
Cuando se pregunta cómo llegó hasta acá, Andrés sólo ve a un chico introvertido, demasiado enfrascado detrás de su computadora, una vida prolija y sin muchos sobresaltos, un colegio acomodado, padres contenedores, los amigos de siempre, dos o tres amores adolescentes y un aterrizaje relativamente suave en la facultad de Ingeniería. No, la facultad no fue un quiebre, sino la continuidad: la certeza de una carrera y un noviazgo sólido con una compañera interesada en las mismas cosas, la tranquilidad de que el futuro sería con ella, que todo saldría de acuerdo a lo planeado.
Con Nati siguieron al pie de la letra todos los pasos del manual: ahorraron para comprar la casa mientras estudiaban juntos, se recibieron los dos, y tuvieron un casamiento fabuloso y una fiesta grande en un club tradicional. Enseguida llegaron sus tres hijas, y durante los seis años que siguieron el hogar se llenó de pañales y mamaderas. No les pesó, eran jóvenes, estaban enamorados, él tenía un trabajo estable que pagaba con creces las cuentas y siempre se hacían el tiempo para encontrarse más allá de las responsabilidades, que no eran un problema.
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Veinticinco años después, Andrés y Nati seguían siendo la envidia de la mayoría de sus amigos: primero, porque seguían juntos; pero, sobre todo, porque seguían siendo grandes compañeros, se divertían, todavía compartían los gustos y, lo más importante, se seguían gustando ellos. ¿Cómo fue que eso cambió? Es difícil saberlo, o al menos Andrés no lo tiene claro. Tal vez fue el primer gran cimbronazo, el diagnóstico de una patología psicológica que ellos no advirtieron en su hija del medio. Hasta entonces todo había sido perfecto, pero si Lara estaba enferma quizá se habían equivocado en algo. Comenzaron los reproches, velados, pero inapelables.
“Empecé a sentir que el único impulsor del vínculo era yo, que remaba solo y como mucho a veces tenía al lado un copiloto que aceptaba mis propuestas –dice Andrés a Infobae–. Los viajes, las salidas, todo se hacía sólo si yo lo proponía y con el tiempo también empecé a sentir que era un fastidio, que a Nati le molestaba que yo quisiera hacer cosas con ella”. Tal vez era cierto: de buenas a primeras Andrés se había puesto demandante, quería que su matrimonio de décadas recuperara el romance o, peor, que inventara un romance que nunca había sido parte de la ecuación entre ellos. Al revés, si tenían una pareja sólida era porque jamás habían sido pasionales ni se dejaron llevar por las pantomimas románticas que movían al resto. Ellos tenían complicidad, cuentas claras y buen sexo, una vida maravillosamente práctica que sin embargo empezó a quedarles chica.
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Andrés quería más, quería un amor de película. Nati pensaba que estaba en plena crisis de la mediana edad. Y aunque al principio no le dio mucha bolilla, en efecto terminó fastidiándose, ¿por qué no le alcanzaba con la paz de apoyar la cabeza al lado de ella y saber que sus hijas estaban relativamente bien y cerca? ¿De dónde había sacado toda esa pavada de querer salir, viajar y darle besos en la calle? ¿Se había vuelto loco? Si era así, lo tenía claro, era hora de separar sus caminos, a esta altura del partido ella no estaba para eso. Andrés empezó terapia convencido de lo mismo: seguir así no tenía ningún sentido.
Las discusiones se volvieron cotidianas y programadas: cada noche, después de comer, mientras levantaban los platos, comenzaba la guerra. Después, en la cama, las cosas parecían resolverse. Entonces Natalia sugería alternativas para salvar lo que tenían: ¿Y si abrían la pareja? ¿Y si se iban de viaje, pero por separado, así se daban un poco de aire? Andrés lo sentía como una afrenta: todo eso sólo significaba que su mujer ya no quería lo mismo, que ya no lo quería a él. Estaba dolido, nunca había imaginado otra vida que no fuera con ella. El ambiente en la casa se volvió hostil, irrespirable.
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El trabajo empezó a ser entonces un refugio. Y en particular, el trato con un cliente y su asistente, Catalina, una mujer joven a la que sólo conocía por zoom pero cuya sola sonrisa en la pantalla tenía un poder transformador en un momento en que casi nada lo alegraba. Siempre se quedaban charlando un poco más de lo necesario, un chiste, un consejo, un comentario sobre sus familias. Verla pasó a ser la parte más entretenida de su rutina.
Una tarde, de la nada, después de una reunión, a Andrés se le ocurrió preguntarle cómo hacía ella para llevarse bien con su pareja. No podía con su vida y encontró en Cata una buena confidente. Comenzó un ida y vuelta en el que ella lo escuchaba atenta y discreta; no le contaba demasiado sobre su historia –él sabía que estaba casada y tenía un hijo, y nada más–, pero le daba buenos consejos. Empezaron a hablar todos los días y la relación se volvió más profunda. A su manera, se habían hecho amigos. Amigos virtuales.
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Hasta que el jefe de ella sugirió que se vieran todos en un after. Al socio de Andrés le habían regalado entradas para ir a ver un partido de fútbol y canceló a último momento. Pero Cata insistió: “Veámonos igual”, dijo. “Ese día me di cuenta de que ella tenía un interés”, cuenta ahora. En cuanto la vio entrar al bar supo que lo de la amistad iba a quedar en segundo plano; si ya le parecía linda en los zooms, en persona quedó deslumbrado. Le propuso verse a solas la semana siguiente.
Era una cita, y era fuerte para los dos. Hacía casi 30 años que Andrés no salía en plan romántico con otra mujer. Después de meses hablando como amigos, la intimidad fue vertiginosa. Cata le contó que ella tampoco estaba bien con su marido: hacía rato que sentía que sólo compartían los cuidados de su hijito y hacía meses que no tenían relaciones. Para Andrés fue una sorpresa, estaba convencido de que, a diferencia de él, ella sí tenía un matrimonio feliz. Ahora en cambio, Cata le sostenía la mano y lo miraba con los ojos brillosos, un brillo que hacía demasiado que él no veía en una mujer.
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“Me dijo que no íbamos a chapar. Hablaba como mis hijas y eso me hizo gracia y me dio pudor. Me recordó que era 13 años más chica que yo”, cuenta Andrés, y también dice que no le hizo caso. Para cuando promediaba el almuerzo, le robó un beso que ella correspondió. Después se despidieron con la promesa de volver a encontrarse. “Eramos dos adolescentes, nos vimos a los pocos días y esa vez no dudó en besarme. Pero dijo que había hecho mucho más de lo que podía permitirse, que le daba culpa, que era mejor dejarlo ahí”, dice.

En esos días él tenía un viaje familiar programado, de esos que organizaba para mantener la chispa y a regañadientes de Natalia. Pero ya no pudo ser el tipo atento de siempre, se la pasó chateando con Cata, sin soltar el teléfono. Estaba en las nubes. Los dos se estaban enganchando, y mucho. A la vuelta, Andrés la invitó a navegar en su barco. Cata se resistió un poco, pero al final aceptó: “Fue como estar en una película, lo que yo tanto soñaba, lo más romántico que me pasó en la vida”, dice él. Nada de lo que había vivido hasta entonces lo había preparado para enamorarse así y empezaba a preguntarse si alguna vez había estado verdaderamente enamorado de su mujer.
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Los encuentros clandestinos con Cata se convirtieron en el centro de su vida. En el barco, en hoteles, en un departamento que acondicionó especialmente para no tener que verse en lugares que no estuvieran a la altura del amor que sentían. Ella empezó a fantasear en voz alta con la idea de separarse. Le advirtió que cuando diera el paso, iba a ponerse ansiosa. El comenzó a dudar: ¿estaba bien tirar toda una vida de pareja por la borda? “Es que a medida que yo tomaba distancia de Nati, ella empezó a portarse diferente. Peleábamos menos y estaba más amorosa, preocupada por lo que me pasaba”, cuenta Andrés.
La terapeuta ponía paños fríos al asunto: “Andrés, en algún momento te vas a tener que decidir. No es sano para la cabeza de nadie llevar una doble vida”, le repetía. Así que él cortó el hilo por donde le resultó menos traumático. Se fue al sur a esquiar con su mujer y las chicas. Pero le resultaba imposible cortar el vínculo con Cata. Un día que estuvo solo en la montaña se la pasó hablando y mandándole fotos; todo estaba bien, el paisaje, la nieve, pero faltaba lo más importante: se dio cuenta de que lo que realmente quería era estar ahí con ella.
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Esa tarde, cuando salió de la ducha, se encontró a Natalia con su teléfono en la mano: “¿Me querés decir quién es esta Catalina? No para de mandarte mensajes”. Pensó en negarlo, en mentirle, pero entonces se escuchó diciéndole: “Es la mujer de la que me enamoré. Estoy saliendo con ella hace cuatro meses”. Todavía no sabe por qué lo hizo, pero sí que su psicóloga también se lo había advertido: “Andrés, si no hablás vos, en algún momento va a hablar tu inconsciente”. Se separaron en cuanto volvieron de viaje.
Ahora, algunas veces, Andrés se pregunta si hizo bien. Si no fue muy duro, si no podría haberlo hecho mejor. La terapeuta dice que cada uno hace las cosas como puede, y que la honestidad nunca es algo para reprocharse, que con el tiempo él y Natalia van a poder perdonarse y rescatar el compañerismo de una vida, que siempre van a ser los padres de sus hijas. Que no hay nada que el tiempo no cure y tiempo sobra.
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¿Y Catalina? Está también en proceso de separarse, siguen enamorados, se hacen promesas, sueñan con compartir la casa todos los días y les parece un logro cada vez que hacen juntos algo nuevo, conocer a sus amigos, caminar de la mano por la calle, decorar el departamento de soltero de Andrés. El dice que se siente otra vez de veinte, que a veces tiene miedo, que es difícil esperar las decisiones de otro una vez que uno ya sabe lo que quiere. La psicóloga le repite, que pase lo que pase, ya hizo lo más importante: que se jugó por lo que sentía. Y que, a lo mejor, por primera vez en su vida, eligió realmente su destino.
* Escribinos y contanos tu historia: amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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