San José, 10 ago (EFE).- El nicaragüense Enrique Mojica lleva veintidós años pagando una promesa a Santo Domingo de Guzmán, en Managua. Durante ese tiempo ha caminado de rodillas, se ha cubierto completamente de aceite negro y ha asumido distintos personajes dentro de una tradición que, para él, nació de una petición por la salud de su familia.
Sus padres y un hermano han enfrentado problemas de salud que lo llevaron a pedir la intercesión del santo, considerado muy milagroso por los capitalinos.
La sanación que, según asegura, recibió su familia convirtió aquella petición en un compromiso que ha renovado durante más de dos décadas, explica a EFE.
Este año Mojica volvió a las calles de Managua vestido de "Cacique tradicional" para acompañar a “Minguito”, como es conocido cariñosamente el santo, en su recorrido de regreso a Las Sierritas, en el sur de la capital.
La promesa de este feligrés no es solo una expresión de fe. Es también una historia familiar que se ha construido durante años alrededor de la festividad, una de las manifestaciones religiosas y populares más concurridas de Nicaragua.
A su lado, otros promeseros cumplen sus propios compromisos con el santo. Kenneth Castaño, de veinte años, cuenta que todos los años participa llevando y trayendo la imagen como parte de la promesa que hizo después de recibir, según relata, un milagro.
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“Un milagro que me hizo decidí pagarlo con promesa, llenándome de aceite negro. Que siempre tenga a mi hija y familia con salud. Eso es lo que le pido a Santo Domingo”, comenta a EFE.
Castaño asegura que durante años consideró suficiente acompañar al santo en sus recorridos de ida y vuelta, pero esta vez decidió asumir una forma más exigente de pagar su promesa.
“Todos los años lo llevo y lo traigo y este año decidí llenarme de aceite negro porque solo llevarlo y traerlo no era suficiente”, cuenta.
Sus palabras se pierden por momentos entre la música, los gritos de los promeseros y el movimiento de cientos de personas que se concentran alrededor de la iglesia de Santo Domingo para despedirlo.
La pequeña imagen de “Minguito” es llevada en hombros mientras los devotos se turnan para bailarla al ritmo de los filarmónicos. A su paso, la multitud se agolpa en las calles, algunos para acompañar la procesión y otros para observar los personajes que forman parte de esta particular celebración.
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Hay quienes caminan descalzos, otros avanzan vestidos de caciques, chinegros o diablitos, mientras algunos promeseros cubren su cuerpo con aceite negro o utilizan distintos elementos para cumplir las promesas hechas al santo.
La imagen, de apenas unos centímetros, contrasta con la magnitud de la peregrinación. Durante horas, las calles se convierten en un corredor de música, sudor, devoción y color, mientras los fieles acompañan el trayecto de diez kilómetros hasta Las Sierritas.
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La llamada “subida” marca el cierre de los diez días de celebración en Managua que comenzaron el 1 de agosto con la tradicional “bajada” de Santo Domingo desde su parroquia en Las Sierritas.
La festividad combina expresiones propias del catolicismo con manifestaciones populares que se han transmitido entre generaciones. Para muchos promeseros, sin embargo, el sentido de cada personaje y de cada sacrificio es íntimo: detrás del aceite, los bailes y los disfraces hay una petición cumplida, una enfermedad superada o un familiar por quien agradecer.
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La tradición de Santo Domingo de Guzmán en Managua se remonta a 1885, cuando, según la historia popular, su imagen fue encontrada en el tronco de un árbol por el leñador Vicente Aburto.
Aunque Santiago Apóstol es el patrono oficial de Managua, Santo Domingo se convirtió con los años en una de las figuras religiosas más queridas por los capitalinos.
Cada 1 y 10 de agosto, miles de personas vuelven a las calles para acompañarlo. Algunos lo hacen por tradición, otros por cultura o curiosidad, pero para los promeseros como Mojica y Castaño el recorrido tiene un significado distinto.
Son promesas que se pagan con el cuerpo, con el cansancio y con años de constancia. Promesas que, para quienes las hacen, no terminan cuando la música deja de sonar ni cuando la imagen vuelve a su parroquia. EFE
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