Luis Lacalle Pou, desde este domingo presidente de Uruguay (REUTERS/Mariana Greif)
Luis Lacalle Pou, desde este domingo presidente de Uruguay (REUTERS/Mariana Greif)

En el Uruguay este domingo asume Luis Lacalle Pou la presidencia de la República. Para la narrativa simplista es el advenimiento de un joven líder político de derecha, afín al pensamiento moderado y líder de una coalición política poco afecta a los cambios radicales. En realidad, semejante lectura es errada y no se compadece con la verdad.

Es cierto que Luis Lacalle Pou es un político profesional, hijo de Luis Alberto Lacalle Herrera, quien fuera cabeza del partido nacional (uno de los dos partidos tradicionales del país) y también presidente de la República Oriental del Uruguay en 1990. Pero el pensamiento del actual presidente uruguayo es una síntesis que proviene de diversas fuentes por lo que la interpretación de su credo requiere bucear más profundo.

Luis Lacalle Pou ambientó en su sector y en su propio partido político el ingreso de connotadas figuras que provenían de la izquierda política, desde que empezó a correr la carrera presidencial hace ya más de un período de gobierno. No lo hizo solo a nivel de legisladores (diputados y senadoras) sino también “integrando” gente que tuvo esa visión hasta en el elenco ministerial que ahora lo acompaña. Cuando comenzó con ese derrotero, más de uno lo criticó por ventilar “su” casa política en demasía y construir un periplo que parecía no poseer sentido. Ese viaje, de asimilar figuras de afuera de su colectividad política era un monopolio que poseía la izquierda con los “disidentes” (de los partidos tradicionales) a los que premiaba a costa de posiciones que se sacrificaba a si misma. Lección aprendida de manera perfecta.

Además, Lacalle Pou abandonó la tensión histórica que su partido mantenía con su histórico rival (el partido colorado) y realizó una campaña de competencia-cooperación con esa divisa, llegando a un resultado donde el liderazgo emergente del Economista Ernesto Talvi (en los colorados) significó también un refresco para el propio sistema político. Ernesto Talvi es hoy el Canciller del presidente Luis Lacalle Pou, y cualquier observador atento advierte en ese binomio la llegada de posibles crecimientos recíprocos y sinergia en procura de objetivos relevantes para el “pequeño país modelo”. Igualmente el ex presidente Julio María Sanguinetti quedó en un papel distinguido, fungiendo de garante republicano del viejo partido colorado e impulsor en la primera hora de la coalición que derrotó a la izquierda.

El presidente Lacalle Pou ha venido, además, procesando también un vínculo nuevo con el ex General Guido Manini Ríos (ex Comandante en Jefe del Ejército) devenido en actor político bisagra, quien en poco tiempo se ubicó en un diez por ciento de los votos del Uruguay. El Ex General Guido Manini Ríos es un actor pragmático que rompió con el gobierno del Dr. Tabaré Vazquez por diferencias sustantivas, y supo verbalizar ese descontento con “la política” en una ubicación que nadie estaba en condiciones de hacer al seducir votos de todo el arco del sistema político. Lo hizo de manera sorprendente para muchos que no imaginaron semejante resultado.

Asimismo, el presidente Lacalle Pou logró acuerdos con un partido de naturaleza testimonial en lo cuantitativo pero valioso en lo cualitativo -como el Partido Independiente- donde ha encontrado un núcleo de intelectuales relevantes que verbalizan: moral y principismo. Y casi todos provienen de una izquierda democrática como el actual ministro de trabajo Pablo Mieres.

O sea, la coalición multicolor que sostiene el relato de Luis Lacalle Pou tiene un poco de todo, y de todos, pero no se puede afirmar que es “derecha”. Más bien existen allí visiones pragmáticas, varias socialdemócratas, algunas nacionalistas, unas cuantas liberales, pero todo en clave de humanismo moderno. Naturalmente no hay visiones revolucionarias, aplausos al movimientismo populista y miradas violentas para con nadie. Todo eso -que la izquierda acepta como “ultima ratio”- la verdad es que los seguidores de Luis Lacalle Pou saben que no habrá una gota de ese cóctel en el menú que ofrecerá su presidente. Quizás por descarte alguno aplique el mote de “derecha” al nuevo gobierno, pero en Uruguay -a diferencia de España- nadie asume que es de derecha, porque en realidad nadie lo es, ni siente semejante talante filosófico.

En realidad, la obra de sumatorias individuales, tejidos políticos y redes civiles que construyó Luis Lacalle Pou es el fruto de muchos años de esfuerzo e inteligencia en los que comenzó con el peso de ser el hijo de quien era (con lo cual las comparaciones durante años fueron un calvario) hasta que comenzó a tener densidad autónoma y pudo despegar con vuelo propio. Muchos relativizan el rol sutil que jugó su madre en la conformación de su personalidad política, sin embargo fue también figura relevante en la conformación del perfil político del actual presidente, mujer con pensamiento independiente y con visión política propia de la realidad. Los padres nunca son un asunto menor para nadie, menos cuando son apasionados por el quehacer político. No se necesita hacer psicoanálisis para entender esta observación .

Luis Lacalle Pou es un político “nativo” en tiempos modernos de redes sociales, pero conoce además los códigos de la vieja política de memoria, asunto que le asegura mover piezas con táctica ajedrecística en el corto plazo pero ir construyendo en simultáneo un relato de imágenes para el nuevo público que lo “lee” de forma moderna y sin los códigos del pasado. Mientras se saca una foto para Instagram para una seguidora de 19 años, le está diciendo –en el mismo momento- al dirigente local donde se organizó una tenida, que preste atención a la salida del local partidario que está teniendo problemas de concentración de gente. Es un jugador de ambos mundos.

Lacalle Pou posee además algunas condiciones que no son generales a todos los políticos: puede estar más tiempo oyendo que hablando, posee paciencia real para estar mano a mano con ciudadanos de a pie, se emociona hasta que su voz se le quiebra según sea el momento y no se avergüenza por ello. Esas no son debilidades sino fortalezas. No construye discursos retóricos o metafóricos en extremo, habla claro, va al grano y dice lo que pretende hacer en su tono (lo fue encontrando a lo largo de los años) en el que no debe levantar la voz pero tampoco susurrar de manera melosa para encontrar la adhesión popular. Y es frontal (sin ser hiriente u ofensivo) con sus adversarios a los que con claridad combate cuando advierte que equivocaron sus derroteros.

Se podría decir que sus discursos humanistas son “hablados”, que siempre está haciendo algo de docencia y que sabe dejar que su interlocutor pregunte lo que sea, para luego -con tiempo- generar una respuesta que cierra la interrogante de punta a punta. El arte de “hablar bien” se aprende y no tiene límites. En el caso del presidente Lacalle Pou, si se observa su peripecia dialéctica se advertirá que está en el máximo de su potencial narrativo cuando alcanza la presidencia.

La semiótica lacallesca también es moderna. La edad, el cuerpo joven y deportivo, parecen asuntos frívolos. No lo son. Esa edad (46 años) asegura que puede dedicar una carga horaria que otros adultos mayores jamás podrían asignarle por un tema de resistencia física. (El gobierno saliente fue en extremo mayor en sus tramos etarios y era palpable que esa generación ya no sintonizaba con los más jóvenes). No es menor semejante asunto en países como los nuestros donde los presidentes tienen que dialogar con la directora del FMI y pasar luego a inaugurar una escuela en la otra punta rural del país. Se requiere resistencia y fortaleza física para estar más de catorce horas entregado de cuerpo entero a semejante tarea.

Los que conocen al presidente Lacalle Pou sostienen que es la clase de político que busca superarse día a día, es de los individuos que oyen a los que estudian o conocen de diversos asuntos de la vida del país, y es de las personas que no tiene empacho en ir a tocarle el timbre a un comunista o a un conservador si siente que tiene algo para aportar en ese momento. La propia búsqueda de su vice presidenta fue un acierto al encontrar una mujer seria, lúcida y comprometida para cerrar una fórmula que resultó imbatible.

El hecho de que además Lacalle Pou sea un deportista, que haya tenido un pasado con aciertos y dolores varios en épocas juveniles, asegura que en su madurez está en su punto ideal para timonear la vida de la nación. Si todo le hubiera salido perfecto en la vida daría para preocuparse, pero todo aquel que sorteó tormentas y tempestades y pudo regresar, retorna siempre más sabio.

Es cierto: no parece ser un presidente que se recueste a pleno en sus elencos, aún no lo puede hacer hasta tenerlos operando y ver quien rinde más o menos. Parece ser más el perfil del presidente “hombre-orquesta” que desea estar en todo lo que es relevante y eso permite intuir que se relacionará son sus cuadros de gobierno en base a transversalidad y sorteando protocolos poco funcionales. Lacalle Pou posee un estilo de “ministro al litem” y es probable que su teléfono quede sin batería a media jornada. Los buenos ministros no correrán riesgos, los que no asuman con vigor sus tareas estarán comprometidos. Parece ser un presidente que exige lo que él mismo entrega.

¿Lacalle Pou viene a revolucionar la política uruguaya? No lo dice pero lo piensa. Trabajará sin prejuicios y es mucho más abierto de lo que la mirada fugaz y prejuiciosa de algunos advierte. Los que pretendan ubicarlo como conservador se equivocarán. Eso sí: ejercerá la autoridad del Estado de derecho y ese reclamo en una sociedad que venía siendo tomada por la anomia resulta un dato positivo.

El Uruguay aún no conoce al nuevo presidente que comenzará a regir sus destinos en pocos días. Es un obsesivo del trabajo metódico, sistemático en metodologías y reclamante de compromiso firme adentro de sus filas (ahora el gobierno). Tiene manejo de poder sólido y apuesta en grande. Al que se desvíe lo erradicará de sus filas. No viene jugar al hedonismo con el poder y quiere que su mandato sea un antes y un después en la vida de la nación.

El Uruguay se encuentra con un presidente que está peleando con la realidad, con la historia y con su propio destino, y que tiene adelante una izquierda herida que cada día que pase estará mirando el VAR para ver si encuentra la falta para ir a reclamar por ello.

Por alguna misteriosa razón el Uruguay produce líderes de alta calidad política que luego son referencia política en buena parte del resto de la región.