Estaba ensangrentada y aturdida. Pero en Beirut los desconocidos me trataron como a una amiga

En un país condicionado por la calamidad, todos supieron qué hacer, incluyendo ayudar a heridos que no conocían

Una mujer herida tras las explosiones en Beirut (REUTERS/Mohamed Azakir)
Una mujer herida tras las explosiones en Beirut (REUTERS/Mohamed Azakir)

BEIRUT — Estaba a punto de ver el video que una amiga me envió el martes por la tarde —”Parece que se está quemando el puerto”, decía— cuando todo mi edificio se sacudió, como alguien que se asusta, por la explosión más atronadora que jamás había escuchado. De manera ingenua y con cuidado, corrí hacia la ventana, luego regresé a mi escritorio para leer las noticias.

Después escuché un impacto mucho más grande, y parecía que el sonido se fragmentaba. Había cristales rotos volando por todas partes. Empecé a moverme, sin pensar, y me resguardé debajo de mi escritorio.

Cuando el mundo dejó de estremecerse, al principio no podía ver porque la sangre me corría por la cara. Después de parpadear hasta quitarme la sangre de los ojos, traté de ver cómo estaba mi apartamento que se había convertido en un sitio de demolición. Mi puerta amarilla había sido arrojada hacia la mesa del comedor. No pude encontrar mi pasaporte, ni siquiera mis zapatos más resistentes.

Una mujer que creció durante los 15 años de la guerra civil de Líbano me contó que los beirutíes de su generación corrieron de manera instintiva hacia los pasillos tan pronto escucharon la primera explosión, para escapar de los cristales que sabían que se romperían.

Yo no estaba tan bien entrenada, pero los libaneses que me ayudaron en las horas posteriores a la explosión mostraban la desgarradora imperturbabilidad de quienes ya han vivido innumerables desastres. Casi todos eran desconocidos, pero me trataron como a una amiga.

Cuando bajé las escaleras, esquivando la enorme ventana rota que descansaba en el hueco de mi escalera, mi vecindario, con sus ventanas arqueadas y la elegante arquitectura antigua de Beirut, parecía una imagen de las guerras que había visto desde lejos: era como una boca a la que le faltaban todos los dientes.

Edificios dañados cerca de la zona de las explosiones (REUTERS/Aziz Taher)
Edificios dañados cerca de la zona de las explosiones (REUTERS/Aziz Taher)

Alguien que pasaba en una moto vio mi cara ensangrentada y me pidió que me subiera. Cuando no pudimos acercarnos más al hospital porque la calle estaba bloqueada por montículos de vidrios rotos y autos varados, me bajé y comencé a caminar.

En la calle parecía que todos estaban sangrando de sus heridas abiertas o lucían vendajes improvisados, excepto por una mujer que estaba vestida con un top elegante —con la espalda descubierta— y paseaba a un perro pequeño. Solo una hora antes, todos estábamos paseando a nuestros perros, revisando los correos electrónicos o comprando víveres. Solo una hora antes, no había sangre.

Al acercarme al hospital, los pacientes de edad avanzada estaban en la calle, aturdidos y sentados en sus sillas de ruedas y con bolsas intravenosas. Una mujer yacía en el suelo frente a la sala de urgencias con todo su cuerpo empapado en sangre, y sin moverse mucho. Era claro que no estaban aceptando más pacientes, ciertamente a nadie tan afortunada como yo.

Alguien llamado Youssef me pidió que me sentara y comenzó a limpiarme y vendarme la cara. Cuando constató que podía caminar, se fue y comencé a deambular, tratando de pensar en otro hospital al que pudiera ir.

Me encontré con el amigo de un amigo, alguien a quien solo había visto unas pocas veces, y me vendó el resto de las heridas, desinfectando las laceraciones con arak, el licor nacional del Líbano que es una bebida con sabor a anís.

Su compañero de cuarto barrió la terraza mientras yo ensangrentaba sus toallas. “No puedo pensar a menos que esté limpio”, explicó.

Trabajadores de un hospital de Beirut mueven una camilla en medio de los escombros causados por las explosiones (REUTERS/Mohamed Azakir)
Trabajadores de un hospital de Beirut mueven una camilla en medio de los escombros causados por las explosiones (REUTERS/Mohamed Azakir)

Hasta ese momento, solo tenía conjeturas vagas sobre lo que pudo haber sucedido. Alguien reportó que habían explotado unos fuegos artificiales en el puerto. Mucho más tarde, los funcionarios libaneses reconocieron que una gran cantidad de material explosivo que fue incautado por el gobierno hace unos años se almacenó donde ocurrieron las explosiones.

Los sobrevivientes caminaban, moviéndose más rápido que el tráfico atascado. Cuando parecía que alguien estaba ileso, la gente le gritaba “alhamdulillah al-salama”, cuya traducción aproximada es “gracias a Dios que estás bien”.

Antes de que se acabara la noche, luego de que mis colegas me encontraron, después de que un chofer llamado Ralph se ofreció a llevarnos hasta uno de los pocos hospitales que aún aceptaban pacientes, y después de que un médico me puso 11 grapas en la frente y otras tantas en mi pierna y brazos, la gente empezó a decirme lo mismo: gracias a Dios que estás bien.

“Gracias, sinceramente gracias”, les respondía y no solo me refería a sus buenos deseos.

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