber que alguien late y siente la literatura como uno pero con mucha más sabiduría.
A mí la literatura me emociona. Mi vínculo con el libro es vital. Y trabajar de contagiar eso a cada visitante de Céspedes es incomparable. En una librería uno vende algo que además de tener un precio tiene un valor. Y uno deposita algo ahí. Las librerías pequeñas, de barrio, con una selección acotada de catálogo y una decisión precisa y personal sobre qué vender, trabajamos con clientes que vuelven o todas las semanas, o una vez por mes o varias veces a la semana. Los compradores ocasionales son una minoría. Quizás lo son la primera vez, pero vuelven. Y ver el armado de esa comunidad es muy estimulante.
No es romanticismo todo tampoco, los números tienen que acompañar, pero también he descubierto que es falso que hay que vender todo y de todo para que funcione. En nuestro segmento y con nuestra selección, Céspedes sale a flote, define su identidad y va formando su comunidad. Esperemos seguir así. El circuito de librerías sigue creciendo, las librerías independientes también siguen abriendo -Mandrágora, en Villa Crespo, es una de las últimas que ha abierto con fuerza y personalidad- y quizás, algún día tengamos nuestra propia fecha de festejo, como ocurre con el indie bookstore day en EE. UU. donde autores, editoriales y librerías independientes de todo el país celebran a la industria con un festejo que atraviesa a todo el país y está lleno de actividades. Les dejo el link, es algo muy hermoso: http://www.indiebookstoreday.com/
*La librería Céspedes queda en la calle Céspedes 3065, en Colegiales
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