De los chismes a la confirmación de la infidelidad con la niñera: una casa en el infierno, abandono y vergüenza

Susana, a los 77 años, cuenta la historia que la marcó de por vida. Recuerda la situación traumática vivida en su adolescencia cuando su madre descubrió que su padre tenía una relación con la niñera, aquella querida mujer que los había criado. La reacción de la madre y el imperativo de la época “de eso no se habla”

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La niñera se dedicaba a tiempo completo en la casa de la familia y casi no tenía vida propia: Nunca se había casado ni había tenido hijos (Imagen ilustrativa Infobae)
La niñera se dedicaba a tiempo completo en la casa de la familia y casi no tenía vida propia: Nunca se había casado ni había tenido hijos (Imagen ilustrativa Infobae)

Esta historia de amor no la cuentan sus protagonistas. Lo hace la hija de uno de ellos que hoy ya tiene 77 años y se anima a hablar de aquello de lo que nunca, en vida de sus padres y de su hermano, conversó libremente.

Susana, así la llamaremos porque no quiere revelar su nombre, admite que todavía los hechos le pesan, pero dice creer que ya es tiempo de liberar sus espaldas de vergüenzas inútiles y rumores que ya se han acallado. Es época de verdades.

Un cordero como mascota

Susana nació en un tiempo en el que su familia estaba muy bien económicamente. Ella no era consciente, pero detrás de sus padres montaba guardia la fortuna familiar: un pequeño imperio agropecuario en la provincia de Buenos Aires.

Ella y su hermano Ricardo se criaron con niñeras y profesores particulares sin escuchar jamás hablar de dinero. En la secundaria su madre se trasladó de la estancia a la ciudad para que sus dos hijos asistieran regularmente a un buen colegio.

Su niñera Maná, unos pocos años más joven que su madre, se mudó con ellos a Buenos Aires.

Maná era hija de unos antiguos empleados del campo y había crecido como parte de la familia. Se había dedicado a criar a Susana y a Ricardo, los había visto crecer y había acompañado cada uno de sus pasos. Sabía qué comidas les gustaban, qué odiaban, en qué materias hacían agua y conocía a todos sus amigos.

Maná, más allá de algún novio ocasional que había quedado en el olvido, no parecía tener vida propia. Nunca se había casado ni había tenido hijos, y vivía al ritmo de las vidas de ellos. Incluso viajaba en los veranos a la playa con la familia para hacerse cargo de los chicos cuando los padres salían, tener los picnics playeros preparados y la ropa al día. Eso llenaba su vida y se la veía feliz. Alguna vez comentó que ahorraba su sueldo entero con la ilusión de comprarse su propia casa en el pueblo donde habían quedado sus padres y para darse algunos gustos que no iban más allá de alguna invitación que les hizo para conocer el sur del país.

La madre de los chicos, La Rubia era intensa, alegre, un poco frívola, y según recuerda su hija, un tanto "un tanto demasiado despreocupada".(Imagen ilustrativa Infobae)
La madre de los chicos, La Rubia era intensa, alegre, un poco frívola, y según recuerda su hija, un tanto "un tanto demasiado despreocupada".(Imagen ilustrativa Infobae)

Cuando la familia terminó por instalarse en su departamento porteño, un alto piso de una torre, mirando al río, Maná era parte innegable de esa foto familiar. De pelo oscuro y lacio, modales suaves, callada y de mano firme era lo opuesto a La Rubia, como le decían a la mamá de Susana. La Rubia era intensa, alegre, un poco frívola -reconoce hoy su hija con una sonrisa- y como madre resultaba un tanto demasiado despreocupada.

“Mis padres viajaban mucho. Tenían muchísima vida social y mamá dormía siempre hasta muy tarde. ¡En esa época las madres, o por lo menos la mía, no te miraban los cuadernos! Y la que estaba más al tanto de nuestras necesidades escolares, forrar las carpetas, comprar mapas número 5, las hojas de color y reponer reglas o lapiceras era Maná. Mi padre trabajaba mucho. Cuando no estaba en la oficina, estaba en el campo. Era muy divertido porque le gustaba hacernos bromas que, a veces, resultaban pesadas. Una vez se apareció en el departamento con un corderito chiquitito, adorable, que se había quedado guacho y lo había traído desde el campo. Pretendía que lo tuviésemos como una mascota. Nosotros divertidísimos, pero el cordero dejaba sus bolitas negras por todos lados y era un caos. Mamá chillaba que no se podía tener un cordero viajando en ascensor, que los vecinos se iban a quejar, que era ridículo. Otras veces, nos esperaba al volver del colegio disfrazado en el ropero de la entrada para asustarnos o se escondía debajo de nuestras camas y nos pegaba un jabón de aquellos. Por su culpa, corriendo por la casa como locos, una vez rompimos varias piezas del juego de té de nuestra abuela. Se armó flor de escándalo. Mamá no soportaba esas cosas. Nosotros nos divertíamos más con papá que con ella, esa es la verdad”, recuerda Susana.

El padre de los chicos trabajaba mucho, pero cuando llegaba a la casa todo era diversión (Imagen ilustrativa Infobae)
El padre de los chicos trabajaba mucho, pero cuando llegaba a la casa todo era diversión (Imagen ilustrativa Infobae)

Descubrimiento fatal

Los viajes de Eduardo -así se llamaba el padre de Susana- a sus estancias eran periódicos. Tenía que controlar la venta de hacienda, verse con el administrador, contabilizar los camiones que entraban, ver que las cosechas se levantaban, cobrar, pagar y solucionar problemas. A sus viajes, muchas veces, se sumaba a Maná. La llevaba en la camioneta para que visitara a su familia y, también, para que inspeccionara cómo estaba todo en la casa principal del campo, esa donde habían vivido y pasaban feriados y muchas vacaciones de verano e invierno.

Nada llamaba demasiado la atención en el ritmo de vida de la familia feliz hasta que un día se desató el huracán que hizo volar absolutamente todo por los aires.

Susana recuerda que estaba en cuarto año, tenía unos 16 años, cuando un lunes por la tarde al volver caminando desde el colegio subió a su casa y encontró a su mamá desconsolada llorando en el sillón del living. Eso nunca había pasado antes.

Susana recuerda que estaba en cuarto año, tenía unos 16 años, cuando un lunes por la tarde al volver caminando desde el colegio subió a su casa y encontró a su mamá desconsolada llorando en el sillón del living (Imagen ilustrativa Infobae)
Susana recuerda que estaba en cuarto año, tenía unos 16 años, cuando un lunes por la tarde al volver caminando desde el colegio subió a su casa y encontró a su mamá desconsolada llorando en el sillón del living (Imagen ilustrativa Infobae)

“Tartamudeaba y me decía cosas entrecortadas que yo no entendía del todo. Que había tenido que echar a Maná, que la empleada era una ingrata y otras cosas que no voy a reproducir, que papá era de lo peor de la especie humana, que los había encontrado juntos… Pero no explicó mucho más, ni el qué, ni el cómo. Tampoco pregunté porque estaba avergonzada con lo que veía y escuchaba. Creo que mamá, además, había tomado mucho porque arrastraba la lengua mientras hablaba. La otra empleada, una chica más joven, estaba recluida en su cuarto, aterrada por el griterío y las lágrimas. Cuando llegó mi hermano Ricardo un rato después, mi hermano te aclaro que murió hace unos cinco años por un infarto, terminé de entender mejor lo que había pasado. Él enseguida ató cabos y me lo explicó con cara de furia. Quedé horrorizada”, relata Susana.

La historia se había desarrollado de la siguiente manera. El fin de semana anterior a ese lunes se suponía que la Rubia iba a viajar a Punta del Este para pasar el fin de semana largo en casa de una familia amiga. Los chicos se quedarían supervisados por la nueva empleada porque tenían que estudiar y Eduardo estaba todavía en el campo con Maná que había aprovechado para ir al cumpleaños de una prima suya. Pero La Rubia, al final, deshizo su programa sin avisarle a nadie. Venía escuchando chismes de algunos empleados del campo sobre Maná y la estrecha relación que parecía tener con su patrón… No se lo habían dicho directamente a ella, pero lo había oído al pasar por la despensa, un día cuando la casera conversaba con el asistente de un veterinario del pueblo. En vez de irse a Uruguay, se quedó y el domingo después de almorzar tomó coraje, agarró su auto y partió discretamente hacia la estancia.

Llegó tres horas después para encontrarse con una escena que jamás ninguno de los protagonistas relató con pormenores, pero todos imaginaron.

Pelotera, gritos, llantos destemplados y, finalmente, sobrevendría el divorcio.

La Rubia subió al auto y discretamente partió hacia la estancia. (Imagen ilustrativa Infobae)
La Rubia subió al auto y discretamente partió hacia la estancia. (Imagen ilustrativa Infobae)

Acarrear vergüenza

Por eso, ese lunes después del colegio Susana encontró a su madre descolocada y en crisis. La Rubia había ido esa misma mañana a un abogado y había amenazado a su marido con todo lo que se le ocurrió. Eduardo agachó la cabeza consciente de que no había marcha atrás. Lo hecho, hecho estaba, pero tampoco intentó torcer el nuevo rumbo que tomaron las cosas.

Lo que siguió fue una maraña de destratos entre sus padres jamás vista. Ellos, atrapados en el medio de las llamas de un incendio sorpresivo, solo atinaron a seguir con sus vidas sacudiéndose discretamente las cenizas, por separado y con cara de nada. Así eran las normas sociales. El famoso “de eso no se habla”.

De “esto”, tampoco se habló. Ni siquiera entre Susana y Ricardo mencionaban el maldito tema que no era otro que el romance de su papá con Maná, su niñera.

Eduardo, sin dudar y dejando a todos patitiesos, se mudó enseguida a un departamento que tenía vacío, donde Maná se instaló a vivir con él.

Los adolescentes estaban ahora sin la mujer que los había criado, sin su lúdico papá y con su madre al borde del abismo. Un desastre fenomenal en esa etapa llena de inseguridades.

La vergüenza se apoderó de Susana. Pensaba que todas sus compañeras se habían enterado al instante de que su papá, su buenmozo y simpático padre, el divertido, el que se las sabía todas, se había ido a vivir con la niñera y los había abandonado. Todas sus amigas conocían a los protagonistas desde hacía muchos años. Susana imaginaba una telenovela teniéndose a sus espaldas.

“La sensación era insoportable. ¿Cómo papá nos había podido hacer eso? Mi enojo era más con él que con Maná. No sé por qué. Porque creo que mamá estaba mucho más furiosa con la traición de Maná. En fin, Maná nos había criado. La adorábamos y de pronto semejante puñalada. Mi casa se había vuelto un infierno: mamá tomaba pastillas para soportar el abandono, Maná no estaba más para ordenar nuestra cosas, papá se había borrado olímpicamente y las otras empleadas que venían no entendían nada lo que nos pasaba. Mi hermano se volvió rebelde y empezó a tomar de más. Sus borracheras me asustaban. Eso sí, el viejo pagaba todas las cuentas. Pero ya no volvió a bromear con nosotros nunca más en la vida. ¿No nos quería más? ¿Se aburría en casa? ¿Por qué nos había dejado solos? Para Ricardo y para mí, papá se había vuelto una mala palabra. Lo odiamos por un buen tiempo”.

Maná los había criado. La adoraban y sintieron con esa traición que recibían una puñalada. La casa se había vuelto un infierno (Imagen ilustrativa Infobae)
Maná los había criado. La adoraban y sintieron con esa traición que recibían una puñalada. La casa se había vuelto un infierno (Imagen ilustrativa Infobae)

La vida siguió emocionalmente a los tumbos hasta que más o menos se estabilizó. Susana se puso de novia varias veces, se casó a los 27 pensando que no quería ser traicionada como su madre y desconfiando en silencio de cada mujer que se acercaba a su marido. Un marido que resultó una bendición y su mejor amigo.

Susana siguió viendo un par de veces al año a su padre, sin demasiado entusiasmo. Siempre en lugares neutros, alejados de las miradas y sin contarle ni a su madre ni a Ricardo. No hablaban de nada en especial, solo de tonterías cotidianas. Su padre no decía extrañar a Ricardo ni a su ex mujer y parecía conforme con su nueva vida. Tampoco reclamaba nada, la que llamaba para verlo era Susana. El parto de su tercer hijo coincidió con la muerte repentina de su madre La Rubia debido a un accidente cerebro vascular.

Perderla la hizo enfrentarse de nuevo al abandono y al pasado. Sentía una enorme angustia porque ella nunca había vuelto a ser plenamente feliz. Pero al desaparecer su madre de la escena Susana sintió que tenía más permisos e intentó acercarse a Eduardo: “Nunca sentí que la traicionaba por hacerlo. Me pasaba que necesitaba familia. Después de todo, lo que había ocurrido tantos años atrás había sido entre adultos y yo, si bien había tomado partido por mi madre, me daba cuenta de que no tenía mucho para opinar, no era mi historia sino la de ellos. O sí, era parte de mi historia pero no toda”.

Una segunda oportunidad

A instancias de su marido, Susana decidió que podía darle ahora una segunda oportunidad a su padre Eduardo e incorporarlo más a su vida. Después de todo, no había sido un fato, un romance pasajero, él seguía muy enamorado de Maná.

Lo comenzó a ver más seguido, lo invitó a su casa y se animó a ir a la de él. Como intuía que Ricardo, su hermano, no estaría para nada de acuerdo, evitó contárselo abiertamente: “No mezclaba las cosas para evitar nuevos distanciamientos innecesarios. Además Ricardo se había ido a vivir con su pareja y los hijos de ella afuera”.

La vida transcurría con velocidad. Susana se veía con Eduardo en un café, siempre el mismo, y en su casa al comienzo, cuando no estaba Maná. Era un abuelo que sus hijos conocían de refilón. Algunos cumpleaños a los que iba solo y visitas. El campo todavía existía, pero se las habían arreglado para no coincidir jamás.

Susana veía a su padre en un café, siempre el mismo, y en su casa al principio, cuando no estaba Maná. Pero llegó un momento en que se dio cuenta de que los había perdonado (Imagen ilustrativa Infobae)
Susana veía a su padre en un café, siempre el mismo, y en su casa al principio, cuando no estaba Maná. Pero llegó un momento en que se dio cuenta de que los había perdonado (Imagen ilustrativa Infobae)

Sus hijos no preguntaban mucho. Sin que ella hubiese dicho nada sabían la historia perfectamente y, como a todos los chicos de su edad, los temas antiguos no les interesaban demasiado.

Los hijos de Susana crecieron teniendo una relación esporádica con su abuelo materno. Una de ellas estudió psicología. Fue una charla justamente con esa hija la que abrió la puerta al verdadero reencuentro con su padre, ya sin desconfianzas ni prejuicios.

De alguna manera también colaboró en este cambio la aparición en Eduardo de una enfermedad abrupta que terminó llevándoselo en poco tiempo. En esa etapa Susana visitó su casa todos los días, charló con Maná infinidad de veces y un día se dio cuenta de que los había perdonado.

“Algunos pueden pensar, ¿perdonar qué? Bueno yo sentía que ellos habían puesto mi vida patas para arriba. Los responsabilizaba por la angustia, la tristeza que se respiró en mi casa desde ese momento y durante años”, explica, “pero ver como Maná cuidaba con amor a papá, lo triste que estaba por su enfermedad, me hizo tener en cuenta otra dimensión que había ignorado hasta entonces: la dimensión del amor. Ellos se amaban profundamente. Yo no le pedí ninguna aclaración a papá, pero seguramente ese amor incondicional de Maná fue mucho más fuerte que el que había tenido con mamá. Y la ausencia de él que siguió al abandono, seguramente había tenido más que ver con nuestro rechazo a su elección que con su negación a seguir ejerciendo la paternidad. La prueba es que económicamente jamás se desentendió de nada. ¿Quién era yo para reprocharle algo durante toda una vida? ¿Qué me había perdido excluyéndolo de la mía? Ese era mi dilema. Cuando se estaba por ir y lo veía acostado en su cama, disminuido, me dolía el pecho por haber estado tanto tiempo alejada. Sentía que me había perdido compartir sus propios dolores y mucho de su humor. Lo peor es que a mi hermano intenté acercarlo en ese momento a papá, pero no quiso. Él no pudo superarlo nunca y la rabia lo consumió”.

Susana experimentaba culpa, pero también era consciente de que su padre no había hecho esfuerzos para enfrentarlos y hacerlos razonar: “No supo cómo, no pudo. No sé. Era otra época”.

Después de muerto Eduardo, Susana se quedó con la sensación de que tenía una misión más: llamar a Maná cada tanto porque se había quedado absolutamente sola. Sin hijos, sin sus padres ya, sin amigos ¿quién se iba a ocupar de ella? Nadie. Sintió que su padre, sin que se lo hubiera dicho jamás, hubiera querido que se encargara al menos de que estuviese bien. De hecho, se ocupó de que nunca le faltara nada. No era un tema de dinero lo de Maná, sino de soledad afectiva

Después de muerto Eduardo, Susana se quedó con la sensación de que tenía una misión más: llamar a Maná cada tanto porque se había quedado absolutamente sola (Imagen ilustrativa Infobae)
Después de muerto Eduardo, Susana se quedó con la sensación de que tenía una misión más: llamar a Maná cada tanto porque se había quedado absolutamente sola (Imagen ilustrativa Infobae)

“No quería incorporarla a mi familia, me resultaba raro, pero me parecía que algo debía hacer”, reconoce. Recurrió a hacer lo de siempre: se ocupó a solas y calladamente. Solo su marido sabía que la visitaba semanalmente. Con ella, la única testigo de su pasado, charlaban de otros tiempos. Esto fue así hasta que a Maná le detectaron un cáncer avanzado de útero. Tres años de idas y vueltas en las que Susana no se borró y la asistió en cada etapa. La relación se había vuelto de apego y sostén. Maná estaba agradecida hasta las lágrimas por su perdón y su compañía hasta el último día. Ya los hijos de Susana estaban al tanto de todo y aprobaban la actitud “sabia” dijeron de su madre.

Cuando no haya nadie que me escuche

Eduardo había sido feliz de otra manera. La Rubia había partido sin consolarse nunca del todo, pero soportando. Ricardo había muerto sin perdonar el amor y la infidelidad, pero sin patalear jamás públicamente. Susana había acompañado a Maná hasta el final y se había reconciliado con su pasado.

Así habían sido las cosas. Punto y final.

Susana recuerda: “Lo más difícil era el run run que tenía en mis oídos cuando papá nos dejó. El qué dirán de nosotros, de los abandonados porque él se había ido con otra. Ese murmullo me acompañó gran parte de mi vida porque no podía evitar sentir que el resto de mis conocidos no había vivido abandonos tan humillantes y dolorosos. Eso creía yo que nunca hice terapia. Cuando tenía algo para conversar lo hacía con mi marido quien es siempre la mejor oreja. Fue así hasta que una de mis hijas que es psicóloga y con quien venía hablando a fondo del tema, me hizo notar algo. Me dijo que el hecho de que yo sintiera que había sido una experiencia denigrante no estaba bueno. Me hizo ver que el que yo considerara una humillación que papá hubiera elegido a nuestra niñera que ni siquiera había terminado el primario por sobre mamá, tenía connotaciones despectivas que hablaban de mi inseguridad. Bah, me dio un sermón que no recuerdo muy bien, pero que me hizo ver que el amor era mucho más inclusivo que mi humillación. Papá había elegido amar sin limitarse por prejuicios sociales o mandatos de la época. ¡Cuánto uno aprende de los hijos! Porque ese día me cambió la perspectiva del asunto y, con el tiempo, fue lo que me permitió acercarme a Maná y ser la otra Susana, la que se reconcilió con todo. Porque ¿sabés? Siempre hay más motivos para amar que para odiar”.

Le pregunto al terminar nuestra charla si cree que valió la pena contar su historia públicamente. Me mira enroscando su mirada de cielo en la espiral de humo que sale de su boca: “Mmmmm, no sé, mmmm… sí. Creo que a papá le hubiese gustado mucho saber cómo terminó todo”.

Le respondí que bueno, que quizá las noticias lleguen al cielo.

*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com

* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas