Hernán Bahos Ruiz
Redacción Deportes, 27 nov (EFE).- El de 1981 no fue precisamente un año de paz y amor en el mundo.
Ni en la política, ni en el ámbito religioso, pues el 30 de marzo el presidente estadounidense Ronald Reagan y otras tres personas resultaron heridas frente a un hotel en Washington, y el 13 de mayo el papa Juan Pablo II resultó gravemente herido a tiros en el abdomen y los brazos en la Plaza de San Pedro.
El 21 de noviembre el presidente argentino de facto y general Roberto Eduardo Viola delegó temporalmente el cargo alegando motivos de salud. Este suceso reflejó la inestabilidad interna de la Junta Militar y fue un preludio al Golpe de Estado que, semanas después, llevaría al poder al general Leopoldo Galtieri.
Y 2 días después la convulsión llegó al mundo del deporte.
Montevideo fue designado como sede del tercer partido por el título de la Copa Libertadores entre Flamengo y Cobreloa.
El equipo chileno venía de derrotar al Fla por 1-0 en el estadio Nacional de Santiago de Chile y así neutralizaba la victoria de la formación brasileña por 2-1 en el Maracaná.
Más que partidos, ambos equipos venían de librar batallas y el encuentro de desempate no pintaba diferente. Bastaba repasar las apariciones del defensor chileno Mario Soto, cuya misión parecía ser la de pegarle a los rivales rojinegros que se cruzaran en su camino.
Que lo diga el extremo Antonio Nunes 'Lico', que no pudo jugar por lesión el partido de desempate. O el punta Adilio, que terminó el choque de vuelta en Santiago con el rostro ensangrentado.
"Él jugó con una piedra en la mano y le dio pedradas a varios jugadores de nuestro equipo", afirmó el diez Artur Antunes Coimbra 'Zico' al denunciar la conducta de Soto, el capitán de Cobreloa.
Los rivales que sufrieron a Soto aseguraron que su animadversión hacia los brasileños nació de la mala experiencia que tuvo en el corto tiempo que pasó en Palmeiras, a donde llegó en 1997 con la fama de haber sido caudillo y figura de Unión Española.
El equipo carioca debutaba ese año en la Libertadores con un fútbol que llenaba los ojos, y los Zorros del Desierto, menos preocupados con el brillo, querían el título a toda costa.
Ese 23 de noviembre, la violencia también campeó en el estadio Centenario hasta el punto de que 5 jugadores resultaron expulsados: dos brasileños y tres chilenos.
Los Zorros del Desierto fueron castigados con un doblete de Zico.
Sobre el final, el entrenador Paulo César Carpegiani mandó a la cancha al ariete Anselmo con un solo objetivo: "Vaya y rómpale la cara a Soto".
Y el jugador, que a los 22 años soñaba destacarse por sus goles, hizo una excepción y cumplió a rajatabla la orden de Carpegiani.
Esa roja a los 90 minutos no dolió tanto porque la misión fue cumplida. El desenlace de la Copa Libertadores de 1981, "fue la victoria del fútbol sobre la violencia", declaró Zico. EFE
(foto)
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