
Josefina Aguilar Alcántara, destacada artista popular mexicana que esculpió evocadoras figuras de barro que representaban la vida cotidiana de su pueblo --con personajes tan variados como invitados de bodas y prostitutas-- y que siguió trabajando más de una década tras perder la vista, murió el 13 de febrero en la ciudad mexicana de Oaxaca. Tenía 80 años.
Su muerte, que no se difundió ampliamente en su momento, se produjo en un hospital, por complicaciones derivadas de la diabetes y la septicemia, según su hijo Demetrio García Aguilar.
El Museo Mexicano de San Francisco, un afiliado al Smithsonian que expone obras de Aguilar y de sus tres hermanas, también artistas populares, la describió en un homenaje como "la maestra" de su extensa familia de artesanos y "una pionera que mantuvo vivo el latido cultural de Oaxaca en barro".
Valiéndose de barro rojo y pintura acrílica de uso doméstico, Aguilar, cuya obra fue promovida por Nelson A. Rockefeller, se sentaba en el patio de su taller en su pueblo rural y creaba representaciones de reuniones en bautizos, bodas y funerales, así como figuras dedicadas a actividades más solitarias: gente en la regadera, por ejemplo, y prostitutas de pie bajo las farolas.
"Son casi como informes sobre rituales comunitarios", dijo en una entrevista Kristopher Driggers, conservador de arte latinoamericano del Museo de Arte de San Antonio, que también expone su obra.
Algunas de las esculturas de Aguilar tenían temas religiosos. Creó nacimientos y una figura de Adán y Eva con hojas de higuera en el Jardín del Edén, con Satanás asomándose desde un árbol. Representó la última cena, cuando Jesús anuncia que será traicionado, con algunos discípulos boquiabiertos. Creó figuras de músicos esqueléticos y sonrientes para colocarlas en los altares domésticos del Día de Muertos, para honrar y celebrar a los seres queridos fallecidos.
"Nuestra vida es dura", dijo Aguilar a Lenore Hoag Mulryan para el libro de 1982 Mexican Figural Ceramists and Their Works, 1950-1981. "Los días son largos. Dios se lleva a mucha gente. No nos asusta la muerte; hacemos chistes con ella. Jugamos con ella. Tenemos que hacerlo o nos amargamos".
Sus figuras también podían ser caprichosas; las narices prominentes se convirtieron en un toque juguetón. También esculpió muñecas de personajes famosos, y creó su propia versión de la serie Autorretrato con mono de la artista mexicana Frida Kahlo.
"Lo sorprendente de las piezas de Josefina es que no eran lindas: eran piezas de arte popular realmente fuertes e independientes de las que nunca se cansaba la vista", dijo en una entrevista Hank Lee, propietario de la galería San Angel Folk Art de San Antonio, quien conoció a Aguilar durante 40 años.
"Estaban tan llenas de personalidad", añadió. "Tenía carniceros vendiendo tripas, polleros. Estaban hechos con colores básicos, nunca recargados".
Margarita Josefina Aguilar Alcántara nació el 22 de febrero de 1945 en Ocotlán de Morelos, un pueblo del sureño estado de Oaxaca, donde siguió viviendo. Sus padres eran agricultores, pero su madre, Isaura Alcántara Díaz, también fabricaba cerámica utilitaria, como ollas para guisar, y su padre, Jesús Aguilar Revilla, pintaba y hacía figuras tejidas de pavos con paja.
Según la Universidad de Tulane, que ha expuesto obras de arte de la familia Aguilar, el trabajo de Isaura Alcántara se atribuyó inicialmente a su marido. Josefina dijo a Hoag Mulryan que había aprendido su arte imitando a sus padres. Creó su primer nacimiento a los 6 años.
Con el aumento del turismo en Oaxaca, la familia empezó a hacer cerámica decorativa popular para venderla. A medida que su trabajo maduraba, Josefina hizo campanas pintadas con cabezas de animales, escenas de la vida cotidiana y sirenas. Contó a Hoag Mulryan que empezó a interesarse por el arte popular antes de que lo hicieran sus hermanas Guillermina, Irene y Concepción, pero cada una de ellas llegó a ser célebre por su propio estilo distintivo.
En 1977, Josefina ganó un premio nacional de arte popular. Recibió una gran atención después de que Rockefeller, exvicepresidente y exgobernador de Nueva York y apasionado coleccionista de arte popular mexicano, visitó su casa en 1978 y compró unas figuras agrietadas y descoloridas, pero expresivas, que se habían colocado a lo largo de una valla para anunciar el negocio de la familia Aguilar.
"Era imposible no quedar impresionado por lo inusuales que eran estas piezas", dijo en una entrevista Annie O'Neill, que era la conservadora de la colección de arte popular mexicano de Rockefeller y quien lo acompañó en el viaje. "Tenían rostros maravillosos y representaban trajes regionales. Era diferente a todo lo que hacían los demás".
Aunque Rockefeller no compró todas las figurillas disponibles, como han sugerido algunos relatos, su mecenazgo permitió a la familia Aguilar comprar la tierra de la que procedía su barro, según el Museo Mexicano.
Además de las exposiciones del museo, Aguilar apareció en un libro infantil, Josefina (1996), de Jeanette Winter.
En 2014, una diabetes no tratada hizo que Aguilar perdiera la vista, según el Museo Mexicano. Continuó esculpiendo sus piezas al tacto, y su familia pintaba las figuritas.
Cuando sobrevino la epidemia de covid, el negocio familiar se resintió, dijo Aguilar a Alan Eliot Goldberg, coleccionista de su obra de New Canaan, Connecticut, quien recaudó dinero para su tratamiento médico y la incluyó en un libro, Oaxacan Folk Art: Response to Covid-19 (2021).
"No estamos enfermos de COVID-19", dijo a Goldberg, "sino enfermos de hambre, pues ya nadie viene a comprarnos".
Además de su hijo Demetrio, quien también es artista popular, a Aguilar le sobreviven otros siete hijos, la mayoría de ellos también artistas: una hija, Leticia García Aguilar, y seis hijos, Rodrigo, Roberto, José Juan, Sergio, Fernando y Martín García Aguilar; 36 nietos; y sus tres hermanas. Otro hijo, Mario, falleció en 1993. Su marido, José García Cruz, con quien se casó en 1965, murió de insuficiencia renal en 2021.
En 2020, Aguilar esculpió una desgarradora pieza de una mujer cuya falda estaba cubierta por figuras con máscaras contra la covid, entre ellas un médico con alas que atendía a un paciente conectado a una vía intravenosa. Siguió trabajando sin vista casi hasta su muerte.
"No son los ojos", dijo a Goldberg, "sino las manos y el cerebro lo que importa".
Jeré Longman es periodista del Times en la sección de Obituarios y escribe ocasionalmente artículos relacionados con el deporte.
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