
"El pueblo es tranquilo, está fuera de la civilización. La gente que vive aquí tiene que ser valiente". Victoria es valiente: vive en la aldea más seca del mundo. Es dirigente de la comunidad aymara, que desde tiempos precolombinos ocupó Bolivia y se expandió por Perú, Argentina y Chile.
El clima árido, infernal en verano y en invierno, como el viento imposible -que parece nunca detenerse- son un desafío diario para quienes habitan esta meseta andina. En el mapa todos reconocen este rincón inhóspito del mundo como Quillagua, que en en wiphala, la lengua aymara, significa "Valle de Luna", aunque bien podría significar la ciudad de los valientes.
En el corazón del desierto de Atacama, el más árido del globo, resiste este oasis incomprensible, ambiguo, designado por una épica desafortunada: la desgracia de ser un pueblo repelente de lluvia. A principios de siglo, la revista National Geographic catalogó a Quillagua como el punto más seco del planeta: 0,2 milímetros caídos en 40 años lo acreditaban. Hasta la fecha, el pluviómetro de la zona sólo registró una tímida llovizna, el rezago del temporal que castigó en marzo de 2015 el norte de Chile con un saldo de 28 muertos y miles de damnificados.
Ubicado a 1.600 kilómetros al norte de Santiago de Chile, la capital trasandina, sobre la región de Antofagasta, el pueblito se levanta en un paisaje desolador, una tierra de mesetas infecundas y áridos cerros. Apenas unos estoicos algarrobos añaden verde al lugar: sus extensas raíces se alimentan de una napa que fluye varios metros bajo el suelo. En el invierno, refugiado a la sombra, los 150 habitantes -en su mayoría ancianos- padecen los 35 grados Celsius. Además de la lluvia, el frío es una naturaleza desconocida para Quillagua.

"De niño recuerdo que cayó un poco y se mojó la madera. Tuvimos problemas, porque aquí sólo se cocina con leña". El niño que debe apelar a su memoria para recordar la lluvia es hoy Luis, de 63 años, nacido y criado allí. Los quillagueños no tienen red de electricidad: la proporciona el ayuntamiento de María Elena, el municipio al que pertenecen. El servicio funciona durante ocho horas por día y los lugareños lo aprovechan para cargar los celulares, encender las radios y los televisores.

El pueblo tiene una iglesia, un enfermero que atiende el servicio de urgencia médica y una dotación de bomberos que se encarga más de racionalizar el agua que de apagar incendios. Porque Quillagua, además de no recibir agua de lluvia, no tiene agua potable. Medio siglo atrás, los pobladores pescaban pejerreyes y camarones y cosechaban maíz, acelgas, remolachas y alfalfa. Pero 150 kilómetros al noroeste se emplazó Chuquicamata, la mina de cobre a cielo abierto más grande del mundo. La compañía minera intervino e interrumpió el torrente del río Loa, el suministro de agua lindera al villorrio que atraviesa el desierto de Atacama desde los Andes hasta el Pacífico.
Agua contaminada, agua poco abundante, sin agua de lluvia, la desgracia ironiza con Quillagua, el único factor en donde sí pareciera sobrar -por la sátira- el "agua". En la actualidad, los nativos reciben el vital elemento también del ayuntamiento de María Elena.
Quillagua encierra cierta fantasía. Es conocido por ser un sitio turístico de avistamientos de ovnis, y por albergar un Museo Antropológico Municipal casero. En verdad, el recinto no es más que una descuidada casona -una antigua bodega- que despliega sobre una manta de polvo una decena de momias centenarias y restos arqueológicos. Algunos de los vestigios, recuperados en excavaciones, datan del 500 A.C. Los cadáveres momificados se conservan en buen estado gracias a la sequedad y salinidad del desierto, aunque reclamen un cuidado y conservación más profesional.

Menos de medio milímetro llovió en Quillagua en sus años de humanidad. Sus nativos, a pesar de las duras condiciones naturales, no abandonan el pueblo. El fenómeno de las precipitaciones, la magia del arcoiris, experiencias desconocidas para los casi 150 habitantes del punto del mapa más seco del planeta, un pueblo cubierto de mítica, de polvo. El lugar donde los muertos se convierten en momias.
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