
En una era en la que las sociedades parecen avanzar hacia una vida cada vez más digital, individual y acelerada, hay un ritual que cada agosto detiene el ritmo del sur de Ecuador. Durante cuatro días, las carreteras que unen la parroquia de El Cisne con la ciudad de Loja dejan de ser únicamente vías de tránsito para convertirse en un inmenso corredor de fe. Allí no importa la profesión, el nivel económico ni el lugar de residencia. Miles de personas caminan los mismos 75 kilómetros bajo el sol, el frío o la lluvia siguiendo una imagen de madera tallada hace más de cuatro siglos.
Algunos lo hacen para agradecer un favor recibido; otros, para pedir salud, trabajo o protección. Muchos simplemente continúan una tradición familiar. Lo extraordinario no es solo la magnitud de la romería de la Virgen de El Cisne, considerada una de las más importantes de América Latina, sino que su convocatoria permanece intacta en un siglo que parecía destinado a debilitar las grandes expresiones colectivas de religiosidad.
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Cada año, cuando la imagen abandona la basílica de El Cisne rumbo a Loja, el paisaje cambia de manera radical. A un lado del camino aparecen puestos improvisados donde vecinos ofrecen agua, café o alimentos gratuitos; al otro, familias enteras descansan unas horas antes de retomar la marcha. Hay jóvenes que realizan el recorrido por primera vez y adultos mayores que aseguran haber acompañado a la Virgen durante décadas. También están quienes regresan desde Estados Unidos, España o Italia solo para cumplir una promesa hecha años atrás. La peregrinación no distingue edades ni condiciones sociales. En el camino, todos avanzan al mismo ritmo.
La Hacienda La Bendita, propiedad de la familia Maldonado, representa la primera y actualmente única estación formal del recorrido desde el Santuario de El Cisne. La imagen parte alrededor de las 06:00 y llega cerca de las 10:00, tras avanzar unos 15 kilómetros por carretera, sin contar antiguos caminos alternos anteriores incluso a la organización republicana del país.
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Allí, unos 60.000 peregrinos realizan el primer descanso colectivo, participan en una eucaristía campal y reciben hidratación, alimentos y asistencia de los organismos de socorro antes de continuar hacia San Pedro de la Bendita. La tradición de acoger a romeriantes y custodios se remonta a las primeras décadas del siglo XX, en medio de las tensiones religiosas abiertas por la Revolución Liberal y moderadas posteriormente durante la Revolución Juliana. Desde entonces, la propiedad privada se transforma cada agosto en un espacio de culto y hospitalidad. La familia Maldonado, acompañada actualmente por las familias Hidalgo, Torres y Andrade, abre la hacienda y brinda alimentos a custodios, policías, socorristas, religiosos y organizadores. La concurrencia aumenta durante los siguientes tramos hasta superar, según las estimaciones, el medio millón de caminantes y devotos.
Esa capacidad para reunir a personas muy distintas explica buena parte del interés que la romería despierta entre antropólogos y sociólogos de la religión. Rebasando la devoción católica, el recorrido funciona como un ritual colectivo que produce un fuerte sentido de pertenencia.
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El sociólogo francés Émile Durkheim sostenía que las ceremonias religiosas no solo expresan la fe de una comunidad, sino que la crean y la renuevan. En esos momentos excepcionales, a los que llamó “efervescencia colectiva”, los individuos experimentan la sensación de formar parte de algo mucho más grande que ellos mismos. Basta observar el ingreso de la Virgen a Loja para comprender esa idea: miles de personas cantan, lloran o levantan pañuelos blancos al paso de la imagen, compartiendo emociones que difícilmente experimentarían en soledad.
Décadas después, el antropólogo británico Victor Turner describió otro fenómeno característico de las peregrinaciones: la communitas, un estado temporal en el que las jerarquías habituales se diluyen y los participantes establecen relaciones marcadas por la solidaridad y la igualdad.
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La romería de El Cisne reproduce ese patrón con notable claridad. Durante el trayecto desaparecen, al menos simbólicamente, muchas de las diferencias que organizan la vida cotidiana. Profesionales, campesinos, comerciantes, estudiantes, autoridades y migrantes descansan en los mismos espacios, reciben asistencia de los mismos voluntarios y comparten el mismo esfuerzo físico para alcanzar un destino común.
Ese componente comunitario ayuda a explicar por qué la tradición ha sobrevivido incluso cuando las estadísticas muestran cambios en la práctica religiosa de buena parte de América Latina. La peregrinación no depende exclusivamente de la asistencia a misa ni de una vivencia estrictamente doctrinal del catolicismo. Para numerosos participantes representa una forma de mantener vínculos familiares, reafirmar la identidad regional o recordar a quienes ya no están. Muchas promesas se heredan.
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Hay hijos que continúan caminando porque sus padres lo hicieron durante décadas; nietos que repiten el recorrido iniciado por sus abuelos; familias que convierten la caminata en un encuentro anual. La fe se transmite, pero también la memoria.
La historia misma de la Virgen contribuye a reforzar esa dimensión simbólica. Según la tradición católica, la devoción nació en 1594, cuando una severa sequía amenazaba con obligar a las comunidades indígenas asentadas en Chayalama, hoy El Cisne, a abandonar el lugar. Una aparición mariana les habría pedido permanecer allí y levantar una imagen en su honor.

Aunque ese episodio pertenece al ámbito de la fe y no puede verificarse históricamente, la Iglesia sí documenta la consolidación del santuario desde finales del siglo XVI. La talla fue realizada por Diego de Robles, uno de los escultores más importantes de la Escuela Quiteña, y con el tiempo se convirtió en uno de los principales símbolos religiosos del país.
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Para los estudios sobre religiosidad popular, el relato fundacional posee un significado que trasciende la veracidad histórica de la aparición. Las comunidades suelen construir su identidad alrededor de historias compartidas que explican cómo enfrentaron momentos de crisis. En este caso, la sequía dejó de ser únicamente un desastre natural para transformarse en el origen de una promesa de protección colectiva. Cuatro siglos después, esa narrativa continúa dando sentido a la peregrinación.

La romería también revela otro fenómeno característico del Ecuador contemporáneo: la migración. Miles de ecuatorianos residentes en el exterior programan sus vacaciones para coincidir con las fiestas de agosto. Otros reproducen la devoción lejos del país. En ciudades españolas como Lorca o Villena, donde existe una importante comunidad lojana, la Virgen de El Cisne también sale en procesión. La imagen viajó con los migrantes y terminó convirtiéndose en un puente entre quienes partieron y el territorio que dejaron atrás. En ese contexto, caminar junto a la Virgen no solo representa un acto religioso, sino también una forma de volver, aunque sea por unos días, a un lugar que sigue definiendo la identidad de quienes viven lejos.
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La dimensión económica constituye otra de las razones por las que la romería mantiene una enorme relevancia regional. Durante agosto, hoteles, restaurantes, transportistas, pequeños comerciantes y artesanos reciben a miles de visitantes. La tradicional feria de Loja, vinculada históricamente a la festividad desde el siglo XIX, amplifica ese movimiento y convierte a la celebración religiosa en uno de los acontecimientos que más dinamizan la economía del sur ecuatoriano.
La edición de 2026 volvió a demostrar esa capacidad de movilización. Entre el 17 y el 20 de agosto, miles de peregrinos recorrieron el trayecto entre El Cisne, San Pedro de la Bendita, Catamayo y Loja bajo un amplio operativo de seguridad y asistencia desplegado por las autoridades.
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Como ocurre cada año, la caminata terminó cuando la imagen ingresó a Loja, donde permanecerá hasta noviembre antes de regresar a su santuario.
En una época marcada por el aislamiento digital, las identidades fragmentadas y la movilidad permanente, la romería de El Cisne demuestra que todavía existen rituales capaces de reunir a miles de personas alrededor de una experiencia compartida. Es una forma de recordar que las comunidades también se construyen caminando juntas.
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