John F. Kennedy, un legado que renace en tiempos de incertidumbre política global

La intención de Kennedy de forjar una “nueva frontera” en el sistema político de su país en general, y en el armado de su gobierno en particular, chocó con la imposición de dos cargos estratégicos heredados de antiguas administraciones

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Ted Sorensen fue el consejero político más estrecho del ex presidente demócrata John Fitzgerald Kennedy, nacido en Brookline, Massachusetts, el 29 de mayo de 1917 y asesinado en la ciudad de Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963. Abogado oriundo de Nebraska, a quien JFK llamaba “mi banco de sangre intelectual”, Sorensen fue el redactor de sus discursos y quien escribiera la mayor parte del ensayo “Perfiles de coraje” (firmado por Kennedy), que sería galardonado con el Premio Pulitzer en 1957 cuando el futuro mandatario se desempeñaba como senador por Massachusetts. Una de sus técnicas de oratoria que utilizaba con más frecuencia era la del “reversible raincoat” (“let us never negotiate out of fear but let us never fear to negotiate”).

Sorensen, fallecido en 2010, expresó que para los historiadores sería muy difícil valorar en forma objetiva la figura de su gran amigo asesinado en la ciudad de Dallas hace seis décadas. Señala cuatro características centrales de su legado: asumió la presidencia con 43 años, uno más que Theodore Roosevelt, el presidente más joven de la historia de los Estados Unidos (1901); a partir de su linaje familiar irlandés, Kennedy fue el primer mandatario en profesar el catolicismo; también su administración coincidió con la posibilidad de la destrucción atómica global junto a la entonces Unión Soviética liderada por Nikita Kruschev (1894-1971); y por último, el ghost writer de Camelot destaca que JFK fue el primer titular de la Casa Blanca que anunció la llegada de una misión norteamericana a la luna antes del fin de la década del 60, hazaña lograda finalmente en julio de 1969.

A principios de 1960 Norman Mailer escribió para la revista Esquire un extenso artículo sobre la Convención Nacional del Partido Demócrata que terminaría consagrando a Kennedy para enfrentar al republicano Richard Nixon, por entonces vicepresidente de Dwight Eisenhower. En una elección muy pareja, el candidato demócrata derrotó al republicano por 49,7 por ciento de los votos contra el 49,5 por ciento (en el colegio electoral JFK obtuvo 303 votos contra los 219 de Nixon, necesitándose 269 para ganar).

Mailer, ganador de dos Premios Pulitzer por “Los ejércitos de la noche” (1968) y “La canción del verdugo” (1979) afirmó que “desde la Primera Guerra Mundial, los estadounidenses han llevado una doble vida, y nuestra historia ha discurrido sobre dos ríos, uno visible y otro subterráneo. Ha habido una historia de la política que es concreta, objetiva, práctica e increíblemente aburrida... y hay un río subterráneo de deseos sin explotar, feroces, solitarios y románticos, esa concentración de éxtasis y violencia que es la vida soñada de la nación”.

Esta aguda observación de uno de los más aclamados escritores de la segunda mitad del siglo XX, reconocido como el fundador del llamado nuevo periodismo, fue utilizada muchos años después del magnicidio de Texas para echar luz sobre la vida privada del hombre más poderoso del mundo. Concretamente, a partir de sus reiterados affaires extramatrimoniales que todos sus amigos y funcionarios más cercanos conocieron y callaron durante años.

A pesar de las diferencias conyugales, el historiador y ex consejero presidencial Arthur Schlesinger señaló que JFK siempre reconoció que los hitos culturales de su presidencia, el concierto de Pablo Casals y el American Ballet Theatre en la Sala Este de la Casa Blanca; la exposición de la Mona Lisa; la cena para los Premios Nobel; los esfuerzos para desarrollar un teatro nacional (hoy el Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas) y otros eventos culturales, muy probablemente no hubieran existido de no haberse casado con Jacqueline Bouvier en septiembre de 1953.

A su vez, el pensamiento de Mailer también puede leerse en sintonía con una característica que marcó a fuego los poco más de mil días que duró la gestión del líder demócrata al frente de la Casa Blanca. La intención de Kennedy de forjar una “nueva frontera” en el sistema político de su país en general, y en el armado de su gobierno en particular, chocó con la imposición de dos cargos estratégicos heredados de antiguas administraciones: los directores de la Agencia Central de Inteligencia (al mando de Allen Dulles), y de la policía federal estadounidense (FBI), encabezado desde 1924 por John Edgar Hoover hasta su muerte en 1972.

En los comienzos de la contracultura y la escalada de la Guerra Fría con epicentro en Vietnam, ambos funcionarios gozaban de una enorme desconfianza por parte del flamante presidente y su hermano Robert. Fue por ello que designó a Bobby (asesinado en junio de 1968) como Procurador General (organismo que tenía jerarquía política de mando sobre el FBI). Dulles, por su parte, integraría la Comisión Warren, cuyo reporte final de casi 900 páginas fue presentado al presidente Lyndon Johnson el 24 de septiembre de 1964. El documento oficial, respaldado por el Congreso, afirmó que Lee Harvey Oswald fue el único asesino del mandatario Kennedy en la ciudad de Dallas.

Enfrascadas las dos potencias emergentes de la Segunda Guerra Mundial en una lucha ideológica a lo largo de casi todo el mundo, Kennedy vislumbraba una era de revueltas juveniles que se avecinaba en su país y también al sur del continente americano. Fidel Castro ocupaba entonces muchas horas de su agenda diaria sobre política exterior. El jefe de la Casa Blanca nunca terminó de aprobar los planes para asesinar al líder socialista que en varias oportunidades le habían presentado los directores de la CIA. En 1962 cuando escalaba peligrosamente la llamada “crisis de los misiles”, JFK expresó ante un importante grupo de diplomáticos de América Latina una frase que aún hoy resuena con fuerza: “Los que hacen imposible la revolución pacífica harán inevitable la revolución violenta”.

En junio de 1962 Kennedy brindó un importante discurso en la Universidad de Yale. Dijo en esa oportunidad que “hay tres grandes áreas de nuestros asuntos internos en las que hoy existe el peligro de que la ilusión impida una acción eficaz. Son, primero, la cuestión del tamaño y la forma de las responsabilidades del gobierno; segundo, la cuestión de la política fiscal pública; y tercero, la cuestión de la confianza, la confianza empresarial o la confianza pública, o simplemente la confianza en Estados Unidos”. La falta de cumplimiento de esa visión en la agenda pública a nivel global encierra un riesgo mayor en la actualidad: la pérdida definitiva de la confianza en la democracia como forma de gobierno dirigida a lograr un desarrollo económico equitativo en un marco de respeto a las libertades civiles y a los derechos humanos.