Mar Marín
Castillejos (Marruecos), 30 jul (EFE).- A sus 25 años, Fátima suma veinte intentos de llegar a nado desde Fnideq (Castillejos, norte de Marruecos) al enclave español de Ceuta. "No me importa el riesgo, volveré", dice. Como ella, cientos de jóvenes se lanzan al mar sin que la seguridad marroquí lo impida en la mayor crisis migratoria desde 2021, sobre la que Rabat mantiene un llamativo silencio.
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Grupos de jóvenes recorren el centro de Fnideq, fronterizo con Ceuta, a la espera de su oportunidad para adentrase en el mar. Casi todos llevan ropa ligera que no les impida nadar. Proceden de pueblos del interior y grandes ciudades, como Casablanca, Fez o Marrakech, distantes cientos de kilómetros.
Entran al mar de día, confundiéndose con bañistas en la playa del centro de Fnideq; de noche y, sobre todo, al amanecer, sin que los agentes de las fuerzas de seguridad marroquíes intenten impedirlo.
Algunos llevan neopreno, aletas, flotadores o cubiertas de camión para ayudarse en la travesía -unos tres kilómetros a nado en línea recta-. Otros se lanzan apenas en bañador y muchos ni siquiera saben nadar.
Llegan a Fnideq atraídos por las experiencias de amigos, los mensajes en redes sociales y en busca del "sueño europeo" visto desde un país con 5 millones de emigrantes -más del 13 % de la población- y una tasa de paro juvenil que ronda el 40 %.
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"Tengo amigas que viven en España, lo han conseguido y yo también quiero ir, aquí no hay futuro", asegura Fátima tras su último intento de alcanzar Ceuta, con la ropa todavía mojada.
"Estuve en el agua seis horas, cuando llegaba a Ceuta, la guardia costera española nos rodeó y la Marina Real marroquí nos detuvo y nos devolvió. Esta noche lo intentaré otra vez", dice junto a más de una docena de jóvenes, algunos menores, que han corrido esta madrugada la misma suerte.
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En los últimos días, más de mil jóvenes han entrado en Ceuta y colapsado los servicios de acogida de la ciudad, desbordada por esta inesperada crisis migratoria.
Jóvenes como Nabil, de 20 años, procedente de Kenitra, cerca de Rabat, que intenta llegar a nado a Ceuta tras fracasar en el salto de la valla fronteriza.
Nabil intentó cruzar de madrugada ayudado con una botella de agua de litro y medio llena de aire, pero con los primeros síntomas de asfixia, regresó.
Avanza la madrugada y el llanto de un niño de unos 10 años llama la atención de los curiosos. Su hermano, de 16, acaba de lanzarse al agua. Abdul es su padre. Reconoce que la familia le ha traído para que llegue a Ceuta.
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"Es muy duro, muy triste, pero no hay otra salida", dice mientras consuela al hermano pequeño. Su hijo ha intentado hasta tres veces llegar al enclave español. Hoy, confía en que lo conseguirá.
Esperando en la playa está Hanna. Vino con su hijo desde Casablanca en tren hasta Tánger. En el taxi que les trasladó a Fnideq conoció a otros jóvenes y se metieron juntos al mar.
"Tengo una enfermedad de corazón y me tiene que ayudar", confiesa Hanna con la mirada baja y el móvil en la mano por si llama su hijo con buenas noticias.
Aicha lanza un grito ahogado cuando su hijo y dos sobrinos saltan una pequeña valla protectora y se lanzan en un extremo de la playa. Los tres son menores.
"No sabía que iban a hacerlo", asegura. Mientras habla con EFE, un grupo de curiosos y jóvenes se acerca. ¿Por qué se juegan la vida? "Porque aquí no hay futuro", responde la mujer.
"No hay trabajo, no hay futuro, no hay derechos, como sanidad, educación. Mejor intentarlo todo. No hay espacio para los jóvenes", lanzan casi a coro los chicos que esperan para probar suerte.
Yassin tiene 32 años y trabaja cerca de Rabat con un sueldo "que no da para vivir tres días", lamenta. "Nosotros también queremos vivir un poco. ¿A dónde vamos a ir al médico si nos enfermamos? ¿Con qué pagamos el tratamiento? Se están riendo de nosotros".
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Las redes sociales juegan un papel determinante en esta crisis. Las imágenes de jóvenes haciendo el signo de victoria tras llegar a Ceuta han corrido como la pólvora. Todos quieren emular a quienes lo han conseguido. La presencia de la Policía y de las Fuerzas Auxiliares (operan como una fuerza de apoyo a la policía) no les disuade, ni siquiera la posibilidad de ahogarse.
Tampoco los llamamientos de organizaciones civiles para frenar este éxodo son suficientes. Muchos se lanzan porque tienen contactos en España, otros porque piensan que tras la reciente decisión del Supremo español de prohibir las devoluciones en caliente de migrantes que lleguen a nado, será muy fácil quedarse.
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Aunque para organismos como la Instancia Democrática Marroquí de Derechos Humanos (izquierda), la situación es fruto de "políticas públicas injustas que han profundizado las desigualdades sociales".
Un argumento que comparte Yousef, nombre fictio de un marroquí residente en Francia que visita a su familia. "Un país no puede olvidarse de los jóvenes. ¿Qué futuro tienen aquí? Ven a sus amigos que trabajan en España, en Francia. Allí, son ciudadanos con derechos".
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La elocuencia de los jóvenes contrasta con el silencio oficial que guarda Marruecos sobre la mayor crisis migratoria desde 2001, cuando más de 10.000 personas ingresaron en Ceuta en un contexto de tensión diplomática entre Madrid y Rabat.
Ni el Ministerio el Interior marroquí ni otras instituciones oficiales a las que ha preguntado EFE se han pronunciado sobre esta crisis.
Tampoco el rey Mohamed VI se refirió al tema en su discurso por el 27 aniversario de su entronización, en la noche del miércoles. Este jueves, presidirá en la vecina localidad de M'diq (Rincón), unos 20 kilómetros al sur de Fnideq, una ceremonia que simboliza una de las más antiguas tradiciones en la relación del monarca con sus súbditos.
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Ajena a todo esto, Maryam recoge en la playa los restos de una vida que los jóvenes quieren dejar atrás. Zapatillas, camisetas, pantalones abandonados en la arena o devueltos por el mar. Nada se pierde.
"Me busco la vida", dice mientras hace un hatillo con lo que encuentra abandonado en la playa para luego venderlo. "No sé si está bien, pero la vida sigue". EFE
(Foto) (Vídeo)
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