He luchado durante más de veinte años por una nueva matriz moral, republicana y de desarrollo
económico y distribución de oportunidades de ingreso. Me he cansado muchas veces pero la mayoría del tiempo tuve fe y esperanza cierta. No me importa mi destino personal; deseo y quiero ver una Argentina republicana, culta, libre e igualitaria. Detesto la demagogia y la mentira y he estudiado cada uno de los problemas que creo centrales. Esa causa, la República, tan bien descripta en el inolvidable Cicerón, me apasiona, me lleva la vida.
Tenemos una oportunidad excepcional. He llorado muchas noches para poder ser cada vez más amplia. A todos nos cuesta. No han logrado cambiarme ni la política corporativa, ni las encuestadoras, ni los asesores de imagen. Soy lo que soy y es preferible un imperfecto conocido a un perfecto enmascarado que esconde negocios turbios y adicción al poder.
Porque nuestra forma de hablar diseña nuestra forma de pensar. Y cuando las palabras empiezan a perder sentido o son reemplazadas por otras, nuestras acciones cambian, nuestra moral cambia, nuestra vida cambia. Hoy hay más información y tal vez más conocimientos y, por lo tanto, más conciencia y también más libertad intelectual que hace miles o cientos de años. Pero a su vez, la información supuestamente libre opera como escudo de sí misma: genera desinformación banalizando tanto la importancia de la verdad como el daño de la mentira. Resultado: el rebaño. Y el poder concentrado en una pequeña minoría que maneja el revés de la trama y los contenidos de la comunicación real.
La modernidad mostró así su peor rostro, disciplinaria, desprendida de la razón moral, burocratizante, abstracta y finalmente inhumana. La posmodernidad, como expresión del fracaso de las ideologías que llevaron en nombre de los relatos millones de muertos y desaparecidos en el mundo, por izquierda y por derecha, sumado a una cultura del entretenimiento y el espectáculo que esclaviza al sujeto en el peor de los términos: le impide el tiempo interior y lo aniquila como sujeto.
Escribo esta propuesta porque creo fervientemente que todavía somos mayoría los argentinos de buena fe, aunque sintamos que estamos solos ante el abrumador bullicio de un poder corrupto que evita por todos los medios la reflexión de los ciudadanos.
El artículo es una versión condensada del prólogo del nuevo libro de Elisa Carrió "Yo amo La República" (Planeta).
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