Emma y Gabriela Espinosa, hermanas gemelas y fundadoras de la colectiva Memoria Trans en Colombia, tienen una historia particular. Tanto Emma, psicóloga de profesión, como Gabriela, que es funcionaria de la Secretaría Distrital de Integración Social de Bogotá, han experimentado una vida de cambios.
Juntas, decidieron hacer una transición. Nacieron como hombres y, por muchos años, vivieron asumiendo ese rol, pero sin sentirse libres y plenamente cómodas con sus cuerpos. Las dudas, el dolor, el miedo y la necesidad de sentirse bien con ellas mismas las llevó a hacer lo necesario para ser mujeres, enfrentando así a su familia y a la misma sociedad.
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“Nunca me he arrepentido y ha sido mi mejor decisión”, expresó Emma con contundencia, en entrevista con Infobae Colombia.
De acuerdo con su relato, desde niñas, ambas sentían el deseo de convertirse en mujeres. El tema se tornó en una prioridad, tanto así, que cada día rezaban para lograrlo. Tenían una especie de ritual católico, que incluía un libreto, a través del cual oraban a Dios con la esperanza de que las convirtiera en mujeres. Esas oraciones las hicieron, casi sin falta, durante uno o dos años.
“Rezábamos todos los días dos horas pidiéndole a Dios que nos volviera mujeres”, contó Emma. “Casi siempre era como de 7:00 p. m. a 8:00 p. m., antes de las novelas (en televisión). Era, básicamente, eso: sentarnos, más que todo arrodilladas, casi siempre”, añadió Gabriela.
Todo era un paso a paso. Primero pedían perdón por sus errores y, justamente, por no sentirse a gusto con ellas mismas. Luego, oraban por sus familiares y otras personas. Finalmente, exponían su petición principal.
“Pedíamos como por todas nuestras familias y pedíamos perdón por sentirnos así. Después estábamos pidiéndole a Dios que por favor nos convirtiera en mujeres, que era lo que soñábamos, lo que sentíamos (…). Yo siento que muchas veces se convertían en charlas con Dios, como si estuviéramos hablando con él y le estuviéramos contando todos nuestros pesares o nuestras cosas”, detalló.
Sin embargo, pese a sus esfuerzos y a su fe, jamás evidenciaron un cambio repentino en sus cuerpos que les permitiera identificarse como mujeres. “Nunca pasó, (Dios) nos dejó en visto, como siempre decimos, pero fue bien; eso nos hizo entender que eso no iba a pasar de esa manera”, dijo Emma con una leve risa.
Una adolescencia marcada por el acoso y la violencia
Durante su adolescencia, sobre todo, vivieron situaciones de acoso escolar y violencia por no encajar en los cánones tradicionales; eran “afeminadas”, tardaban “mucho” en el baño, y eso se notaba en todos sus entornos, tanto en el familiar como en el escolar. “Nos daban en la jeta cuando éramos pequeñas. Nos golpeaban, sufríamos de bullying, solo por ser afeminadas o no vernos dentro del canon”, recordó Gabriela, en diálogo con Infobae Colombia.
El rechazo y las agresiones, así como los cuestionamientos, las llevaron a sentir culpa y vergüenza. “Por mucho tiempo yo sentí culpa de ser quien era, de sentir esos deseos. Primero fue culpa de sentirlo y después de ser quien era”, confesó.
La noción de estar mal, de estar pecando o de no cumplir con lo que la familia esperaba de ellas influyó mucho. Sin embargo, al tomar decisiones y transitar, descubrieron que no había motivos para culparse. “¿Por qué yo tengo que sentir culpa mientras que el resto de la sociedad nunca siente culpa de quién es?”, cuestionó Gabriela.
De hombres gay a mujeres trans
Su adolescencia estuvo permeada por la incertidumbre sobre su identidad y sobre su orientación sexual. Fue hasta los 19 años que confirmaron que eran hombres homosexuales; lo aceptaron y decidieron llevar su vida hacia ese rumbo, “a pesar de que la sociedad no estuviera preparada en ese momento para las personas homosexuales”.
“Dijimos como: ‘Ey, creo que lo que nos gusta son los hombres’”, detalló Emma.
El inicio del proceso de transición se produjo gracias a Gabriela. A los 21 años pasó por momentos emocionales complejos que la impulsaron a encaminarse en la búsqueda de su bienestar. “Ella no se hallaba, no se entendía, como que no sabíamos qué estaba pasando (…), lloraba de la nada o se sentía muy mal”, contó su hermana, explicando que esa situación estaba ligada a su autoestima y a cómo ella se percibía a sí misma. Esos episodios llevaron, incluso, a un intento de suicidio.
Gabriela encontró inspiración en una referente trans que vio por redes sociales y supo que eso era lo que quería para ella. “Se da cuenta de que quiere ser una mujer trans, se lo cuenta a todo el mundo. Yo soy la última en enterarme. Me dice a mí y yo le digo a ella como: ‘Uy, no, espera’”, confesó.
Emma había recurrido a la terapia psicológica para entenderse y amarse como hombre, por lo que cuestionarse al respecto, como ahora lo estaba haciendo su hermana, era un choque para ella. Entonces, decidió acompañarla en su proceso de transición, pero luego de un mes de estarla apoyando en todas sus averiguaciones, comprendió que también quería hacerlo.
“Un día me estaba bañando y fue como la iluminación. Yo me miré mi cuerpo y dije: ‘Ay, no, ¿yo qué estoy haciendo? ¿Por qué no lo hago?’” Porque yo siempre quise ser como una persona andrógina o verme más andrógina”, dijo, explicando que la androginia se presenta cuando una persona tiene “características tanto de hombre como de mujer en el mismo momento”.
Así, vivieron juntas la transición, apoyándose mutuamente en cada paso. Su experiencia fue compleja; implicó enfrentar retos y señalamientos. “Ahorita, yo lo cuento como con medio de risas y en medio, a veces, de mucha alegría, pero fue un proceso duro”, expresó Gabriela. Sin embargo, esa decisión marcó un antes y un después en su vida, que ahora agradece, porque dejó de lado inseguridades, temores y culpas con las que cargaba.
El reto: confesarlo ante sus seres queridos
La confrontación familiar fue uno de los desafíos más grandes. Hubo una especie de temor por parte de su familia cuando decidieron declararse abiertamente homosexuales ante su madre y su hermana mayor. “A mi hermana le dio muy duro y a mi mamá también”, contó Gabriela. Ese temor surgió porque tenían ya un referente de hombre gay en la familia: el tío Miguel.
Para él, ser homosexual en la época de los 90 fue muy complicado, además, de que en cierto momento llegó a ser “un poco trans”, pero después desistió. “Mamá tenía mucho miedo de que nosotras viviéramos lo mismo, de que nadie nos fuera a querer, que nadie nos fuera a amar, que nos fueran a robar, que nos fueran a hacer daño”, detalló.
La familia recurrió a la psicología para comprender la situación. “Mamá nos llevaba al psicólogo para tratar de cambiar esa cosa, pero fue un proceso de entender qué pasaba, no solo para nosotras, sino también para ellas”, dijo. Posteriormente, otros miembros de la familia se enteraron, y con el paso del tiempo fueron derribando mitos sobre las personas homosexuales: “Se daban cuenta de que tampoco éramos unas personas tremendas ni de estar saliendo, porque todo el tiempo era como la concepción de la palabra promiscuo”.
Contaron que una tía finalmente decidió aceptar su orientación sexual, pero advirtió que no quería que pasaran por otro tipo de cambios –que finalmente pasaron–: “‘Bueno, ya las aceptamos gay, no es que ustedes el día de mañana se vistan de mujer’… Ay, no, pues mira, un poquito”, contó Gabriela entre risas.
Luego, decidieron transitar y se lo revelaron a su núcleo familiar; la reacción fue distinta. Gabriela contó que su madre y su hermana aceptaron su decisión y las respaldaron. “Ella (su madre) lo único que me dice es que va a estar ahí para acompañarme en todo. Entonces, fue muy hermoso, me hizo quitarme un peso de encima. Cuando se lo conté a mi hermana mayor, fue como: ‘Ay, ustedes sí salen con unas cosas nuevas’”.
Con el tiempo, fueron entendiendo todo ese proceso, pero hubo personas de su familia paterna que definitivamente se alejaron de ellas, debido a que tenían creencias religiosas estrictas. “Muchos de ellos nos dejaron de hablar, con varios primos nos vemos en la calle y nos tratan como si fuéramos un bicho raro”, comentó Gabriela.
Espiritualidad: otro cambio
La relación con la religión y la espiritualidad tuvo un papel central en su proceso de autodescubrimiento. “Nosotras evolucionamos en esa parte espiritual. Ahora somos santeras”, contó Emma. Ambas encontraron en la santería un espacio menos restrictivo para expresar su identidad y formar una familia.
Sin embargo, reconocen que incluso allí persisten estructuras de machismo y desafíos para las personas trans. “Encontramos un lugar donde podíamos tener un refugio sano, tranquilo; podemos tener una familia normal, puedo tener un esposo y puedo ejercer la religión normalmente”, agregó.