Ambientada en la década del cincuenta en una zona rural de los Estados Unidos, nos presenta a Samuel Mullins (Anthony LaPaglia), un fabricante de muñecas, y su mujer Esther (Miranda Otto), quienes años después de que perdieran a su hija de siete años en un dramático accidente, deciden convertir su hogar en un orfanato. Así reciben a la hermana Charlotte (Stephanie Stigman) y a varias niñas huérfanas. Pronto una de las chiquillas desencadenará involuntariamente una fuerza maligna que reside en la muñeca que titula el filme.

A diferencia de las dos entregas de El Conjuro, la primera cinta en solitario de Annabelle, resultó una clase B muy floja y con pocos sustos originales. Por suerte esta secuela recupera los climas de las películas de James Wan, y a manera de precuela, narra el origen y cómo la muñeca se convirtió en recipiente del mal.

El director David Sandberg ya demostró en Cuando Las luces se apagan que sabe manejar muy bien el suspenso, la tensión y sobre todo las secuencias de oscuridad, que aquí abundan y aterrorizan por igual tanto a las niñas protagonistas como a los espectadores.

El elenco de jovencitas huérfanas cumple con creces y el miedo que trasmiten los ojos y los cuerpos temblando de cada una de ellas, logran traspasar la pantalla.

Además del buen uso de las luces y las sombras, el filme se destaca tanto en la dirección de arte como en el diseño del sonido, fundamental para que los sustos funcionen.

Annabelle, presente en todo el metraje, no es el único "monstruo" en el filme. Hay demonios y hasta un tétrico espantapájaros compartiendo los momentos más escalofriantes.

El clímax del filme se reserva una interesante y original conexión con la anterior entrega de la saga, y hasta un homenaje a la muñeca original que inspiró el filme.
Sin lograr la excelencia de la saga El Conjuro, esta entrega es un ejercicio de vouyerismo terrorífico que funciona, inquieta y asusta. Todo lo que uno pide de un buen filme de terror.

Mi Calificación: 7 puntos