Racing Club, a 40 años de su reinado en América

La convicción de su fútbol le permitió entonces alcanzar el primer escalón de su gloria internacional al vencer en Chile a Nacional de Montevideo 2 a 1 y ganar la Libertadores. Hoy el club no refleja nada de aquellos tiempos

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Cuarenta años después, el juego desplegado por el inolvidable Equipo de José reafirmó con creces con esa victoria la convicción futbolística de un plantel que revolucionó el juego en la década del sesenta.

El 29 de agosto de 1967 los goles de Norberto Raffo y el brasileño Joao Cardozo destrabaron en la tercera final del torneo una definición cerrada con los uruguayos en la cual no faltaron el juego brusco y las agresiones, típico cóctel explosivo de la Libertadores por aquellos años.

El choque se definió en un tercer partido desempate en el estadio Nacional de Chile tras dos encuentros que finalizaron igualados, en Buenos Aires y en el estadio Centenario, sin goles.

El equipo dirigido magistralmente por Juan José Pizzuti se trepó a la cima de América luego de una campaña titánica que incluyó 20 partidos, y se transformó en el equipo que más juegos debió disputar en la historia de este torneo para alcanzar el título.

En la primera fase tuvo una buena performance con ocho triunfos, un empate y una derrota en una zona que lo llevó a viajar por casi toda Sudamérica al enfrentar a Independiente Santa Fe e Independiente Medellín de Colombia, Bolívar y 31 de Octubre de Bolivia y a River Plate.

Luego de asegurarse el primer lugar de la llave, junto a los "millonarios" pasó a las semifinales, donde integró el grupo con el club de Núñez, Universitario de Perú y Colo Colo.

El pasó exitoso de La Academia también se sucedió en esta fase donde ganó cuatro partidos, empató uno y perdió sorpresivamente con Universitario de Perú 2 a 1 en Avellaneda.

El equipo peruano realizó una excelente campaña también con dos triunfos claves de visitantes, ante los blanquicelestes y ante River, e igualó el primer lugar de la zona con La Academia, ambos con nueve unidades.

En las manos del arquero de River, Hugo Orlando Gatti, estuvo la suerte de Racing, ya que en el último choque del grupo, en Lima, el "Loco" atajó un penal en el partido ante Universitario que terminó 2 a 2 y obligó a un desempate de la llave.

Como anticipando el éxito final, la clasificación para la definición de la Libertadores se concretó en el Estadio Nacional de Chile donde Racing, a fuerza de temperamento y oportunismo, ganó 2 a 1.

Las tres finales con los tricolores de Nacional se anticiparon como una guerra y ese fue el marco que tuvieron los dos primeros choques, con m s brusquedades y acciones de violencia dentro de la cancha que fútbol.

El partido desempate aburrió un poco más el juego a partir que la suerte estaba echada y había que ganar o ganar y por ese motivo ambos equipos demostraron más apertura a desafiarse con la pelota que con las patadas.

Racing fue un huracán en el primer tiempo y con un planteo arrollador logró dos goles de ventaja a partir del tanto de Cardozo, a los 14 minutos de juego, y de Raffo, a los 4 de la etapa inicial.

En el segundo tiempo fue Nacional que avanzó con todas sus fuerzas hacía el campo argentino y allí comenzó a prevalecer una defensa muy bien parada con Roberto Perfumo y Alfio Basile como estandartes y la seguridad del arquero Agustín Mario Cejas.

Sin embargo, la insistencia y presión de los uruguayos tuvo su premio a 11 minutos del final cuando el volante Víctor Esp rrago descontó y abrió un pasaje al dramatismo para el tramo final del encuentro.

En ese momento surgió para algunos argentinos el fantasma de un año antes cuando River Plate --en ese mismo estadio-- en la final de 1966 ante Peñarol ganaba dos a cero y tras empatar, los uruguayos terminaron ganando 4 a 2.

El equipo apretó los dientes y con coraje aguantó los embates de Nacional y logró resistir los minutos finales para alcanzar la gloria soñada que desató la locura en las inmediaciones de la sede del club en Avelleneda donde se desató un carnaval en pleno invierno.

Fue un justo premio para un equipo que peleaba el descenso a fines de 1965 cuando asumió Pizzuti, logro mantenerse en la categoría, construyó una campaña inolvidable de 39 partidos invicto.

Fue campeón argentino en 1966 y un año después se convirtió en el rey de América, antesala de su mayor hazaña, conquistar el mundo por primera vez para Argentina, pero esa es otra historia.

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