
La música tiene su propio lenguaje y a pesar de que las nuevas tecnologías parecieron cambiarlo todo, la esencia es la misma que la que se escuchaba en los teatros de la antigua Grecia, hace más de 2500 años. Se sabe que los gustos de cada persona varían entre los estilos e intérpretes. Sin embargo, un nuevo estudio científico pareció encontrar el patrón detrás del placer por los acordes y los ritmos.
El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y la Universidad de Brandeis (Brandeis University) realizaron un estudio, publicado por la revista Nature, cuyo objetivo fue revelar el origen del gusto musical. Hasta el momento, se barajaban dos hipótesis que chocaban entre sí: la primera suponía un vínculo entre las preferencias acústicas y rasgos biológicos inherentes al sistema auditivo. Mientras que la otra conjetura indicaba que el factor cultural y emocional influenciaban el agrado por determinadas melodías.
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Desde la música clásica más antigua hasta el pop de moda, existen algunas notas que se repiten en Occidente porque resultan agradables al oído. Se las denomina acordes consonantes y tienen su correlato matemático. Por ejemplo, la combinación de Do y Sol, conocida como "la quinta perfecta" es un 3:2. En cambio, los acordes disonantes como "el diablo en la música", un Do seguido por un Fa sostenido, no se puede expresar en números.

"Esta particularidad de medir las notas en proporciones matemáticas viene desde los griegos", dijo Josh McDermott, uno de los autores del informe. Y agregó: "Es posible que empezaran a hacer música de esa manera y nos pegaran la costumbre".
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El desafío de la investigación, entonces, pasó a localizar una civilización que no tuviera contacto de ningún tipo con la cultura occidental, en especial con su música. Después de estudiar por más de 20 años a la tribu Tsimane, en Bolivia, el antropólogo Ricardo Godoy señaló a sus habitantes como los candidatos ideales para realizar el estudio.

La tribu Tsimane
Cerca de 12.000 habitantes componen el pueblo amazónico ubicado en Bolivia. Los tsimanes viven en una aldea aislada, a la que solo se puede acceder después un viaje a través de una canoa. Su pequeña economía se basa en la agricultura y ganadería. No tienen agua potable ni luz eléctrica, por lo que impide el contacto con una televisión o radio que los pudiera exponer al mundo occidental.
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Las melodías típicas de los tsimanes carecen por completo de la armonía y el ritmo acordes a los cánones occidentales. Además, siempre la ejecutan cantores solistas ya que, en su tradición, no existen los grupos musicales.
Los investigadores expusieron a 64 participantes a acordes consonantes y disonantes durante casi una hora. Luego de cada sonido, le solicitaron que lo evaluaran según su gusto en una escala del 1 al 4.
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El proceso se repitió con los mismos acordes en otros 4 grupos de referencia, con los que luego se contrastaron los resultados obtenidos: bolivianos de La Paz, bolivianos del pueblo rural San Borja, no-músicos de Estados Unidos y músicos norteamericanos. Todos habían tenido en el pasado alguna exposición, por más leve que fuera, a la música occidental.
Cómo es la relación entre la música y el cerebro https://t.co/paDbfl5gPp pic.twitter.com/ixHyyJRn13
— infobae (@infobae) 19 de marzo de 2016
Los resultados del estudio
La evaluación que realizaron los tsimanes arrojó que a la comunidad le resultaban casi igual de agradables los acordes consonantes como los disonantes. Es decir que no compartían el canon musical de Occidente. El resultado destierra la hipótesis que vinculaba la inclinación musical con un factor biológico de aceptación a determinada combinación de sonidos.
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Además, se detectó que la preferencia por la consonancia por encima de la disonancia varía en forma notoria entre los cinco grupos analizados. McDermott detalló: "En los tsimanes no existen preferencias y en los dos grupos bolivianos hay una inclinación significativa pero pequeña. En los grupos estadounidenses, la predilección es un poco más grande, mientras que la mayor diferencia se produce entre los músicos y los no músicos". El investigador concluyó: "Creo que ahora tenemos la suficiente evidencia para asegurar que hay un fuerte componente cultural y que la preferencia no es innata".
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