En la primera página de "Cataratas" (Random House) ya están las pistas de lo que el lector encontrará después: un becario del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) con el nombre de un militante montonero asesinado en 1975 lava los platos gracias a las recomendaciones de Google Iris. En ese momento recuerda que tiene que preparar una valija para partir hacia un congreso en Misiones. Una sola cosa no va a ocurrir: él no será el protagonista principal.

Cataratas no lo tiene, como podría imaginar un desprevenido al leer esas primeras líneas. Marcos Osatinsky (de él se trata) es una más de las múltiples voces que tiene la novela. Uno más de los becarios que comenzarán esa aventura de un congreso de sociología, que es la excusa que tiene el escritor Hernán Vanoli para reflexionar sobre el sistema de investigación académica, el rol del Estado en la distribución de subsidios, la generación de conocimiento y el rol de los intelectuales.

Pero eso no es todo, porque Vanoli se trazó un plan ambicioso y salió bien parado de su propio desafío: "Cataratas" es una novela que, con sarcasmo y el ritmo de una road movie, permite pensar los primeros quince años del siglo XXI desde lo político, pero también acerca del lenguaje y por eso el texto también abre una reflexión sobre la utilización de las redes sociales. Lo hace con una distopía que abreva en los setenta a través de los nombres de los protagonistas, que pueden ser guerrilleros, sindicalistas o celebrities, como Cristina Lemercier y Adrián Martel. Lo nominal en Vanoli es determinante: el lugar en el que se reúnen los becarios se llama El Soberbio.

Cataratas toma la posta que trazaron Fogwill en "Los Pichiciegos", Carlos Gamerro con "Las islas" o Félix Bruzzone con "Los topos", y pide un lugar entre esos textos que generan un punto de inflexión en la literatura argentina contemporánea.

—Es así, cuando publique Pinamar vivía un poco más directamente del sistema educativo, ahora también vivo del sistema educativo pero de una manera un poco más lateral. Es verdad que cuando me presenté de esa manera ya estaba pensando en esta novela y ya estaba pensando en qué significa vivir del sistema educativo. En el caso de esta novela, es un poco más raro, porque los protagonistas son becarios de investigación en ciencias sociales en el Conicet y en realidad viven del sistema de investigación, pero también se podría pensar que nunca salieron del sistema educativo. Es una ruleta que sigue girando y están ahí.

—Es así, estuve más o menos cuatro años trabajando y cuando lo iba haciendo, muchas veces en diálogo con lo que fue mi experiencia personal como becario de investigación, lo pensaba como algo largo y ambicioso. Me parecía que entre los escritores de mi generación hay los que son muy buenos, había algún tipo de pereza, que uno lo podría pensar como falta de fe en lo que uno escribe y que no vale la pena hacer una novela larga, complicada, con muchas tramas y diferentes personajes. Quería hacer eso, además porque es una literatura que a mí me gusta mucho. Me gusta leer las novelas de Thomas Pynchon o [Kurt] Vonnegut, ese tipo de novelas con muchos personajes y donde pasan cosas mucho tiempo. Me pasa lo mismo con el cine. Cuando un escritor hace una cosa demasiado lentificada o más autorreferencial, o autorreflexiva, hay un punto en el que se está haciendo mimos frente al lector y a mí me interesaba más hacer una cosa un poco monstruosa, larga y entretenida.

—Totalmente. Creo que cuando uno trata de escribir algo, tiene que crear un molde y después romperlo cuando se pone a hacer lo que viene. Y en ese molde que uno trata de crear o de inventar, porque todos sabemos que siempre son citas y copias de cosas que ya existen, tiene que tratar de hacerse preguntas y eso lleva un tiempo. Hay veces que se publican cosas que son muy cortas o que no están del todo trabajadas. Hay veces que pueden funcionar igual, porque por suerte el universo de lectura es múltiple y muy diverso y de repente uno encuentra cosas que son cortas y que son genialidades. A mí me parecía que además de la pregunta por el lenguaje, tiene que haber una pregunta por construcciones un poco más complejas. Me interesaba hacer eso.

—Exactamente, al trabajo del armado. A pensar cuáles son las historias, a elegir los personajes y a una cosa que tiene que ver con basarse en cosas que ya existen. Por ejemplo, siempre me había impactado La educación sentimental de [Gustave] Flaubert y también me habían impactado las lecturas canónicas que hay sobre ese libro, por ejemplo la de [Jean-Paul] Sartre o la de [Pierre] Bourdieu. Lo que quise hacer, por lo menos como disparador, fue tratar de reescribir la historia de esos personajes en un contexto actual que para mí eran becarios.

—Es cierto, hay veces que uno se deja empapar por la tradición argentina y ni siquiera se da cuenta. Uno de los autores que más me marcó y más me interesa es Fogwill, desde muchos puntos de vista pero principalmente por preguntarse qué es lo que está pasando en la sociedad, cómo nos estamos transformando y desde una perspectiva más sociológica. Esa es mi formación y es como una marca de origen que tengo. Uno siempre trata de luchar contra eso y de trascenderlo, con mayor o menor éxito, pero en ese sentido me marcó lo que hace Fogwill. Después hay un libro que lo estuve releyendo y que me parece extraordinario y que se llama Tres cuentos, de Martín Rejtman. Es su último libro y ahí hay algunos núcleos que también están muy presentes en la literatura argentina y que me interesaba investigar un poco, como puede ser la cuestión de la violencia. Hay una tradición muy fuerte de cómo pensar la violencia y es un tópico que creo que está un poco ausente últimamente. Además de eso, cómo se puede conformar entre personas comunidades raras o impensadas. Toda la literatura de Rejtman trabaja sobre ese eje y es un eje sobre el que me interesa hacerme preguntas o reflexionar. También hay una cuestión de lenguaje que mientras escribía Cataratas hubo una explosión de las redes sociales. Una cosa media anfibia de estar todo el tiempo con una pata en internet y con otra afuera y que ya no sea tan distinguible la frontera. Cierto tono irónico o cierto tono socarrón que puede llegar a tener la novela por momentos se vinculan con eso, con el clima y con cómo se escribe en las redes sociales.

—Estoy de acuerdo porque está esa idea de que cada vez que participamos en una red social o cuando consumimos lo que nos ofrece internet, está esa dialéctica entre exhibición y control que uno cuando estudiaba o era más chico pensaba en formas de control superopresivas o coactivas y uno puede pensar en 1984 y eso que te pueden vigilar todo el tiempo. Acá es diferente y hay que pensarlo bien, porque hay dos extremos: gente que me dice "¿Usás gmail y no tenés miedo de que te rastreen?", pero yo no hago algo tan importante y sin embargo esa vigilancia está y uno lo ve con los anuncios y con las diferentes cosas que se van trasluciendo con el uso cotidiano de la web. Por el lado de la exhibición, tiene que ver con una gratificación inmediata, con un contacto permanente. Para escribir un libro uno puede tardar años y nada le garantiza que lo lleve a buen puerto y para hacer un tuit gracioso se tarda un minuto y tiene un montón de aplausitos instantáneos. Eso como personas carentes que somos, muchas veces es gratificante y lleva a un modo de relación con la escritura que me interesa cuestionar.

—Uno piensa una carrera universitaria muy joven y es afectado en diferentes niveles, por lo que uno estudia, por lo que consume y por lo que lee, pero también hay tradiciones de lectura en el país, donde hay una tradición de lectura política muy fuerte. Uno puede pensar en Josefina Ludmer, en [Ricardo] Piglia o [Beatriz] Sarlo sobre la cuestión de los fundamentos de la violencia y en cómo se piensa una nación. Desde ese punto de vista, si bien la violencia era una tema que tenía una tradición muy larga, me parecía que en la época que me tocó vivir hay otros sistemas que estaban menos tematizados y menos laburados y uno de esos casos era el sistema universitario y el tipo de cultura que hay ahí adentro del sistema de investigación científica. Siempre aclarando que en la novela trato del mundo que conozco, que es de la ciencias sociales; mi conocimiento sobre cómo funciona en las ciencias duras o en las biológicas es muchísimo más limitado. Ahí hay un sistema de relaciones, hay un cultura que me interesaba desandar y muchas contradicciones que me interesaba explorar. Si uno piensa el sistema de producción científica en Argentina, es un sistema muy neoliberal, un sistema donde cada grupo investiga un tema y hay muy pocos vasos comunicantes entre los investigadores. En los casos en los que existan, la relación con la sociedad está un poco rota, es nula. Me interesaba trabajar los problemas que me traía eso, más allá de que hay muchas cosas valiosas que se están produciendo y que no adquieren una visibilidad, una relevancia o una utilización afín al valor o la inversión que puede haber.

—Totalmente, cuando venía para acá pensaba cuántas investigaciones leí sobre el sistema de investigación. Casi no hay, por algún momento naufragan. Hay investigaciones bárbaras sobre cultura de la pobreza, hay muy buenas sobre el rol de los intelectuales, sobre el funcionamiento de ciertas burocracias públicas u organizaciones políticas, pero sobre el propio sistema de investigación no encontré casi nada. Eso es muy significativo.

—El tema de los setenta, que tiene que ver con los nombres. Por el lado de los becarios, son todos militantes de organizaciones armadas caídos en acción y, por el lado de los profesores y otros personajes, son personas un poco más laterales. Hubo una gran evolución en la literatura argentina y también en la sociedad que se permitió pensar lo que había pasado en los setenta. Lo que notamos al principio era una visión de la dictadura más trabajada como lo siniestro, en un punto el mal y lo inexplicable. También hay lecturas más políticas que explican los orígenes históricos y enmarcan a la dictadura en diferentes explicaciones. Había una mirada muy victimizante y sombría, que sin duda fue extremadamente sombrío y cruel, pero la literatura tiene que hacer preguntas diferentes, porque tiene una función diferente de la que tiene la historia, la educación o el periodismo. El trabajo que hace Félix Bruzzone rompe con eso, porque lo agarra desde otro lugar.

—Exactamente, se permite el sarcasmo y cierta implicación no implicada, porque todos estamos implicados, pero, al mismo tiempo, no lo vivimos.

—La idea del héroe, del mártir y la del mal absoluto y también la idea de responsabilizar a la sociedad civil por lo que había pasado. Una idea que ya es un tropo en muchos autores de la generación anterior a la mía es esa de decir: "Ojo, la sociedad civil fue responsable, todos fuimos colaboracionistas". Esas miradas demostraron prontamente ser muy poco productivas y con Félix hay algo nuevo. La pregunta que me hice es si se podía llevar un poquito más allá o, si eso más allá de nuestra voluntad había ido un poco más allá. Si ya no funcionaban como nombres, como etiquetas, como estrellas de televisión. Quise trabajarlo en ese sentido. Por eso está la cuestión de los nombres y también porque uno se puede preguntar qué relación se establece entre la curvatura de una novela y en cómo se cuenta la historia. Quería ver cómo se llegan a tocar esos dos puntos y por eso trabajé con ciertas invariantes, con cosas que permanecen. Hay algunas partes que tienen relación con lo que fue la historia y en cómo se construyeron las víctimas y los victimarios.

—Sí, coincido, Las islas me gustó mucho cuándo la leí. Me pareció que no había leído algo así, desmesurado, ambicioso, con diferentes texturas, pensado por un autor argentino. Pensé mucho en esa novela, siempre la tuve muy en cuenta y después la dejé guardada en algún rincón de la cabeza, pero ahora que me lo decís creo que siempre estuvo ahí, porque fue un libro que me impactó mucho y que, desde luego, recomiendo leer.