
La jornada estuvo marcada por historias personales de fe transmitidas a lo largo de generaciones. Personas procedentes de distintas localidades, como Alcalá de Henares y Parla, se encontraban en la fila desde primeras horas, compartiendo el significado individual y familiar que tiene para ellas el besapiés del Cristo de Medinaceli. Una mujer relató a Europa Press que mantiene esta costumbre desde la adolescencia, primero acompañada de su madre y en la actualidad junto a su hija, asegurando que muchos de sus deseos se han cumplido. Otras asistentes, como una vecina de Parla, insistieron en la importancia de no faltar nunca a la cita anual, reforzando la continuidad de la tradición. Así, la noticia principal recae en la masiva presencia de miles de personas que, pese a la lluvia y las largas esperas, acudieron al barrio de Las Letras y a la Plaza de Jesús para besar los pies de la venerada imagen y formular tres deseos, una práctica que sigue movilizando tanto a devotos anónimos como a autoridades cada primer viernes de marzo.
Según informó Europa Press, el evento volvió a reunir a una multitud desde antes de la medianoche. La Basílica de Jesús de Medinaceli abrió sus puertas durante toda la jornada, permitiendo el acceso continuo de fieles que se alineaban en las calles aledañas, avanzando poco a poco hacia el altar donde se encuentra la imagen nazarena. La tradición establece que los asistentes pueden pedir tres deseos, asociados a menudo al gesto de ofrecer tres monedas iguales; la creencia popular sostiene que sólo uno de ellos se hará realidad. Pese al mal tiempo, la asistencia se mantuvo elevada, siguiendo lo que, según Europa Press, constituye una de las manifestaciones de fe más relevantes y antiguas de la capital.
El medio detalló que la imagen protagonista de la celebración es un Cristo nazareno del siglo XVII, de 1,73 metros de altura, tallado originalmente en Sevilla y perteneciente a la iconografía conocida como “Cristos de la Sentencia”. La talla llegó a Madrid en 1682 y, ese mismo año, encabezó una procesión descrita por las crónicas de la época como un acontecimiento que reunió a “todo Madrid”, abarcando desde la población general hasta la nobleza y la Casa Real. Desde esa fecha, el primer viernes de marzo mueve a miles de fieles hacia la basílica, consolidando la reputación urbana de la romería y manteniendo su capacidad de convocatoria.
Europa Press reportó que la ceremonia no sólo involucra a ciudadanos particulares, sino que también cuenta con la habitual presencia de representantes institucionales y miembros de la Familia Real. En esta edición participó Su Majestad la Reina Doña Sofía, junto al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. La basílica, que alberga la imagen en un camarín situado sobre el retablo del altar mayor, ocupa el lugar del antiguo convento de los trinitarios descalzos de Nuestra Señora de la Encarnación. Declarado basílica menor por el papa Pablo VI en 1973, el templo está bajo la administración de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos.
En sus declaraciones recogidas por Europa Press, el alcalde Martínez-Almeida remarcó el carácter madrileño de la festividad e indicó que, conforme a la tradición de formular tres deseos ante la imagen, solicitó paz, apoyo para las personas vulnerables y empleo. “Es un día especial, uno de esos días bonitos, a pesar del tiempo que no acompaña demasiado. Pero eso no quiere decir que el fervor de los madrileños no sea como el de todos los años para venir a ver al Señor de Madrid”, expresó el regidor. Explicó que sus deseos reflejan las preocupaciones sociales actuales, haciendo referencia a la necesidad de paz ante la situación global, la atención a quienes se encuentran en dificultades y la importancia de que todos puedan acceder a un trabajo.
El acto de acercarse a la imagen y besar o tocar sus pies mantiene elementos rituales que se han transmitido con escasas variaciones durante siglos. Europa Press relató que la costumbre de ofrecer monedas, habitualmente tres, refleja la voluntad de los asistentes de vincular su deseo con un gesto tangible, manteniendo vivas historias de promesas cumplidas que siguen motivando a muchas familias a regresar año tras año.
La resistencia de la multitud ante la inclemencia del clima subrayó la fortaleza de la creencia de quienes participan en el besapiés, según consignó Europa Press. Incluso el avance lento de la fila no desanimó a quienes aguardaban pacientemente su turno, reforzando la percepción de la jornada como un punto de reunión colectiva cuyo significado supera los límites individuales. Entre los participantes se encontraban visitantes de distintos barrios, reflejando la trascendencia regional de la tradición, así como la diversidad de motivaciones personales para mantenerla viva.
El evento se caracteriza además por su organización ininterrumpida, ya que la basílica permanece abierta toda la jornada para atender el flujo de asistentes. A pesar de que cada edición presenta particularidades propias por condiciones climatológicas o asistencia, el esquema general se mantiene: largas filas, manifestaciones de fe, historias de promesas, presencia de autoridades y protagonismo del Cristo de Medinaceli, cuya fama milagrosa se remonta a más de tres siglos.
Europa Press puntualizó el valor histórico y simbólico del templo y de la imagen que custodia. Desde su llegada a Madrid, el Cristo de Medinaceli forma parte del imaginario colectivo de la ciudad, consolidándose como uno de los referentes espirituales más reconocidos por la población. Las crónicas históricas y el mantenimiento de las costumbres refuerzan el papel del evento en el calendario ciudadano, involucrando tanto a sectores populares como a figuras públicas y religiosas.
El acto continúa atrayendo una combinación de devoción privada y representación institucional, elementos que, como informó Europa Press, dotan al besapiés del Cristo de Medinaceli de una singularidad y una persistencia entre las tradiciones religiosas urbanas de España.
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