Bogotá cumplió 488 años el 6 de agosto de 2026 y la ciudad ha atravesado grandes cambios en estos casi cinco siglos de historia, pasando por la movilidad y, por qué no hablar de sus habitantes, que de acuerdo con las cifras proyectadas por el Dane serían 7.945.996 habitantes.
Aunque muchos de los que habitan la capital del país perciben que el número de habitantes es mucho mayor debido a la cantidad de personas que a diario se movilizan por sus diferentes corredores viales. Sin embargo, hay algo que pasa desapercibido entre los ciudadanos y es ese sello que identifica al rolo.
El rolo es uno de los términos más antiguos del país. La historia recalca que el término fue empleado por los españoles que llegaban a Bogotá para referirse de una forma burlesca a los mestizos y nativos por su particular uso y pronunciación de la letra ‘r’.
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La nuevalengua.com, añadió que se decía que los nativos no hacían vibrar la lengua, sino que la enrollaban hacia atrás, “produciendo un sonido muy parecido al que hoy en día podrías oír en un costarricense”.
Sin lugar a duda, hay algo que caracteriza a esa persona que vive en Bogotá que lo identifica dentro y fuera del país, tiene que ver con su manera de hablar. Para muchos neutra, para otros un acento cantadito y también, hay quienes afirman que siempre hablan con cierto tono de pregunta.
Esto ha llevado a que en redes sociales los creadores de contenido realicen videos identificando ese acento que caracteriza al rolo desde diferentes puntos de la ciudad. Este fue el caso de la actriz Michelle Gutty, que en un video publicó las tonalidades de voces dependiendo del sector en el que creció la persona.
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Por ejemplo, cuando la persona está al norte de Bogotá, el acento suele ser más neutro -a modo de burlas, hay quienes aseguran que son los mal llamados ‘gomelos’ y que hablan como si tuvieran una papa en la boca-. Detrás de este viene el que habla como si preguntara todo el tiempo, el filosófico que se ubicaría entre Chapinero y Teusaquillo, así como los que se ubican al ser de la ciudad.
Otro de los temas que juega en contra del rolo es su color de piel y que al sol, contrario a lo que ocurre con la gente que no es del interior del país, en lugar de broncearse se quema, como se dice popularmente.
En las playas, la piel blanca del rolo —descrita como más blanca que una rana platanera— suele transformarse rápidamente bajo el sol, pasando del blanco al rojo intenso en cuestión de minutos. El atuendo también lo delata: chanclas de cuero o de plástico con medias largas incluso cuando se lleva pantaloneta, camisa de manga corta, y en la actualidad tenis de color blanco.
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La forma de caminar del bogotano no pasa desapercibida. De acuerdo con el texto de Mauricio Cla se le atribuye un andar tan rígido y refinado que parece llevar una varilla en la espalda.
El sentido del humor y la percepción de sí mismos también forman parte de la caricatura: muchos rolos presumen de raíces europeas, y no pierden oportunidad para mostrar su supuesta conexión con España, Francia o Inglaterra, dependiendo de la ocasión.
La elegancia del rolo no pasa desapercibida, teniendo en cuenta el clima de la capital del país, a las oficinas se acostumbra a ir en traje de saco y corbata, aunque las dinámicas actuales de moda hayan relajado un poco la vestimenta.
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Los bogotanos, conocidos como “rolos”, destacan la amplia variedad de géneros musicales y ambientes que se pueden encontrar en la ciudad, adaptándose a los gustos y preferencias de cada visitante.
Para quienes se preguntan cómo es “el rolo”, la respuesta no es sencilla. Un habitante local explicó: “La palabra de Bogotá es diversidad”.
Según su relato, las diferencias entre las personas son tan notorias como la cantidad de habitantes que tiene la ciudad. No existe una definición única, pues conviven personas alegres, serias, amables y de todo tipo.
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Frente a la pregunta sobre la actitud de los bogotanos hacia los demás, otro entrevistado subrayó: “Aquí la gente no va a estar viéndolo a usted cómo se viste ni va a estar juzgándolo”. Enfatizó que en Bogotá prima una libertad de expresión que permite a cada quien ser quien es, sin temor a ser criticado.