
Había tenido una vida muy dura y desde demasiado pronto. Su mamá murió cuando ella tenía ocho años después de una enfermedad larga que se agravó con el nacimiento de su hermana. Pasó de vivir con sus padres en un pueblo a mudarse con sus abuelos, que estaban rotos de tristeza tras perder a su hija. El abuelo no resistió tanto dolor: murió de un ACV pocos meses más tarde. Sol creció con esas ausencias y la responsabilidad de cuidar a su hermanita, de tratar de contarle cómo era su madre y cómo había sido el mundo antes.
Cuando perdés lo que más querés tan temprano, podés convertirte en una de esas personas que se la pasan buscando quién las salve, una susanita. Pero Sol era lo contrario, nunca soñó con casarse ni con tener hijos, ni apegarse a nada que pudiera romperse: “Siempre fui práctica –le dice ahora a Infobae–. Si no me enganchaba mucho con nadie, tampoco nadie podía abandonarme”.
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Hasta que se enamoró de la manera más inesperada. Era el cumpleaños del novio de su hermana, estaban juntos hacía dos años, lo festejaba en una terraza de su casa de Palermo –muy al estilo de los primeros 2000, diciembre de 2002 exactamente– y Sol había ido con su novio de ese momento. “De repente entra un pibe con un cochecito de bebé y… ¡me enamoré! Era lo más lindo que había visto en mi vida, me dió una punzada en la panza sólo de verle la sonrisa”, dice. Agarró a su hermana del brazo y le preguntó por lo bajo: “¿Quién es ese pibe, por Dios? ¡Yo con ese pibe me caso!”.
La hermana de Sol se puso, primero, blanca, y después, furiosa: “Ni se te ocurra”, le advirtió. El Tano era su cuñado, acaba de volver al país con su novia y un bebito después de vivir varios años afuera, no estaba disponible y era para problemas. “¿Cómo ni se te ocurra? Te estoy diciendo que me enamoré”, insistió ella casi sin reconocerse a sí misma.
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Sol volvió a donde estaba su novio y no dijo nada más en toda la noche, pero en ese mismo instante le cambió la vida. “No podía pensar en nada más que en el Tano. Ni siquiera habíamos hablado, pero él estaba en mi cabeza las 24 horas. Y tenía esta sensación loca y totalmente nueva para mí: con ese pibe yo quería todo, por primera vez”, cuenta.
No sabe cómo fue que logró que lo invitaran a una fiesta familiar un par de meses más tarde. Estaban su hermana y su novio y toda la familia de él, incluyendo al Tano, su mujer y su hijo. “Nos pasamos toda la noche hablando él y yo, como si no hubiera nadie más en el mundo. Yo no podía parar. Mi hermana pasaba y me pellizcaba, me llamaba a los gritos para que cortara con la charla. Pero nosotros nos fuimos al balcón a fumar un cigarrillo, solos. Yo no podía más que estar con él y mirarlo”, dice Sol.
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Había esperado ese encuentro durante semanas y estaba desatada. Aunque su novio también estaba invitado, ella aprovechó que se fue a dormir la siesta antes de la comida y jamás lo despertó. Se vistió en la casa de una amiga que vivía al lado para no hacer ruido y prácticamente se escapó del departamento que compartían. “Llegué antes, nerviosa pero decidida. Y ese día confirmé que no iba a estar con nadie más que con él, no quería otra cosa más en mi vida. Quería todo, para siempre, si hubiera sido posible, también meterme adentro suyo. Creo que eso es enamorarse y yo me había enamorado perdidamente, como nunca antes”, dice.
Pasó el tiempo, el Tano se fue a vivir afuera con su familia de nuevo. Y cuando volvió al país llamó a la hermana de Sol –que ya no era su cuñada– para proponerle que trabajara con él en un emprendimiento gastronómico. Mientras tanto, Sol se puso de novia varias veces, siempre sin demasiado plan de nada. Sabía por su hermana que él, que era chef, iba y venía con la mujer: “Era un bardo, todo lo que se dice que pasa en las cocinas. No le interesaba nada más que pasarla bien”. Pero ella nunca renunciaba a lo que había sentido desde que lo vio en aquella terraza: “Le mandaba mails, que él nunca contestaba. Iba a lugares adonde sabía que podía cruzármelo, le ofrecía trabajos”.
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En el 2007, Sol vivió otro golpe fuerte cuando murió su padre. “Yo salía con un tipo muy tóxico y me había comprometido por presión de él; cuando se lo conté a mi viejo –que murió al poco tiempo de forma repentina– ni lo registró, como si hubiera sabido que eso no iba a pasar nunca”. Después de la muerte de su padre, vino la separación de ese novio abusivo, y Sol empezó a sufrir ataques de pánico. El hermano del Tano, que también se dedicaba a la gastronomía, sabía que ella estaba mal y, para levantarle el ánimo, le pidió que organizara un evento por el aniversario de su restaurante.
“Esa noche volvimos a vernos. El ya estaba separado y charlamos un rato, pero después lo vi irse con una mina –cuenta–. Sentí que el mundo se me derrumbaba, me pasé un montón de días llorando, re mal. Mis amigas no entendían qué me pasaba y yo no sabía cómo explicarlo tampoco”. Unos meses después, su ex cuñado la invitó a ir con amigas a un bar nuevo que acaba de abrir. “Era sábado y yo ya estaba saliendo con otro que siempre me dejaba colgada. Le dije: ‘Si no me llama en quince minutos, voy’. El no me dejó pensarlo mucho: ‘¿Qué es eso de estar desesperada por un pibe a ver si te llama? ¡Venite ya!’. Llegué, nos pusimos a charlar y nos tomamos una botella de vino entre los dos”, dice Sol.
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Con la desinhibición de las copas, Sol le confesó que su hermano era el amor de su vida y que no había dejado de pensar en él ni un sólo momento de esos seis años. “Si no fuese porque tu ex novia me dijo desde el primer momento que si doy un paso no me habla nunca más, yo ya lo hubiese ido a buscar”, le dijo. El ex cuñado de Sol también estaba medio borracho, así que sugirió que lo llamaran: “Hagamos Una voz en el Teléfono, siempre fue mi novela favorita”, dijo.
Entonces lo llamó y le dijo que estaba con alguien que quería hablar con él, sin revelarle quién era. El anonimato fue el empujón que Sol necesitaba: “Hace años que me muero de amor por vos”, le dijo ella. Y no soltó prenda cuando el Tano insistió en que le dijera su nombre. Esa noche se fue a dormir contenta y al día siguiente fue al cine con sus amigas: “Estábamos entrando a ver la película y me suena el teléfono. Yo le había hecho prometer a mi ex cuñado que no le iba a decir nada, y él me lo juro por toda su familia… ¡por suerte siguen todos vivos! Habían ido a almorzar juntos ese domingo y él le sacó quién era de mentira a verdad y le pidió mi teléfono”.
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El Tano fue directo: “Siempre supe que eras vos y a mí me pasa lo mismo”, le dijo. Sol no lo dejó seguir; cortó el teléfono, muerta de vergüenza. Pero él insistió: “Se cortó…”. Y ella esbozó una excusa: “No sé por qué tu hermano te dijo eso, es mentira. Y estoy entrando al cine”. “Bueno –dijo él–. Te llamo a la noche”.
Tres horas duró la conversación con la que iba a comenzar el resto de sus vidas. “Al final, me dijo: ‘Veámonos. Necesito verte y abrazarte. Nos pasan cosas a los dos’. Yo sabía que él era un tiro al aire, pero también que no me mentía. Le dije que iba a esperar a que llegara mi hermana de un viaje, porque si se enteraba no me iba a hablar nunca más y por lo menos quería decirle antes”.
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Las hermanas se encontraron a los pocos días. “Cuando le dije que iba a salir con alguien y que creía que ella no iba a estar de acuerdo, me nombró a mi ex –cuenta Sol–. Le dije que no, y ella adivinó: ‘Ya sé, el Tano. Y no, no estoy de acuerdo. ¡Te lo dije!’. ‘Bueno’, le respondí, ‘pero yo también te dije que quería casarme con él’”. La hermana usó la lógica: “Sol, no te vas a casar con ese tipo. Y yo no quiero hablar más”. Después de eso, agarró sus cosas y se fue. Durante meses no volvieron a verse. Era lo que Sol más quería en el mundo, su única familia, todo lo que tenía, pero no podía renunciar por ella ni por nadie a lo que sentía. El 4 de marzo de 2008 salió con El Tano por primera vez en una cita.

“Fue hermoso –recuerda ahora–. Nos encontramos en la Recoleta y caminamos sin parar. Me llevó a la plaza que está atrás de la Embajada de Inglaterra, en La Isla, y me dijo que ese era su escondite desde chiquito, su lugar preferido. Que no lo sabía nadie, pero ahora lo sabía yo. Entonces me agarró la cara y me dio un beso. Yo me desmayé de amor. Después fuimos a comer al Barrio Chino. Ahí le dije: ‘Mirá, te voy a decir una cosa, yo tuve una vida de mierda. Quiero ser feliz, no quiero empezar una relación con alguien que me haga mal o esté en cualquiera’. Me moría de amor, pero necesitaba preservarme. Esa noche dormimos juntos”. Y las siguientes también: Sol y El Tano no se separaron nunca más.
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Dos semanas más tarde, ella tenía un viaje a Brasil y le preguntó si quería ir con él. Estaban en la playa, una noche, cuando él le preguntó lo que ella esperaba desde hacía años sin saber por qué: “¿Te querés casar conmigo?”. Hacía menos de un mes que estaban juntos, pero no necesitaban más certezas. Pusieron fecha para marzo del año siguiente. La hermana de Sol terminó entendiendo mucho más rápido de lo que ella creía, si lo que le preocupaba era que ella pudiera sufrir y se dio cuenta enseguida de lo feliz que era. Hasta colaboró con la organización de la fiesta.
Esta semana festejaron con su hija sus primeros quince años de casados, aunque el destino los había unido mucho antes: “Yo sabía desde la primera vez que no quería perderlo nunca más. Y me levanto con ese plan y ese proyecto todos los días de mi vida –dice Sol, y se emociona–. Yo no buscaba a nadie que me salvara, pero El Tano me salvó. Me dio todo: el amor y la familia que no había tenido nunca y ni siquiera sabía que quería”.
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