Umberto Eco murió en Milán el 19 de febrero de 2016, a los 84 años
Umberto Eco murió en Milán el 19 de febrero de 2016, a los 84 años

Umberto Eco llegó al país en 1989 para inaugurar una filial de la célebre Universidad de Bologna, y quien esto escribe no sólo lo entrevistó: lo salvó del acoso de señoras ignotas que le pedían un autógrafo… con cara de no haberlo leído

Después de una anodina conferencia de prensa (no por culpa del entrevistado, por cierto), el autor de esta nota logró un diálogo exclusivo con el autor de El nombre de la Rosa -su primera novela-. Fue una fiesta de lucidez, cultura, humor, sátira e irreverencia. Y aquí está, inolvidable, pero sólo apta para niños de 6 a 80 años.

Nunca. Ni siquiera en mis tiempos de cronista aprendiz (medio siglo ha pasado…), creí en las conferencias de prensa. Me parecieron, y hoy me parecen más, un tabladillo de títeres con los hilos demasiado a la vista. Se venden como un fusilamiento, pero el condenado sale vivito y coleando.

Primero, porque en sala hay uno o más infiltrados que, ante una pregunta peligrosa, se ingenian para desviarla con otra, tonta, previsible y de ocasión. Segundo, porque algunos de los periodistas denotan (¡ay!) que mejor lucirían detrás de un mostrador: tan obvia y/o misérrima es su curiosidad. Tercero, porque están condicionadas de antemano: pocos minutos, una o dos preguntas por cada medio. ¿Qué verdad, qué terrible revelación puede surgir de esa farsa de batalla?

Como imaginé, la conferencia de prensa con el gran hombre fue un fiasco. Muy pocos conocían al personaje -apenas su cáscara-, y las preguntas oscilaron entre el delirio y la tontería:

-Profesor, ¿es posible abrir una filial en la Patagonia?

-No lo creo: me gustaría ayudar, pero poco y nada sé de semiótica mapuche…

La fina ironía no suscitó la menor reacción. Por eso, la primera y única vez que asistí al encuentro con Umberto Eco, uno de los hombres más lúcidos del planeta, profesor laureado, agudo ensayista, semiólogo
genial, novelista asombroso, preferí callar. Simplemente, esperé…

Esperé que las ávidas lenguas de prensa hicieran su trabajo, y al final, cuando il magno signore Umberto, sofocado, se refugió en un balcón de la casona en que inauguró una filial de la Universidad de Bologna (a eso vino a Buenos Aires en 1989), rodeado de damas locas por un autógrafo, a fuerza de codazos llegué hasta él con un ejemplar de su libro Apocalípticos e Integrados, lo saludé, y disparé la primera bala:

-Usted dijo, ante una pregunta sobre "el libro de su vida", que el hombre que sólo tiene un libro de su vida, "es un idiota". Pues bien: yo tengo uno, pero es éste…

Lo miró, sonrió detrás de su barba y sus gruesos anteojos, y contestó: "Bueno, eso cambia las cosas; vamos mejor; usted es menos idiota".

Ya, si no cautivado, al menos interesado, seguí adelante.

Eco y su biblioteca: “El libro, como la rueda y la cuchara, no morirá jamás”
Eco y su biblioteca: “El libro, como la rueda y la cuchara, no morirá jamás”

-¿Cuántos libros de su vida tiene?

-No menos de cien. Algunos, incunables.

-¿Con quiénes se lleva mejor, con los apocalípticos, los que creen que el mundo es una mierda, o con los integrados, para quienes el mundo es Disneylandia?

-Con los apocalípticos, creo. Pero dentro de ciertos límites… y de cierto equilibrio.

-¿Por qué detesta a los periodistas, y sobre todo cuando intentan entrevistarlo?

-Porque quieren, en un minuto, respuestas que demandarían meses. Vea: las entrevistas son el antiperiodismo.

-¿Por qué tanta saña?

-Porque los medios gráficos (a esos me refiero), tienen que dar noticias, analizarlas y opinar. En las entrevistas, en cambio, opinan otros. Eso, dejémoslo para la televisión…

-¿Está escribiendo otra novela? En ese caso, ¿de qué trata?

-Mire, si estuviera escribiendo una novela, el tema no lo conocería ni mi propia mujer. ¡Y eso que duerme conmigo! Menos pienso revelarlo ante usted, con quien no tengo relaciones íntimas…

-¿Morirá el libro en papel, como muchos vaticinan?

-El libro no morirá jamás. Por algo mi biblioteca tiene más de cuarenta mil ejemplares. En todo caso, libro y CD deben marchar juntos.

-¿Por qué cada vez se lee menos?

-Error: cada vez se lee más. ¿O no hay letras en las pantallas de televisión?

-¿Libro y pantalla son enemigos?

-No. En el futuro marcarán la diferencia de clases. Los patrones leerán, y los proletarios verán televisión. Pero cuando digo "diferencia de clases" no hablo de poder económico: habrá proletarios ricos que sólo verán televisión, y no será la primera vez en la historia que tendremos ricos estúpidos…

El nombre de la rosa, su primera novela, vendió más de diez millones de ejemplares y fue traducida a veinticinco idiomas. ¿Qué lo impulsó a escribirla?

-Nada. La escribí porque ese día tenía ganas de matar a un cura.

-Muchos no entienden el éxito de esa novela, y de las que le siguieron, porque a la gente le interesa más Terminator que Aristóteles. ¿Qué opina?

-Que El nombre de la rosa tiene un tema liviano, irrelevante: apenas se pregunta cuál es el precio de la libertad. Nada más…

-¿Por qué pasó de católico a agnóstico?

-Fui católico militante, de izquierda, y hoy soy agnóstico, pero con instinto religioso, y crítico del poder desde el humor y la irreverencia.

-¿Una pregunta que deteste?

-"¿Con qué personaje de sus libros se identifica más?". Ante esa banalidad, contesto: "Con los adverbios".

-Muchos lectores fracasaron ante El nombre de la rosa porque le pareció pesada…

-Puede ser, porque escribí las primeras cien páginas como un test contra los estúpidos. El que supera esas cien páginas… ¡merece leerla!

El nombre de la rosa, su primera novela, vendió hasta el día de su muerte 350 millones de ejemplares y fue traducida a más de 43 idiomas.
El nombre de la rosa, su primera novela, vendió hasta el día de su muerte 350 millones de ejemplares y fue traducida a más de 43 idiomas.

Eco, piamontés de Alessandria, tenía 66 años en el momento de la entrevista. Vivía entre Milán, Bologna (de cuya célebre universidad es profesor-estrella) y un antiquísimo monasterio jesuita en las colinas de Rímini, donde había nacido Federico Fellini.

Hablaba cinco idiomas. Tocaba la flauta dulce como un profesional, "pero sólo ante amigos". Tenía casi dos mil libros… sobre Demonología (¡al diablo!). Definía a su biblioteca como "curiosa, lunática y neumática". Insistía: "Los libros no morirán por la misma razón que perduran el cuchillo y el tenedor". No podía prescindir de la computadora, "pero cada tanto hago tres días de dieta".

Según él, "¡Cuidado con los medios! Están convirtiendo al universo en una gigantesca representación teatral, una ficción de la verdad. En cuanto al bombardeo informativo, me quedan unos pocos millones de neuronas, y no quiero asesinarlas con informaciones idiotas".

Y por fin, el fútbol, Amo y Señor del Planeta Tierra:

-¿Es cierto que lo odia?

-¡No! Es un deporte maravilloso. Pero lo absolutamente insano es la cháchara futbolística. Sus protagonistas hablan de un partido como si hablaran del Destino del Hombre.

Semiólogo, escritor y doctor en filosofía, fue uno de los hombres más lúcidos del planeta
Semiólogo, escritor y doctor en filosofía, fue uno de los hombres más lúcidos del planeta

El balcón sigue allí. Era un balcón antiguo sobre una calle atormentada por ruido de motores y ulular de bocinas. Acaso ni él ni yo volveremos a ocuparlo. Pero creo que el espíritu de Eco (el eco de su genio) no se ha esfumado. Espíritu inolvidable, como la lección de un profesor llegado al mundo para honrar la inteligencia humana… o para arrancarla de la oscuridad.

Esta charla (este lujo) sucedió en el verano porteño de 1989. Él ya no volverá: murió en Milán este año. El 19 de febrero, a sus 84 años.

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Lo que sigue, tómelo o déjelo. Pero es un Eco de fuego. "Los libros no están hechos para creerles sino para investigarlos… Creo que nos convertimos en lo que nuestros padres nos enseñan, pero no en sus discursos sino en pequeños momentos de distracción. El amor es más sabio que la sabiduría… El verdadero héroe es un héroe por error. Sueña con ser un cobarde honesto, como todo el mundo… Los monstruos existen porque son parte de un plan divino, y en sus horribles características también se revela el poder del Creador… Todos los poetas escriben mala poesía. Los malos las publican. Los buenos las queman… Las redes sociales le dan derecho a hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, y sin dañar a la comunidad. Es la invasión de los imbéciles… Hoy, cuando afloran los nombres de corruptos o defraudadores, a la gente no le importa nada, y sólo van a la cárcel los ladrones de pollos…".

No es extraño que un hombre y un genio tan apasionado por los secretos y misterios de la Edad Media como por la televisión, haya atravesado en sus 84 años de vida etapas tan profundas como opuestas: desde el misticismo religioso que le impregnó su investigación del medioevo hasta el anarquismo, con algunos vaivenes intermedios.

Y en su defensa no ahorraba pólvora: "No soporto a los que dicen que hoy queda poco espacio para leer, porque…, y esgrimen excusas banales. Cuidado. No soy una rata de biblioteca. Escribo en varios diarios… pero leo. Veo televisión… pero leo. Hablo por celular… pero leo. Consulto Internet… pero leo. No me importa si el que lee lo hace en un libro tradicional o en una tableta: ningún sistema electrónico matará a Shakespeare, a Dante, a Joyce, a Kafka, a Proust. Al contrario: ¡hay que ver cómo lucen sus textos en las pantallas luminosas!".

Umberto Eco: “Los libros no están hechos para creerles sino para investigarlos”
Umberto Eco: “Los libros no están hechos para creerles sino para investigarlos”

Eco descubrió a Jorge Luis Borges en la década del 50, cuando alguien le acercó un ejemplar de Ficciones, publicado en 1944. Doble fascinación: por su incomparable literatura, que con los años leería completa, y por el personaje de carne y hueso: un bibliotecario ciego… "si el oxímoron fuera tolerable", como decía de sí mismo.

Hacia sus 50 años, Eco escribió la primera -y más perfecta- de sus novelas: "El nombre de la rosa".

Y en ese policial negro sucedido en una abadía medieval creó dos personajes: el monje franciscano inglés Guillermo de Baskerville (su homenaje a Arthur Conan Doyle y su novela "El sabueso de los Baskerville"), y Jorge de Burgos, del que dijo: "Un monje español, anciano, ciego, encorvado, blanco como la nieve, y custodio de la biblioteca" inspirado absolutamente en el autor de El Aleph.

Es más. Eco dijo sobre ese personaje, "las deudas se pagan": una deuda intelectual saldada, y con altos intereses.

Los dos han muerto. El mundo sigue andando. Pero no de la misma manera.

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