Juan Manuel Sánchez
Berlín, 6 jul (EFE).- El 29 de mayo de 1453, ya en el otoño de la Edad Media, el Imperio Otomano extinguió el último vestigio de cultura grecolatina que sobrevivía en el mundo. La caída de Constantinopla, acaudillada por el implacable Mehmed II 'El Conquistador', puso fin a la civilización bizantina y aventuró un tiempo nuevo.
Casi seis siglos más tarde, pero con el mismo ímpetu arrebatador y despiadado de entonces, sus descendientes turcos trataron de repetir invasión, esta vez con Berlín escenario, y recrear en la capital germana la gesta, pero en materia futbolística.
Enfurecidos por los acontecimientos desencadenados tras la polémica celebración del héroe de octavos, Merih Demiral, los hinchas de la nación de la luna y la estrella quisieron trasladar la épica y la pasión de su gran hito a los jugadores de Vincenzo Montella, un italiano ejerciendo de sultán otomano, y disecar al tulipán.
La sonora pitada con que su armada de hinchas acompañó la presentación del once elegido por Koeman fue el primer embiste para marchitarlo. En contraste, la atronadora ovación con que recibieron a sus gladiadores.
En frente aguardaban los herederos del icónico recuerdo, aunque últimamente profanado por los propios jugadores neerlandeses, de un clásico del fútbol, la 'Naranja Mecánica', con otra muchedumbre, aunque en clara minoría, de fervorosos incondicionales para alentar a la 'Oranje'.
Con ese estruendoso terremoto de fondo, el Estadio Olímpico se convertía en un volcán que podía entrar en erupción en cualquier momento. Y las bengalas que afloraron cuando sonó el himno de Turquía prendieron la mecha.
Nada más ponerse el balón en juego, los decibelios retumbaron en el vetusto coliseo olímpico, pero no en la mentalidad de Países Bajos. Los de Ronald Koeman, irregulares durante todo el torneo y cuya última visita a Berlín se había saldado con un gran retrato fotografiado por Austria, no se dejaron avasallar ante la abrumadora inferioridad que se vivía en las gradas, y Depay y Simons se encargaron de enviar los primeros avisos.
Instalados en campo contrario, tal y como predicaba el genio Johan Cruyff, daba la impresión de que eran los tulipanes los que querían protagonizar el asalto, obligando a sus ruidosos oponentes a refugiarse en la retaguardia.
Sin embargo, les faltó determinación para consumar la faena. La 'Oranje' movía el balón, lo monopolizaba por momentos, pero no hallaba el objetivo. Y los de Montella lo castigaron.
Pasada la media hora, los tulipanes les concedieron la insensata ocurrencia de atravesar la divisoria. Y activaron la bomba. Cada córner, cada pase en profundidad, cada disparo lejano era cantado como si de un gol se tratara. Fue el preludio del estallido que se avecinaba.
Un balón colgado desde la izquierda con precisión milimétrica por Arda Güler al rechace de un saque de esquina, fue embocado en portería tras un violento testarazo de Akaydin. Acto seguido, un seísmo sacudió el Estadio Olímpico. Una nueva nube emanada de las bengalas volvió a cubrir el césped y la marea roja encogió aún más a la naranja, que deseaba que llegara la tregua del descanso.
En la reanudación, el técnico neerlandés intentó contrarrestar la ofensiva turca soltando al campo a Weghorst, su más imponente soldado, al que, una vez más, relegó al papel de séptimo de caballería.
Con el gigante del Hoffenheim sobre el césped, nueva (aunque vieja) estrategia: balones al área para que la torre neerlandesa bombardeara la portería de Günok. Güler, con su certero fusil que calza en el pie izquierdo, casi la frustró desde el principio cuando su libre directo se estrelló en el palo.
Países Bajos se desesperaba. La 'Oranje' era incapaz de armar una acometida de verdadero peligro y, en cambio, veía como los osados turcos, bien pertrechados en su mitad de campo, les amenazaban la retaguardia con facilidad a cada pérdida de balón.
Hacía falta un mínimo resquicio para derribar la murulla otomana. Y, no sin sufrimiento, los neerlandeses lo encontraron. Un remate del estilete Weghorst repelido milagrosamente por Günok puso en aviso a Turquía. Y en el saque de esquina posterior, se materializó el indicio. De Vrij, con otro imperial cabezazo, colocaba las tablas en la contienda e insufló ánimo en su aletargada parroquia.Gakpo, hasta entonces inoperante en el duelo, tiró abajo del todo el fuerte de Montella instantes después.
El duro golpe dejó tocada a Turquía, que quemó todas sus naves en busca del milagro. Dos barullos en el área neerlandesa casi se tradujeron en la nueva igualada, con los tulipanes achicando agua y sacando balones bajo palos y Verbruggen erigiéndose como héroe final. Los de la luna y la estrella llevaron el asedio al límite. Pero resistió Países Bajos.
Koeman y sus legionarios consiguieron aquello que no pudo lograr Constantino XI en 1453 y se clasifican para unas semifinales en las que espera Inglaterra. Otra nueva guerra aguarda en el frente para regresar a Berlín el próximo domingo a la madre de todas las batallas europeas. EFE.
jms/car
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