Ozempic no va a solucionar nuestros prejuicios en torno a la gordura

Este medicamento fue creado para tratar a los millones de personas que padecen diabetes tipo 2 y obesidad clínica. Por qué es también una abreviatura de nuestro lenguaje codificado de la vergüenza, el estigma, el estatus y los prejuicios

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Para la autora de la nota, "hasta que no acabemos con ese estigma, podremos crear fármacos que ayuden a las personas a perder peso, pero las condiciones para convertir a algunas personas en indeseables —con su costo— seguirán acechando entre las sombras"
(The New York Times)
Para la autora de la nota, "hasta que no acabemos con ese estigma, podremos crear fármacos que ayuden a las personas a perder peso, pero las condiciones para convertir a algunas personas en indeseables —con su costo— seguirán acechando entre las sombras" (The New York Times)

Hemos adquirido soltura con el nuevo lenguaje de la farmacología, la diabetes y la pérdida de peso. Ozempic, Wegovy y Mounjaro son parte de nuestro léxico público. Los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1) son fármacos que salvan vidas, creados para ayudar a los millones de personas que padecen diabetes tipo 2 y obesidad clínica. Prometen librar a Estados Unidos de la obesidad, si nuestro país consigue hacer asequible la costosa cura.

Pero estos fármacos milagrosos también son una abreviatura de nuestro lenguaje codificado de la vergüenza, el estigma, el estatus y los prejuicios en torno a la gordura. Desenredar esas dos funciones es un problema social que un fármaco milagroso no puede arreglar.

Es difícil recordar la última vez en la que un fármaco entusiasmó tanto al público general. ¿La Fen-Phen, en la década de 1990, quizá? ¿Viagra o Botox en la de 2000? Cada uno de ellos tuvo su impresionante ciclo de despliegue publicitario, pero ninguno fue tan explosivo como el de Ozempic. Los observadores del mercado han señalado a Novo Nordisk, el gigante farmacéutico danés que fabrica Ozempic y Wegovy, como aspirante a empresa más valiosa de Europa. Con varios fármacos aún mejores en diversas fases de desarrollo, la fiebre del oro contra la obesidad no ha hecho sino empezar.

Si los fármacos GLP-1 solo trataran la diabetes y no favorecieran la pérdida de peso, seguirían siendo revolucionarios desde el punto de vista médico, pero probablemente Ozempic, Wegovy y Mounjaro no tendrían hashtags en las redes sociales. Estos fármacos son un éxito de ventas porque prometen solucionar un problema médico que también es un problema cultural: el de cómo curar la crisis moral de los cuerpos gordos que se niegan a mantenerse delgados.

Tressie McMillan Cottom dice que para solucionar la obesidad, hará falta algo más que fármacos
Tressie McMillan Cottom dice que para solucionar la obesidad, hará falta algo más que fármacos

Que mucha gente ni siquiera se cuestione que eliminar a las personas gordas es objetivamente una buena idea explica por qué es una idea tan poderosa. La delgadez es una forma de ejercer la disciplina moral, aunque se persiga por medios moralmente dudosos. En términos subconscientes, conscientes, políticos, económicos y culturales, la obesidad es señal de laxitud moral.

Cualquier reverendo decente nos dirá que no hay precio demasiado alto para la salvación, por lo que toda una clase de personas —los aproximadamente tres de cada cuatro estadounidenses con sobrepeso— es un objetivo del afán de lucro. Las intervenciones médicas para perder peso han provocado, a lo largo de los años, lesiones cardíacas, infartos, daños nerviosos, psicosis y la muerte. Pero con este código moral, son las políticas sociales que promocionan, subvencionan y se benefician de la obesidad las que quedan limpias de sus pecados extractivos. Es como si los cuerpos gordos, por albergar a personas descuidadas, no mereciesen las protecciones de las buenas normativas y las comunidades sanas.

Tiene algo de seductor que una inyección semanal arregle el cuerpo y saltarse el engorro de mejorar el modo de vida de las personas. La diabetes y la obesidad son condiciones que tienen tanto que ver con las políticas sociales como con qué come la gente. Los estudios demuestran que los cultivos que el gobierno de Estados Unidos subvenciona están asociados a las dietas ricas en azúcar y calorías que para los estadounidenses suponen un riesgo de grasa abdominal, aumento de peso y colesterol alto. Las comunidades en crecimiento expansivo, cuyas vidas giran en torno a los automóviles y los trabajos de oficina, dificultan que muchos estadounidenses se muevan tanto como las recomendaciones médicas nos dicen que deberíamos hacerlo. En estas circunstancias, es cruel decirle a la gente que cambie su estilo de vida para perder peso o prevenir la diabetes.

Las intervenciones médicas para perder peso han provocado, a lo largo de los años, lesiones cardíacas, infartos, daños nerviosos, psicosis y la muerte
(Gettyimages)
Las intervenciones médicas para perder peso han provocado, a lo largo de los años, lesiones cardíacas, infartos, daños nerviosos, psicosis y la muerte (Gettyimages)

No debería ser una sorpresa que la pérdida de peso casi garantizada —una gran pérdida de peso, muy rápida, en muchos casos— lleve a millones de personas a tomar los fármacos fuera de indicación, lo que crea una demanda de consumo como la pepita de oro que atrajo a los mineros del oeste estadounidense.

La conversación cultural en torno al Ozempic está tan obsesionada con los famosos como lo están los famosos consigo mismos. Los rumores sobre qué estrella u otra tomaba Ozempic alcanzaron su pico con el término peyorativo “rostro Ozempic”, una señal de que alguien estaba tomando un atajo directo hacia el botín de los flacos. Los usuarios de las redes sociales se volvieron expertos en encontrar indicios de que un famoso había hecho trampa al comprar la absolución de la obesidad por medio de la indulgencia farmacéutica.

En la cima de la jerarquía de estatus, los ricos, los famosos y los casi famosos cada vez estaban más esbeltos. Pero, en el mismo lapso de años en el que el Ozempic acaparó ese revuelo, empecé a darme cuenta de que la gente normal, como mis amigos, empezaba a ser reclasificada como insulinosensibles, insulinorresistentes o, más aterrador aún, como “prediabéticos”.

La mayoría son personas con un alto nivel de estudios, hechas a sí mismas, sin patrimonio familiar ni subvenciones culturales. Se ocupan de su salud con el mismo celo que pusieron en su ingreso en la universidad y su planificación profesional. Una amiga empezó a soplar en un dispositivo que le decía si había alcanzado el estado de “ayuno”; a otra le recetaron metformina, un medicamento para la diabetes. Muchos parecían ir en rumbo de colisión hacia un estado médico liminar que los asociaba con la diabetes, a pesar de que ninguno de ellos era diabético.

Tanto la diabetes como la obesidad están relacionadas no solo con las elecciones alimenticias de las personas, sino también con las políticas sociales que influyen en ellas
Tanto la diabetes como la obesidad están relacionadas no solo con las elecciones alimenticias de las personas, sino también con las políticas sociales que influyen en ellas

Aunque yo lo ignoraba entonces, mis amigos estaban nadando con una corriente de salud pública que los señalaba para la medicalización, a pesar de que no había cambiado nada en su fisiología, su conducta o su perfil médico. Puede que necesitaran fármacos, o puede que no, pero “prediabetes” no es un predictor lo bastante preciso de si alguien se volverá diabético como para justificar el temor que el término provoca.

La Asociación Estadounidense de Diabetes desarrolló el término “prediabetes” para llamar la atención sobre los ligeramente elevados niveles de azúcar en sangre de algunos estadounidenses en 2001.

En las dos décadas siguientes, la organización amplió la definición de la enfermedad, de modo que, para 2019, como informó Charles Piller para la revista Science, 84 millones de estadounidenses tenían prediabetes, “la enfermedad crónica más común después de la obesidad”.

No existían medicamentos diseñados específicamente para la prediabetes, así que los médicos solían recurrir a tratamientos fuera de indicación, una práctica médica habitual. Pero como las intervenciones farmacológicas fuera de indicación coincidieron con la clasificación general de millones de personas con una nueva enfermedad, floreció un nuevo mercado.

Este cambio amplió el lenguaje del consumidor para medicalizar la pérdida de peso como estrategia preventiva con el fin de tratar no solo la diabetes, sino también el supuesto —pero no siempre demostrado— riesgo de diabetes. Dotó a la máquina del bienestar de la terminología de la “resistencia a la insulina” y la “sensibilidad a la insulina” sin los conocimientos médicos especializados para detectar los indicadores de riesgo de diabetes. Pronto la gente podrá adquirir una asombrosa gama de aplicaciones y dispositivos para autodiagnosticar la eficiencia a la insulina. Y entonces aparecen Ozempic y Wegovy, perfectamente diseñados para nuestros muy desarrollados paladares de consumidores.

Los rumores acerca de qué celebridad usaba Ozempic llegaron a su punto máximo con el término despectivo "rostro Ozempic", indicando que alguien estaba buscando una vía rápida hacia la delgadez
Los rumores acerca de qué celebridad usaba Ozempic llegaron a su punto máximo con el término despectivo "rostro Ozempic", indicando que alguien estaba buscando una vía rápida hacia la delgadez

Dados todos estos cambios, me pregunté qué pensaría ahora sobre el fenómeno Richard Kahn, exdirector científico y médico de la Asociación Estadounidense de Diabetes, el cual ayudó a establecer el término “prediabetes”.

Es fácil suponer que las personas que no son ricas se servirán del seguro médico para pagar estos fármacos. Y, sí, en el caso de que tomen Ozempic para la diabetes, la solicitud de reembolso del seguro es sencilla. En cambio, para perder peso, conseguir que el seguro pague Wegovy (o incluso Ozempic) puede ser más difícil. Como dice Kahn: “La inmensa mayoría de las compañías de seguros se niegan a pagar, sin importar el grado de obesidad”.

Kahn entiende el contexto general de la economía en materia de salud y el precipicio de los seguros en el que nos encontramos. Sin embargo, en la consulta médica, el precipicio es más bien un cañón. En 2021, fui a un médico costoso para hacerme mi revisión anual. Justifico la elevada cuota de suscripción para mi atención médica de orientación porque padezco ansiedad clínica debido a los años en que he sido tratada con condescendencia, ignorada, rechazada y victimizada por la mala praxis médica. Considero la tarifa de la medicina de orientación un recargo por ser tratada como una persona.

Después de pasar dos horas conociendo a mi nueva ginecóloga-obstetra, de extracciones de sangre y espeleología interna, nos sentamos a hablar de mi estilo de vida y mis objetivos de salud. Como persona con sobrepeso y gran agudeza verbal, me aseguré de describirle mi práctica con la bicicleta estática Peloton y mis planes de comer más verduras por motivos éticos. A la doctora se le iluminó la cara cuando por fin di a entender mi interés en, digamos, cambiar de talla.

Echó un vistazo a los resultados de mis análisis de sangre y empezó a hablarme de su interés profesional en la “medicina metabólica”. A eso le siguió una presentación de 20 minutos sobre los avances en medicina para perder peso. Ozempic era la estrella, pero había otros fármacos, muchos de ellos prescritos fuera de indicación. Los medicamentos anticonvulsivos pueden mantener a raya comer tentempiés. Otros podrían ralentizar la digestión, si no te destrozan los riñones. Y después, por supuesto, estaban los “inyectables”, el “criterio de referencia” de las intervenciones médicas contra la pérdida de peso.

El único problema es que yo no era diabética. Ni siquiera lo era en términos clínicos. La doctora dijo esto con gran pesar.

Ozempic, Wegovy y Mounjaro en la lucha contra la obesidad ha generado impacto social
Foto cortesía: Reuters.
Ozempic, Wegovy y Mounjaro en la lucha contra la obesidad ha generado impacto social Foto cortesía: Reuters.

Mi A1C —la medida de los niveles medios de azúcar en sangre en los últimos meses— estaba dentro de los valores normales. De hecho, casi estaba por debajo. “Pero estas pruebas fallan a veces. Podemos hacerla otra vez”, dijo esperanzada.

Mi doctora esperaba que tuviese un A1C más alto porque así podría clasificarme como prediabética, lo que aumentaría las probabilidades de conseguir que el seguro pagara por el uso no indicado de los caros fármacos que me recomendó aquel día.

Dudé entre querer demostrarle a mi doctora que podía pagarme el Ozempic de mi bolsillo, sin querer siquiera Ozempic, y querer demostrarle que mi A1C no era una mera casualidad. Volví a hacerme la prueba de A1C una semana más tarde. Los niveles seguían siendo bajos. Ella seguía consternada.

Cambié de médico cuando me di cuenta de que una de las dos deseaba que yo estuviese más enferma para permitirme estar más delgada. En su defensa, esa es exactamente la ecuación que los fármacos GLP-1 presentan a millones de estadounidenses que necesitan un seguro médico para permitírselos.

Por supuesto, nada se dice de los 27 millones de estadounidenses que no tienen ningún seguro médico. Las personas sin seguro suelen tener un nivel bajo de ingresos y están sobreexpuestas a las políticas sociales que produjeron la crisis de obesidad. Para ellas, es como si los mejores medicamentos no existieran.

Fármacos y estigma: la intersección de la salud, el status y la dignidad en la sociedad
(Gettyimages)
Fármacos y estigma: la intersección de la salud, el status y la dignidad en la sociedad (Gettyimages)

Pero, solo como hipótesis: si la obesidad constituye una crisis de salud pública y se puede resolver con un inyectable imperfecto, debería ser posible hacer que todo el mundo pudiese permitirse la solución, ¿verdad?

Pero, hasta ahora, hemos hecho lo contrario. Prescribir Ozempic a millones de estadounidenses a su precio actual pondría al sistema sanitario al borde del colapso. Kahn hizo algunos cálculos aproximados cuando hablamos: “Si el 80 por ciento de las personas con obesidad empezaran a tomar este fármaco, quebraría el sistema sanitario”, sostuvo. Se basa para ello en las conclusiones de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de que más del 40 por ciento de los estadounidenses son obesos. “Nos estamos precipitando a esta situación del huevo y la gallina, donde los fabricantes dicen que no van a reducir el precio y las compañías de seguros dicen que es pagar demasiado”, dijo Kahn.

Hacer accesibles los fármacos GLP-1 para la diabetes tipo 2 y la pérdida de peso a un costo que el estadounidense promedio se pueda permitir sería un gran logro para nuestro sistema de salud. El gobierno de Joe Biden está poniendo en marcha su programa de Negociación de Precios de Medicare. Por ahora, ninguno de estos fármacos está incluido. La Ley para Tratar y Reducir la Obesidad ampliaría la cobertura de Medicare para la obesidad. Este es el tipo de enfoques normativos que podrían cambiar las cosas para la gestión de la obesidad y la atención a la diabetes, mientras que este país sigue trabajando en el problema de fondo: nuestra falta de imaginación para la atención ética de todos los cuerpos.

Por ahora, los consumidores estadounidenses, cortos de dinero, tienen que enfrentarse a una sociedad en la que el precio de estar gordos es tan alto, que siempre habrá una razón racional para pagar una cantidad desorbitada de dinero para estar delgados.

El estigma social en torno a la obesidad y la discriminación de género están a la orden del día
El estigma social en torno a la obesidad y la discriminación de género están a la orden del día

Está la pérdida de peso por razones de salud. También está la pérdida de peso por razones de estatus y para evitar el estigma. Aunque tanto hombres como mujeres experimentan la discriminación si están gordos, las mujeres sufren más por no estar lo suficientemente delgadas. Un estudio tras otro demuestra que las mujeres con sobrepeso tienden más a estar desempleadas que sus homólogas delgadas. Cuando tienen trabajo, las mujeres gruesas ganan menos, con menor penalización para las mujeres negras e hispanas, que ya de por sí ganan menos, en promedio. Las mujeres blancas y asiáticas con sobrepeso experimentan la misma discriminación en el mercado laboral que las mujeres negras e hispanas.

Fuera del lugar de trabajo, la tendencia de las élites de los ámbitos educativo y económico a casarse, entablar amistad y socializar entre sí —emparejamiento y apareamiento selectivos— también es una característica notable de nuestro tiempo. La homogeneidad de la élite tiene un aspecto concreto, y ese aspecto es delgado. De modo que cuando las mujeres dicen que es mejor estar enfermas y delgadas que sanas y gordas están siendo perfectamente racionales.

La filósofa Kate Manne dice que el miedo a estar gordos —gordofobia— es estructural e interseccional. En su próximo libro, Unshrinking, se pregunta si la solución a la obesidad pasa realmente por erradicar a las personas gordas. El furor por Ozempic no es solo un ejemplo perfecto de lo contraproducente que puede ser nuestra economía sanitaria en este país, señala Kahn. También es un ejemplo de cómo la afición de los estadounidenses a resolver problemas estructurales arreglando cuerpos individuales es excelente para crear demanda sin resolver los problemas sociales.

El logotipo de Novo Nordisk se ve en Bagsvaerd en las afueras de Copenhague, Dinamarca, el 1 de febrero de 2017. Scanpix Denmark/Liselotte Sabroe vía REUTERS
El logotipo de Novo Nordisk se ve en Bagsvaerd en las afueras de Copenhague, Dinamarca, el 1 de febrero de 2017. Scanpix Denmark/Liselotte Sabroe vía REUTERS

Yo tenía sobrepeso antes de entrar en la consulta de medicina de orientación. Pero el sobrepeso era incongruente con una persona que podía permitirse la medicina de conserjería. Mi doctora supuso que yo querría estar delgada. En muchos aspectos, me estaba brindando exactamente el servicio que yo estaba pagando sin ser consciente: aculturarme en las expectativas del cuerpo correcto para mi posición. Reducir el estigma del peso era un servicio sanitario, aunque mis indicadores de salud no precisaran intervención.

La mera existencia de Ozempic y similares anima a millones de personas a autodiagnosticarse de formas estigmatizantes. Si entran en la consulta del médico suplicando que las clasifiquen como clínicamente vulnerables, no es para recibir alguna prestación del Estado, como vivienda o alimentos. Quieren un fármaco que les ayude a gestionar un entorno que va en contra de sus aspiraciones. Esa es una condena para nuestra cultura.

La promesa implícita de Ozempic es que puede arreglar lo que nuestra cultura ha roto. Las descripciones entusiastas del fármaco no se deben a que vaya a ayudar a una persona con diabetes a gestionar su nivel de glucosa en sangre. Se deben a que promete democratizar el acceso al santo grial del privilegio corpóreo, ese sexismo sexy del “nada sabe tan bien como la delgadez”.

Que la gordura sea un problema para los millones de personas que estos fármacos van a dejar atrás depende de la perspectiva. Es perfectamente normal vivir una vida feliz y plena en un cuerpo que supera la talla que los médicos recomiendan como la saludable. Mucha gente lo hace y lo ha hecho. Pero tener sobrepeso se convierte en un problema social cuando es una estadística poblacional ligada a una jerarquía de estatus asociada.

La obesidad es considerada una epidemia por la OMS. Ozempic trae el dilema de la medicalización ¿cuándo es necesario un tratamiento?
La obesidad es considerada una epidemia por la OMS. Ozempic trae el dilema de la medicalización ¿cuándo es necesario un tratamiento?

Cuando, el año pasado, las interrupciones en las cadenas de suministro dificultó que los pacientes obtuvieran Ozempic, las personas adineradas compraron el fármaco con sobreprecio para perder peso, mientras que aquellas que lo necesitaban se vieron en apuros para conseguir lo que se les había recetado. Entonces el sombrío panorama de la desigualdad quedó claro.

Sin embargo, a medida que repunte la oferta, puede ser más difícil ver la desigualdad. Sería lamentable.

La desigualdad de acceso a Ozempic y Wegovy no está entre las personas enfermas que la merecen y las personas con obesidad que no. La desigualdad está en adherir cualquier cláusula moral al motivo por el que, de entrada, la gente toma estos fármacos. Mientras la mayoría de los estadounidenses no se puedan permitir el fármaco que democratiza el peso, el estigma de la obesidad seguirá controlado por quienes pueden permitirse estar delgados. Los fármacos GLP-1 —o cualquier otro medicamento milagroso que cure la obesidad, fuera de indicación o no— funcionan solo si las personas que lo necesitan pueden permitírselo.

Sin embargo, para solucionar la obesidad, hará falta algo más que fármacos. Hará falta solucionar una cultura que hace que la gordura sea una carga para la mujer, una prueba de medios para obtener dignidad, trabajo, estatus social y la ciudadanía moral.

Hasta que no acabemos con ese estigma, podremos crear fármacos que ayuden a las personas a perder peso, pero las condiciones para convertir a algunas personas en indeseables —con su costo— seguirán acechando entre las sombras.

Tressie McMillan Cottom (@tressiemcphd) es columnista de The New York Times desde 2022. Es profesora adjunta en la Facultad de Información y Biblioteconomía de la Universidad de Carolina del Norte, autora de Thick: And Other Essays y obtuvo la beca MacArthur en 2020.