Hace justo un año tuve el placer de dialogar con el Santo Padre. Hoy, al leer la noticia de un nuevo viaje sudamericano que no incluye a la Argentina, me resultó la "crónica de una muerte anunciada". Uno no tiene derecho a interpretar decisiones ajenas, al menos aquellas que, como la del Papa Francisco, suelen tener una enorme complejidad. Pero sin duda cada quien hace su lectura y trato de justificar la mía.

El Papa Francisco estuvo duramente enfrentado con el gobierno de los Kirchner; fui testigo de su distancia con Néstor y todos vimos hasta donde llegaban los resultados de ese enfrentamiento. En el momento de su elección como Sumo Pontífice, no faltaron ni los silbidos ni los idiotas de supuestas izquierdas que lo imaginaban como un triunfo de la derecha. Luego vendría la realidad, en la que hombres de la talla del Pepe Mujica se acercaban desde su respetuoso ateísmo a dialogar con el Papa, ya convertido en uno de los más importantes pensadores del presente. Un Papa que llegó a rezar en el Muro de los Lamentos con un Rabino y un referente de la comunidad islámica argentina, un hecho de peso universal que no logró ser comprendido por la pequeñez provinciana que nos define. Me he cansado de discutir con gente que me explicaba que "el Papa debería haber actuado de esta manera", a lo cual siempre respondo con humor, "si pensara como vos jamás hubiera llegado a Papa".

Esa es nuestra limitación, esa absurda necesidad de incluir a todos en los límites de nuestra pequeñez. Me dijo: "Le envié un rosario a Milagros Sala, los sacerdotes acompañamos a los presos y a los enfermos".  Recuerdo esa frase, y tanto idiota acusándolo de coincidir con el delito o con la enfermedad. Ese difícil lugar del otro que no podemos comprender. Uno puede ser creyente o ateo, pero no puede negar que el espacio de la fe no es el mismo que el del poder. Ni dejar de respetar las ideas del otro que es la única manera de respetarlo.

Sin duda el Papa Francisco ocupa un lugar de respeto en el mundo muy superior al que le asignamos entre nosotros

La humanidad se asombra con el encuentro en el Muro de los Lamentos. No creo que sucediera lo mismo frente a la convivencia entre dos habitantes de distintos lados de la grieta, de esa que llenamos de odios mientras vaciamos de ideas. Sin duda el Papa Francisco ocupa un lugar de respeto en el mundo muy superior al que le asignamos entre nosotros. Claro que también nosotros ocupamos en el mundo un lugar mucho más pequeño que el que imaginamos.

Tuve el honor de charlar dos veces con su Santidad. Sabía que nadie iba a poder obtener votos por su cercanía o amistad, y también cómo el poder de turno se ocupa de enfrentar a la religión, salvo en los países maduros, lugar del que todavía estamos lejos, muy lejos.

Una Nación está consolidada cuando el ser colectivo está por encima de las pasiones e intereses individuales. Eso pasa en Uruguay y en Chile, también en Brasil, la identidad nacional es más fuerte que la pertenencia ideológica o de grupo. Aquí todavía no estamos ni cerca de lograrlo. En Polonia estaban todos orgullosos de su Papa, varios países hermanos sienten envidia por el nuestro, claro que ellos lo respetan más allá de sus pequeñas rencillas, nosotros no podemos llegar a ese nivel de madurez. Los antiperonistas lo señalan, los ateos dicen pavadas como referirse a "la humillación de Canossa", algunos lo acusan de anti todo, en fin, no logran asumir que está un poco o demasiado por encima de esta pequeñez en la que nos apasionamos por vivir. Y hasta los católicos ricos contratan al limitado de Loris Zanatta para que hable mal del peronismo y del Papa, como si nos faltaran imbéciles nacionales para andar gastando plata en importarlos.

Yo sé que a muchos les molesta que lo diga, pero estoy convencido de que a nosotros el Papa Francisco nos queda grande. Como Daniel Baremboim que fue capaz de formar una orquesta entre judíos y palestinos.

Tenemos grandes hombres que nos trascienden, por ahora no los comprendemos, avanzan demasiado para la lentitud de nuestros odios, para la profundidad de nuestros resentimientos.

Me duele que el Papa Francisco no venga todavía; espero que sea por ahora, pero sin duda entre creyentes y ateos, entre peronistas y antis, entre Cristina y Macri, entre mis amores y mis odios, no hay lugar para la grandeza.

Espero que sólo sea por ahora.