
Ya era uno de los hombres más ricos del mundo, pero su nombre sonaba poco familiar. Fue en 2003 cuando Roman Abramovich dejó de ser anónimo para el gran público. En junio de ese año decidió inmiscuirse en el mundo del fútbol y -fiel a su costumbre- sin medias tintas. Compró por 186 millones de euros al Chelsea cuando el club inglés atravesaba una crisis económica definitiva.
En 2013, Rusia ya era Rusia y no la Unión Soviética. Durante la URSS, Roman Abramovich, huérfano de padre y madre a los dos años, comenzó a amasar su inmensa fortuna posterior. Su infancia fue limitada. Debía vender repuestos de autos y llantas para comer. Entusiasta y sigiloso, ya de joven mostraba una destreza inusual para los negocios. Su primer emprendimiento, una fábrica de juguetes con el dinero que había acumulado, marcaría el paso inicial de su meteórica carrera empresarial.
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Su gran salto llegó en la década del 90 cuando Abramovich se abocó a la industria petrolera. Junto a Boris Berezovski, otro magnate ruso -después enemigo-, logró adquirir una participación mayoritaria en la firma Sibneft, aprovechándose de un controvertido programa que ofrecía préstamos a cambio de acciones. Al poco tiempo, la empresa creció a un ritmo trepidante y las ganancias fueron extraordinarias. De acuerdo a la revista Forbes, Roman Abramovich terminó 2016 con 8,6 mil millones de dólares.
Aunque, más que por su labor en el mundo de los negocios, se lo conoce por un estilo de vida extravagante, opulento, casi exótico. Su último capricho fue la construcción de un megamansión -una más- en pleno Manhattan, Nueva York, tasada en 72 millones de dólares. La Comisión para la Preservación de Monumentos Históricos neyorquina se interpuso en su camino. Cumplir con los intereses del dueño del Chelsea implicaba demoler dos caserones clásicos erigidos entre 1887 y 1889. No fue suficiente. Abramovich ganó la batalla legal y su inmueble se encuentra en construcción.
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El yate Eclipse

Abramovich cuenta, entre sus lujos, con el segundo yate más lujoso y caro del planeta. Entre la compra y algunos caprichos extras como la incorporación de un radar antimisiles y un minisubmarino, invirtió 846 millones de dólares. La embarcación dispone de 18 suites para los huéspedes y una habitación principal de 500 metros cuadrados, además de una discoteca, un cine, sauna, un gimnasio y una enorme piscina. El magnate, cuando lleva adelante una negociación trascendente vinculada al Chelsea, invita a su interlocutor al Eclipse. Como si fuera poco, tiene otros tres yates: Pelorus, Ecstasea y Sussurro.
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La isla New Holland

En el corazón de San Petersburgo, en el oeste ruso, Abramovich pergeñó una isla privada artificial de 7,6 hectáreas en la que invirtió casi 300 millones de dólares. Con una impronta cultural, dentro de sí alberga un parque, múltiples cafés, un anfiteatro y un escenario pensado para los conciertos más variados, además del imprescindible hotel. El magnate pensó a New Holland como el recinto ideal para cobijar su preciada colección de obras de arte, la cual comprende piezas de, por ejemplo, Lucien Freud o Pablo Picasso.
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Jet privado

El Boeing 767 también forma parte del infinito patrimonio de Abramovich. El avión tiene capacidad para albergar hasta 409 personas, sumado a un comedor de lujo con 30 asientos. Es un jet de tamaño intermedio y de largo alcance por su bimotor. Famoso por su sistema antimisiles; uno de los pedidos fetiche del magnate, lo compró a Hawaain Airline y lo personalizó a su gusto.
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Hectáreas lunares

En 2008, Abramovich le regaló a su tercera esposa, la modelo Daria Zhúkova, una parcela de cien acres de superficie lunar, lo que es equivalente a 40 hectáreas. Desde 1966, se contempla la posibilidad de adquisición de terrenos lunares por parte de privados. El terreno de Zhúkova se encuentra el parte visible del satélite y lo puede supervisar desde un telescopio.
Sus famosas fiestas de fin de año
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Sus fiesta de fin de año se convirtieron en un clásico. Año a año, Abramovich busca superarse y sorprender a sus invitados. Su mansión en la isla caribeña de St. Barts, tasada en 90 millones de dólares, es el epicentro de una celebración ultra secreta. El ruso no les permite a sus invitados utilizar las redes sociales. Sin embargo, la filtración de datos a la prensa es inevitable.
En la fiesta que recibió el 2017, destinó 2 millones de dólares. La banda estadounidense The Killers tomó el escenario y, en la cuenta regresiva, Paul McCartney hizo su aparición estelar. Entre las celebridades que participaron del festejo, estuvieron el actor Jake Gyllenhaal, el extenista John McEnroe, la actriz y modelo Amber Valleta y el reconocido periodista Charlie Rose.
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