Diario de la peste 6: La salvación pende de la pequeña fisura

Día a día, el gran escritor portugués y maestro del texto breve busca poesía en el sombrío mar de la cuarentena. Infobae reproducirá sus columnas, que son originalmente publicadas por Expresso y que, traducidas por Paula Abramo, tomarán forma de libro en Interzona

Un turista con una máscara protectora como medida preventiva contra el coronavirus camina por la calle Augusta en el centro de Lisboa, Portugal, el 20 de marzo de 2020. REUTERS/Rafael Marchante
Un turista con una máscara protectora como medida preventiva contra el coronavirus camina por la calle Augusta en el centro de Lisboa, Portugal, el 20 de marzo de 2020. REUTERS/Rafael Marchante

28 de marzo de 2020

“La salvación pende de la pequeña fisura en la catástrofe continua”, escribió Walter Benjamin.

Es necesario salvar en los pequeños intervalos, en las pausas.

Cuando el diablo se distrae por un segundo, ahí hay una fisura.

Y ahí entra la salvación.

España.

Día 26 de marzo: "en la planta número 4, en la habitación 429 del Hospital del Mar".

Un video.

En el Hospital del Mar, una enfermera toma su propio celular y le hace una llamada al hijo de un enfermo.

4º Piso, cuarto 429.

Hace una videollamada, toma el celular, lo dirige hacia el rostro del enfermo.

“Respira bien, sí, sin la máquina”, le dice ella al hijo del enfermo que está en la cama.

Y repite, sonriendo: "¿No ve? ¿No ve?"

Quiere mostrarle que su padre no está tan enfermo, que ha mejorado.

Repite: respira sin la máquina, ¡sólo tiene la mascarilla!

Habla como si le anunciara a un padre que acaba de nacer su hijo.

Pero no.

Le está anunciando a un hijo que su padre aún está vivo.

El enfermo levanta la mano y la lleva hacia la imagen de su hijo.

La enfermera acerca el celular.

La mano queda a unos centímetros de la pantalla.

Tocar el rostro de un hijo en la pantalla es en estos días tocar el rostro de un hijo.

¡Hola! Yo soy Susana, le dice la enfermera con un tono feliz al hijo que está del otro lado de la pantalla.

Es necesario infiltrar en las fisuras la alegría.

Como si la alegría fuera un material médico.

Casi un material de salvación.

Ciertos enfermeros usan ese material.

Qué bueno, José, dice la enfermera. Viste a tu hijo.

El que lo filma todo es un compañero de cuarto del enfermo José.

El que lo filmaba, otro enfermo, termina la grabación diciendo, con voz cansada, la frase:

"Mucha felicidad para todos".

Una persona que está enferma habla de la felicidad de los otros.

Una persona que está enferma logra cambiar de tema.

El tema no soy yo, dice —desde una cama de hospital— la persona que les desea felicidad a los otros.

Hay fisuras evidentes y hasta hermosas en la catástrofe continua.

Benjamin habla de una investigación necesaria. Comprender si los extremos de la salvación tienen o no dos nombres: demasiado pronto y demasiado tarde.

Escribo.

La salvación es lo que está a la mitad entre el demasiado pronto y el demasiado tarde.

La salvación sólo existe como efecto de una absoluta puntería en el tiempo.

Acertarle al tiempo como a una diana móvil que tiene dos límites exteriores: demasiado pronto / demasiado tarde.

Ya se ha visto que la peste no es una fisura, no es nada que se remiende fácilmente.

La alegría no basta, pero es necesaria.

Una alegría que salvara, que fuera una máquina para hacer respirar a quien empieza a no poder respirar.

Una máquina no puede dar alegría.

O tal vez sí, pero no de manera directa.

Una máquina cuya función fuera instalar en la fisura de la enfermedad una alegría elevada o por lo menos mínima.

Mandar a hacer máquinas que no existen en fábricas que todavía no existen.

Leo La Repubblica y me estremezco.

Digo en voz alta la frase.

Repetir en voz alta una frase hasta que se disuelva en el aire, como si no hubiera existido.

Repetir 100 veces una frase para que desaparezca.

Como si el uso repetido fuera una forma de destruir las frases y las cosas.

En La Repubblica dicen que en Lombardía ya no hay abuelos.

Esta es la frase.

Es necesario repetirla hasta que desaparezca en el aire.

Ocultarla debajo del suelo o entonces repetirla hasta que desaparezca en el aire.

En La Repubblica dicen que en Lombardía ya no hay abuelos.


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