São Paulo, 28 may (EFE).- El Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV), clasificados este jueves como organizaciones terroristas por Estados Unidos, son las dos mayores bandas narcotraficantes de Brasil, con ramificaciones en varios países de Suramérica.
Estas son las claves de los dos principales actores del crimen organizado en Brasil:
El PCC se fundó en 1993 en una cárcel de São Paulo. Nació como una suerte de sindicato para proteger a sus miembros en el degradante sistema penitenciario brasileño. Publicó hasta un estatuto con sus normas y estableció una férrea jerarquía.
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Hoy, es una de las bandas más poderosas de Suramérica, con tentáculos en prácticamente toda la región, sobre todo en Paraguay y Bolivia.
Este mismo miércoles, Bolivia extraditó a Brasil a uno de los cabecillas de la banda en el país, Gerson Palermo, acusado de traficar cocaína hacia su país de origen.
Según las investigaciones de la Fiscalía brasileña, el más alto órgano de decisión del PCC recibe el nombre de Sintonía Final, una especie de consejo de sabios.
Su máximo líder es Marcos Willians Herbas Camacho, conocido como Marcola, actualmente preso en una cárcel de máxima seguridad. Se estima que tiene entre 30.000 y 40.000 miembros solo en Brasil.
Comando Vermelho nació en Río de Janeiro, también dentro del sistema penitenciario, pero es más antiguo y menos organizado que PCC, según un informe del Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea).
Su origen se remonta a los 70, en plena dictadura militar (1964-1985), a partir de una antigua facción llamada 'Falange Vermelha', dedicada entonces a luchar contra las torturas y los malos tratos en la cárcel.
Con los años evolucionó a una estructura criminal que controla barrios enteros de Río, con presencia en buena parte del país y creciente actuación en la Amazonía y en el noreste de Brasil.
Buena parte de la cantera de estas dos bandas sale de las cárceles y de las zonas más pobres de la sociedad. Brasil mantiene en celdas a 727.301 personas, según datos oficiales, pero solo tiene capacidad para alrededor de medio millón.
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En condiciones tan precarias, los nuevos presos se unen a estas bandas en busca de protección dentro de los presidios. Así, es común en las cárceles brasileñas tener pabellones específicos para los reclusos de cada facción.
Además, muchos de los jefes de PCC y CV ya están en la cárcel, pero continúan dando órdenes desde dentro a través de abogados, familiares u otras vías.
En los últimos años, las bandas de narcotraficantes se han infiltrado en la política, regando dinero entre alcaldes, diputados regionales y otras autoridades, para comprar su protección.
De forma paralela, el PCC y el CV han diversificado sus negocios creando empresas de fachada para lavar dinero y para multiplicar sus fuentes de ingresos.
El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, se ha referido a estas bandas como "multinacionales" del crimen.
Las últimas operaciones policiales han destapado que el PCC se ha infiltrado en empresas de transporte municipal, moteles, puestos de gasolina, así como en el mercado inmobiliario y hasta en compañías tecnofinancieras con domicilio fiscal en la Faria Lima, el corazón de los negocios de São Paulo.
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Incluso, recientemente se desarticuló una red de blanqueo de capitales del PCC a través de tiendas de peluches.
El CV tiene una estrategia criminal diferente, más centrada en ejercer dominio territorial y a partir de ahí explotarlo mediante la extorsión a comerciantes o el monopolio de servicios básicos, como gas, internet, transporte o televisión por cable.EFE
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