Crítico de una enseñanza "pretendidamente lúdica" y defensor de un aprendizaje riguroso, exigente y disciplinado, este profesor ya retirado, respalda en una larga experiencia docente sus cuestionamientos a las modas pedagógicas actuales.

En esta conferencia, dictada el pasado 6 de junio en León ante el IV Congreso de la Asociación Española de Veterinarios Docentes, rebate la idea muy en boga de que el alumno construye su propio saber, que el conocimiento está "en Internet", que todo lo viejo es malo y lo nuevo genial o que se puede aprender sin esfuerzo, entre otras creencias en boga que circulan mucho también en Argentina.

Conferencia de Ricardo Moreno Castillo (1ª parte)

Voy a empezar mi disertación contestando a una pregunta que la mayoría de ustedes se estará haciendo, y con razón: ¿qué pinta en un congreso sobre enseñanza de la veterinaria un profesor de matemáticas? […] La pregunta dista mucho de ser impertinente, muy al contrario. […]

Se va a hablar aquí de la enseñanza de la veterinaria, tema al cual no he dedicado en mi vida ni un minuto de reflexión. Pero hablando de enseñanza, sea la de las matemáticas, las lenguas clásicas, la literatura y la filosofía se han dicho tantas tonterías que no tengo razones para pensar que no se hayan dicho también hablando de la enseñanza de la veterinaria. Tontos los hay en todos los gremios, cofradías, profesiones, y partidos políticos. Y como los tontos, por su propia definición, carecen de inteligencia para examinar si una idea es buena o mala, se apuntan a la más reciente, la que está de moda, la políticamente correcta. Lo antiguo es por cuestión de principio lo obsoleto, lo arcaico y lo reaccionario. De este modo, identificando sin más lo bueno con lo nuevo y lo malo con lo antiguo, se ahorra el tonto el difícil trámite de pensar (…). Por poner un ejemplo, cuando se planteó la necesidad de volver a los dictados, una tal Carmen Rodríguez, catedrática de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga dijo que eso era "volver hacia atrás". No se le ocurrió aportar razones sobre si los dictados eran o no eran útiles; no, eran antiguos y eso los descalificaba sin remisión. Si así discurren los catedráticos de las facultades de educación, cómo lo harán los becarios.

Volver al dictado es considerado un sacrilegio….
Volver al dictado es considerado un sacrilegio….

Dividiré mi intervención en cuatro partes. La primera, en hacer ver que no todo lo nuevo es bueno. La segunda, que hay cosas que ya no admiten mejora, y todo intento de cambiarlas solo puede llevar a estropearlas. La tercera, que no hay innovación que no sea en parte una recuperación del pasado. La cuarta, que muchas cosas que se venden como novedosas distan mucho de serlo.

El decir: ‘¡No podemos enseñar como hace cien años!’, tiene el aplauso asegurado en cualquier congreso de educación

Uno. Demostrar lo primero es fácil, porque abundan los ejemplos. El nazismo, sin ir más lejos, fue en su momento una novedad que encandiló a millares de jóvenes que desfilaban hacia el futuro con mucha marcialidad y despreciaban a aquellos de sus mayores que reivindicaban las democracias caducas y obsoletas. El tiempo demostró que la novedad era letal, que los viejos que reivindicaban la democracia burguesa estaban en lo cierto, y hubo que volver atrás. Vale lo mismo para el comunismo y para tantas ideologías delirantes que a tantos y tantos hicieron soñar a lo largo de todo el siglo XX, y que tantos y tantos males trajeron. Son ejemplos extremos, porque descubrir que eran fatales costó millones de muertos, pero ya que no los podemos resucitar, aprendamos la lección y desconfiemos de las novedades que se apartan de lo que la experiencia ha demostrado que funciona. Los cambios en la educación habidos en España durante los últimos cincuenta años no han provocado muertos, cierto, pero sí una catástrofe que se hubiera evitado examinando las cosas, atendiendo a la sensatez y no a la novedad. En este primer punto no hace falta demorarse más.

Dos. En los congresos de educación se escuchan frases muy redondas y solemnes que antes arrancan un fervoroso aplauso que una sosegada reflexión. El decir: "¡No podemos enseñar como hace cien años!", tiene el éxito asegurado. Pero respiremos hondo y contemos hasta diez. ¿Y por qué no? ¿No hacemos el amor como hace un millón de años? Si algo funciona ¿por qué cambiarlo? Y aquello que se descalifica sin más como "enseñanza tradicional" algo tendrá de bueno cuando de ella proceden todos los artistas, científicos y filósofos que en el mundo han sido.

Vamos a afinar esta idea con algunos ejemplos. Utilizamos un alfabeto latino cuyo remoto origen es fenicio, de casi tres mil años. Los griegos le pusieron las vocales, y desde entonces lo utilizamos con muy pocas variaciones. Después de intentos de escrituras jeroglíficas y silábicas, se llegó a la escritura alfabética, y salvo pequeños retoques para adaptarla a las diferencias fonéticas de diversos idiomas, seguimos con ella. Como ya es insuperable, lo seguimos usando, y no hay nada malo en ello. No tan antiguo, pero con varios cientos de años, es nuestro sistema de numeración. Después de intentar sistemas aditivos, posicionales, de base diez, veinte o sesenta, llegamos al posicional de base diez, y lo que es más importante, con un signo para el cero que no significa simplemente un hueco, sino que funciona como una cifra más. Esto ha sido decisivo y es lo que lo hace insuperable, y a partir de allí ya nadie se ha dedicado a mejorarlo. Y los ordenadores de última generación tienen un teclado con un alfabeto latino, procedente del fenicio y unos números procedentes de la India medieval. ¿Cómo vamos a seguir usando en la era de los ordenadores un alfabeto de raíces fenicias y un sistema de numeración medieval? Pues usándolos, así de fácil. Y no es un contrasentido: si siempre estuviéramos cuestionando lo antiguo por antiguo, siempre estaríamos empezando y el mundo nunca avanzaría.

El alfabeto que utilizamos tiene un remoto origen fenicio, pero para algunos todo lo antiguo es obsoleto
El alfabeto que utilizamos tiene un remoto origen fenicio, pero para algunos todo lo antiguo es obsoleto

[…] ¿Qué consejos daríamos a alguien que pregunta cómo hacer para tener amigos? Le diríamos que hay que ser servicial, saber escuchar, ponerse en el lugar del otro, no hablar siempre de uno mismo ni mucho menos contar las propias enfermedades. Los mismos consejos que daría un ateniense a otro ateniense en la Atenas de Pericles. No hay nada nuevo que decir. Incluso en la medicina, que progresa espectacularmente de día en día, hay resultados definitivos e insuperables, que no los vemos porque nos parecen obvios. ¿Qué pasó cuando apareció el sida? El mundo se llenó de laboratorios que investigaban la enfermedad. ¿Y qué ocurrió cuando se declaró la peste negra? El mundo se llenó de oraciones, procesiones y rogativas. Hoy día ni el creyente más ortodoxo admitiría que un médico le recetara una peregrinación a un cierto santuario (…). Tampoco aquí hay que estar abierto a novedades: no hay que pensar en la posibilidad de que algún día un equipo interdisciplinar de médicos y teólogos descubra unas oraciones curativas. Y esto es otra conclusión definitiva e insuperable: la medicina es cuestión de ciencia, no de religión ni de magia, y tan sólo avanza por el estrechísimo carril de la investigación científica rigurosa y contrastada. Y mucha atención, que muchas medicinas alternativas a la moda no tienen nada que envidiar a los conjuros de antaño, y captan a incautos más atentos a las novedades delirantes que a las de la ciencia, siempre más pausadas y verificadas. Lo mismo sucede con la ingeniería. Por mucho que se descubran máquinas más y más eficaces, sabemos que solo podrán transformar energía en trabajo aprovechable, pero no crear energía de la nada. Dicho de otro modo: la máquina del movimiento continuo es imposible. Esto también es una conquista insuperable y definitiva, y quien pretenda hacernos creer que ha fabricado la máquina del movimiento continuo ha de ser tratado con el desdén que merece cualquier charlatán.

O al niño se le transmiten conocimientos, o se le condena a la ignorancia

¿Y a cuento de qué viene esto? A cuento de que, en mi opinión, la enseñanza ha de ser transmisiva, memorística y repetitiva, y esto es algo también definitivo e insuperable, y todo tipo de enseñanzas alternativas son tan engañosas como tantas y tantas de las terapias alternativas a las que acabo de aludir.

¿Por qué la enseñanza ha de ser transmisiva? Porque, digan lo que digan pedagogos novedosos y delirantes, un estudiante no puede construir su propio conocimiento. El cálculo infinitesimal, por ejemplo, nace en el siglo XVII, pero sus raíces más remotas están en las paradojas de Zenón. Digamos que Newton y Leibniz dan a luz una criatura cuya gestación duró más de dos mil años, durante los cuales muchas de las mejores cabezas de la humanidad reflexionaron sobre las ideas de límite y del infinito. ¿Cómo puede alguien sostener que un adolescente puede descubrir por sí mismo algo que a las mejores cabezas de la humanidad les costó siglos descubrir? El ejemplo es un poco extremo, pero pensemos en el alfabeto o el sistema de numeración aludidos antes, que forman parte de la educación elemental. Son muy antiguos, pero jóvenes en relación a la edad de la humanidad, porque costó siglos de trabajo llegar a ellos, y nadie puede descubrir por sí mismo ninguna de las dos cosas. O al niño se le transmiten conocimientos, o se le condena a la ignorancia.

“Newton y Leibniz dan a luz una criatura cuya gestación duró más de dos mil años” (Ricardo Moreno Castillo)
“Newton y Leibniz dan a luz una criatura cuya gestación duró más de dos mil años” (Ricardo Moreno Castillo)

Vamos con la memoria, tan denostada hoy día. Por cierto, cuando defiendo el papel de la memoria siempre sale un imbécil que pregunta si hay que volver a aprender la lista de los reyes godos (…). El aprender es una moneda con dos caras, inteligencia y memoria, y ninguna de ellas puede funcionar sin la otra. Esto ya lo dijo Kant hace bastante tiempo, que los contenidos del conocimiento sin las estructuras del pensamiento son ciegos, pero que las estructuras del pensamiento sin los contenidos del conocimiento están vacías. Si de vez en cuando hiciéramos una pausa en nuestra búsqueda de ideas novedosas e innovadoras y escucháramos la voz de los pocos sabios que en el mundo han sido, las cosas irían mucho mejor.

Vamos a explicar esto un poco. La inteligencia es un juego, como el ajedrez, y para jugar al ajedrez son necesarias unas piezas, las cuales se guardan en una caja al acabar la partida. Pues bien, el juego de la inteligencia también necesita unas piezas. Estas piezas se llaman ideas, y mientras no las utilizamos quedan guardadas en una caja llamada memoria. Esta verdad tan elemental, la de que es imposible reflexionar sobre unas ideas cuando se carece de ideas, es tan absolutamente ignorada que mucha gente presume de falta de memoria y nadie de falta de inteligencia (como si una y otra fueran inversamente proporcionales). Y esta ignorancia es una de las razones que nos ha llevado al fiasco de nuestro sistema educativo. Hay una hermosa cita de Borges que apunta en esta dirección:

"De todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación."

Un libro para un desmemoriado es tan inútil como un telescopio para un ciego

El libro es pues extensión de la memoria, igual que los demás instrumentos creados por el hombre lo son del cuerpo. Si esto es cierto, y los libros prolongan la memoria como el telescopio la vista, entonces no la sustituyen, porque no se puede prolongar un sentido del que se carece. Un libro para un desmemoriado es tan inútil como un telescopio para un ciego. Por otra parte, se consulta lo que se supo y se ha olvidado, o aquello de cuya existencia se tiene noticia, pero no se puede consultar algo si no se sabe ya algo de ese algo. Si un científico no recuerda exactamente una fórmula, sabe dónde encontrarla y la reconoce en cuanto la ve, pero no puede buscar una fórmula cuya existencia ignora.

Cuando se dice a los alumnos que en un examen podrán utilizar el libro, los resultados son peores. Y es fácil de entender la razón. Durante el examen hojean distraídamente el libro a ver si encuentran una fórmula en la que encajen los datos del problema, pero como no saben lo que están buscando, sencillamente no lo encuentran. El libro es un apoyo para la memoria, no un sustituto, pero los muchachos, en su ingenuidad, piensan que sí lo es, y cuando saben que podrán consultar el libro ya no estudian la teoría.

Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional
Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional

Pero lo más grave es que esta ingenuidad, perdonable en los estudiantes, está muy extendida entre pedagogos. Ni siquiera un diccionario, el libro de consulta por excelencia, es útil para quien no tiene buena memoria. Dejemos de lado que es imposible manejarlo si no hemos aprendido previamente el orden alfabético. Si después de averiguar el significado de una palabra la olvidamos, esto es, no la incorporamos ya para siempre a nuestro vocabulario, la búsqueda ha sido una pérdida de tiempo. Del mismo modo, se puede entender perfectamente un teorema de física o un conflicto histórico, pero si acto seguido se olvida es como si no se hubiese entendido nunca.

No se llega a la matemática superior sin haber interiorizado rutinas de cálculo y todo virtuoso de un instrumento musical ha pasado horas y horas haciendo escalas

Y por supuesto, la enseñanza ha de ser repetitiva. No se puede llegar a la matemática superior sin haber interiorizado rutinas de cálculo que hay que repetir una y otra vez. Y esto sucede incluso con la enseñanza más artística. Un hermoso poema es tan fresco, tan como tiene que ser, que parece que es así porque no podría ser de otra manera, igual que una amapola se desarrolla como amapola. Pero si parece tan fresco y espontáneo es precisamente porque no es ninguna de las dos cosas, sino porque tiene detrás muchas y muchas horas de trabajo. El trabajo del buen poeta es más repetitivo y artesanal de lo que muchos se imaginan. Lo mismo sucede con el teatro. El actor que mejor actúa es quien lo hace con más naturalidad, pero esa naturalidad es producto de mucha reflexión y dedicación. El que actúa con más naturalidad es el menos natural. Cuando vemos una actuación de ballet clásico y a la bailarina dando vueltas con tal agilidad que parece que va creando la música con su movimiento, estamos tentados de pensar: ¡qué ligereza!, ¡qué espontaneidad! Pero no es así. Detrás de esa aparente espontaneidad hay muchas horas de esfuerzo diario y repetitivo durante muchos años. […] Y cualquier virtuoso de cualquier instrumento musical ha pasado horas y horas haciendo escalas y ejercicios repetitivos. Ya no digamos la creatividad del científico, quien primero ha de estudiar hasta alcanzar la frontera de lo desconocido dentro de su especialidad para, a partir de allí, poder decir cosas nuevas. Hay un precioso libro de Santiago Ramón y Cajal, titulado Los tónicos de la voluntad, dirigido a futuros investigadores, en el que dice algo admirable por su sensatez, y sobre todo por su modestia: "Primero hay que ser buenos obreros, después ya veremos si llegamos a arquitectos". Porque también la investigación científica tiene una gran dosis de rutina. Si un químico tiene que confirmar o rechazar una hipótesis, tendrá que hacer análisis y repetirlos muchas veces. Y para que esos análisis sean significativos, han de ser hechos con un rigor y precisión que solo habrá logrado después de muchas horas de prácticas muy repetitivas en un laboratorio bajo la dirección de alguien que sepa más que él. Porque la creatividad no solo tiene que ver con el trabajo, sino también con la modestia: hay que dejarse enseñar.

Y todo esto lo vamos a ejemplificar con la medicina. ¿Por qué en las facultades de medicina han mantenido el nivel, a pesar de todos los disparates pedagógicos a la moda? Porque, irremediablemente, la enseñanza de la medicina ha de ser transmisiva, memorística y repetitiva, y ni el pedagogo más descerebrado se atrevería a sostener lo contrario. ¿Cómo podría un estudiante de medicina "construir por sí mismo su conocimiento"? ¿Dándole un enfermo para que lo fuera medicando a su gusto, y así, según mejora o empeora, "construir su conocimiento"? Vamos, ni de broma. ¿Y ya no van a tener los aspirantes a médicos que estudiar anatomía porque está en internet? No, igual que siempre, tendrán que estudiarla y memorizarla, porque sin memoria no hay conocimiento. Y un aspirante a cirujano tiene que ver muchas operaciones antes de coger el bisturí, y cuando al final lo hace, ha de respetar el protocolo que le han enseñado al pie de la letra. ¿Qué diríamos de él si le da por recortar de cualquier manera dando rienda suelta a su creatividad? No, ha de ser repetitivo, y solo después de mucho tiempo de ejercer el arte de la cirugía a lo mejor aporta una novedad.

Por buenos que sean los profesores, por más que se gaste en educación, por muy dotadas que estén las escuelas, un estudiante no aprenderá nada sin muchas horas de estudio, constancia y esfuerzo

Así pues todo aprendizaje, desde el de la medicina hasta el necesario para tener el carnet de conducir, pasando por el de las matemáticas, la pintura o la música, ha de ser trasmitivo, repetitivo y memorístico, y a mi juicio esto es tan definitivo e insuperable como que la esclavitud es injusta. Es por esta razón que un buen profesor de ahora hace casi lo mismo que un buen profesor de hace quinientos años, mientras que un buen médico no hace lo mismo que un buen médico de hace quinientos años. Y debe ser por esto que hay premio Nobel de Medicina y no hay premio Nobel del profesor de instituto. Es cierto que esto es frustrante para un profesor, porque a todos nos gusta ser originales e innovadores. Pero ¡qué le vamos a hacer! siempre que se intenta innovar saliéndose de lo que ya es definitivo, solo lleva a delirios, destrozos y desvaríos.

Y hay otra cosa, a mi juicio, también insuperable y definitiva. Por buenos que sean los profesores, por más que se gaste en educación, por muy dotadas que estén las escuelas, un estudiante no aprenderá nada sin muchas horas de estudio, constancia y esfuerzo, un esfuerzo que habrá de ser cotidiano, se esté o no motivado. Dicho de otra manera: no hay alternativa a los codos. Todo intento de soslayar esta realidad, por muy obsoleta y ramplona que parezca, es engañar. […] Al niño hay tomarle la lección para obligarle a estudiar, esté o no motivado.

[Mañana, en la 2a parte de esta nota: No hay innovación que no sea en parte una recuperación del pasado.]