La casita natal de Messi es una como las demás. Despintada y austera, su estatus de pesebre contemporáneo pasa desapercibido entre las más o menos 30 viviendas obreras que completan esta cuadra del sur de Rosario. Dos jóvenes, uno rubio y uno morocho, testigos de Jehová, pasan con sus biblias en la mano con absoluto desconocimiento, o desinterés, ante el peso simbólico del edificio. Aquí nació el Ultimo Hijo Pródigo del Fútbol, la cara más conocida del mundo, y por eso esta vivienda sobrevivirá al tiempo y al cambio de dueño y ante cada fecha que refiera al crack vendrán como peregrinos los curiosos y los medios.
Hace 20 años Leo Messi corría y andaba en bicicleta con su pequeñez extrema -corregida en laboratorios españoles- y una libertad anacrónica por la calle Estado de Israel. Cuando se llamaba Lavalleja era de tierra y piedras, terreno nada fácil para jugar los picados, lo que podría explicar (o no) su habilidad extraordinaria para "hacer lo imposible", como lo definió el poeta Fabián Casas. En los largos días estivales el correteo infantil se cortaba con una leche con galletitas. Una de las casas donde el futuro astro y sus amigos caían transpirados y sedientos era la de Lidia Vallejos, la mamá de Diego, uno de los niños traviesos del grupo.
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"Leo siempre fue tímido, el más calladito de los hermanos, pero es un amor, un chico respetuoso y humilde". Lidia (65) habla en voz baja, como si hasta en el tono de su voz se jugara el respeto por la intimidad y la libertad del vecinito gambeteador serial. Es jueves a la tarde y la señora ya resolvió qué se va a poner el viernes para ir al casamiento de Leo y Antonela en el fastuoso City Center. "Un vestido azul, largo", ríe y se entusiasma y se tapa la boca por timidez.

Cuando Vallejos le preparaba la merienda no imaginaba que Messi iba a ser Messi y que ella recibiría junto a su familia el cariñoso gesto de ser invitada al casamiento. "Vamos 14 o 15. Sí, somos los únicos de la cuadra", confiesa como si le diera vergüenza ostentar el privilegio.
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Lo que sí intuía hace más de dos décadas era la atracción que Matías Messi, uno de los hermanos de Lionel, sentía por su hija Roxana. "El tenía 11 años y venía a buscarla en bici y ya decía que ella era la novia", cuenta con asombro y candidez la mujer. Los Messi y los Vallejos son familia como los Messi y los Rocuzzo: hace 19 años que Matías Messi convive con Roxana, y tuvieron dos hijos.

Quizá por no tener continuidad más allá de las esquinas, la cuadra donde nació Messi conserva el espíritu barrial de antaño. Como si los muros que rodean la manzana hubieran encapsulado ciertas costumbres. En estas calles se conocieron también Jorge Messi y "Puchi" (Celia, la mamá de Lionel), de la misma forma que Matías conquistó a Roxana. Esa perpetuidad en las relaciones también impregnó la amistad del crack con Diego Vallejos, uno de los ideólogos del mural que el barrio pintó en homenaje al Diez en un campito al final de la calle. Aquí Leo comparte pared con homenajes al Gauchito Gil, a San La Muerte, entre postes de luz pintados con los colores de Central.
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Lionel y Diego protagonizaron un episodio de terror para la historia de travesuras de la cuadra. La situación la relata Vallejos, ante las risotadas de Walter, otro de los pibes del grupo que todavía vive en en Estado de Israel entre el 500 y el 600: "Leo quería visitar a su abuela al cementerio. Se escapó de la casa y vino a pedirme que lo acompañara. Teníamos 10 años. Le dije que sí y nos tomamos un colectivo para Gálvez, donde está enterrada la abuelita. Pero nos subimos al bondi que iba para el otro lado hasta que nos dimos cuenta y nos bajamos. Igual llegamos preguntando y Leo saludó a su abuela, pero cuando volvimos nos querían matar todos".
La libertad con que al menos hasta hace un par de años se movía Messi en la cuadra natal, dicen sus amigos, es lo que les permitió mantener esta relación de afecto permanente. "Acá Leo cuando viene es el mismo que pateaba la pelota contra los portones", dice Oscar, un vecino de 54 años que para de baldear y cepillar su auto en la vereda para señalar dónde jugaba el entonces futuro ídolo del Barcelona.
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Walter es otro del grupo de amigos de Messi que celebra cada momento de felicidad de su amigo. "Jugábamos al fútbol en los recreos y lo veías a este monstruo y te dabas cuenta que era distinto. En el baldío donde nos metíamos a patear, ganaba el equipo que lo tenía a él. Siempre fue así", dice este chico apenas cuatro meses más grande que Leo. A Walter todavía le dura cierta culpa recordada con humor, de cuando tenían 11 años y les robaron la bicicleta. "Mi viejo me pidió que le fuera a comprar un vino y le dije a Leo que me acompañe. Entonces él me subió a su bici y fuimos, pero nos la robaron y siempre me quedé mal", exagera el amigo, quien muestra con orgullo una camiseta de Independiente, club del que es hincha, firmada por Messi. "Para mi amigo Walter, con mucho cariño, Leo", se lee en marcador negro sobre la casaca roja.

El portón de la casa de Walter servía de arco. Quizá Leonel aprendió a afinar la maestría de su puntería contra estas rejas pintadas de rojo. "Les dábamos pelotazos a la casa de la viejita de enfrente en la hora de la siesta, pobre. Eramos bravos", admite.
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Lidia resalta que pese a todo lo que vivieron los Messi no perdieron la humildad y el sentido de pertenencia. "Siempre pasamos las Fiestas acá en casa y hasta hace dos años Leo también venía, como uno más, después esto de las redes sociales lo complicaron un poco", se lamenta Lidia, cuya casa podría ser un museo de camisetas del 10 de todas las épocas.
Diego recuerda que robaban moras y limones. Walter se emociona y a la vez se ríe cuando rememora la despedida que le hicieron a Lionel cuando se fue con su familia a Barcelona, a los 13 años: "Tuvimos tanta mala suerte que la luz se cortó tres días seguidos en el barrio. Igual hacía calor y la pasamos bien".
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A diferencia de los Vallejo, Walter no está invitado a la boda. Pero nada parece ubicarlo más lejos que del lugar del ofendido. "Acá a Leo lo dejamos ser, si vuelve siempre es por algo", dice. Diego lo mira y asiente con la cabeza: "Es muy loco que la magia de Lionel nos llegue a todos acá en la cuadra".
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