En abril de 1982, el piloto de ultramar de primera Horacio Bianco, hoy subdirector de la Escuela Nacional de Náutica "Manuel Belgrano", era un joven oficial que había egresado apenas quince días antes del estallido del conflicto. Como tantos otros marinos civiles, Bianco fue convocado para servir en las operaciones, pero lo que le tocó vivir junto al resto de sus compañeros de buque merece un capítulo especial.
Tras la recuperación de las Islas Malvinas, las Fuerzas Armadas se abocaron a afianzar sus posiciones y prepararse para resistir la formidable maquinaria bélica que el Reino Unido puso en movimiento para volver a ocupar las islas. En un teatro de operaciones principalmente naval, la Argentina contaba con una poderosa flota mercante estatal y privada con ELMA (Empresa Líneas Marítimas Argentinas) e YPF a la cabeza en cantidad de unidades en condiciones de servir como apoyo logístico. Varias naves cargueras y petroleras fueron "empeñadas" en el esfuerzo bélico, y en la gran mayoría de los casos las tripulaciones civiles aceptaron con entusiasmo la idea de participar en operaciones logísticas y de inteligencia. El Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea dispusieron de distintos buques civiles para satisfacer sus respectivas necesidades de aprovisionamiento, transporte de personal, pertrechos y combustibles. Si bien en teoría todas las naves operaban bajo el Comando de Operaciones Navales, en la práctica la Marina no tuvo control efectivo sobre todas las embarcaciones.
El buque "Formosa" embarcó provisiones varias, tanques e incluso nafta de aviación en el puerto de Buenos Aires, y partió el 16 de abril hacia Punta Quilla (Santa Cruz): recién allí la tripulación supo que su destino final era Puerto Argentino. Además, tenía otra misión: sería utilizado como señuelo para comprobar la presencia o no de submarinos en el límite de la zona de exclusión decretada por las fuerzas británicas.
En las primeras horas del 1º de mayo, ya habiendo cumplido su misión, los tripulantes del "Formosa" fueron testigos presenciales del primer ataque británico sobre el aeropuerto local: si bien el objetivo no fue logrado, la Royal Air Force no desperdició la ocasión de ametrallar al mercante aunque sin éxito. "Al mediodía del 1º salimos de Puerto Argentino con una promesa de cobertura aérea para garantizar la salida de la zona de exclusión. La cobertura aérea nunca apareció", relató Bianco y agregó: "A las seis menos cuarto de la tarde divisamos la aproximación de tres aviones sin identificación. El capitán nos dijo que esa era la cobertura aérea…".
Sin embargo, lejos de cubrir la retirada, uno de los aviones abrió fuego contra el buque.
Un avión lanzó una bomba de 500 kilos sobre el centro del buque, pero golpeó un cable de acero y se desvió, cayendo al agua. "Luego, el piloto hace varias pasadas sobre la nave arrojando tres bombas más, dos de ellas explotan en el agua y la tercera se introduce en la bodega número 4 sin explotar", recordó Bianco y añadió: "Lejos de retirarse al ver que sus bombas no habían hecho impacto, hace una última pasada y ametralla al 'Formosa'".
El desconcierto de la tripulación sólo fue superado por el del piloto atacante, cuando al hacer un giro sobre el buque llegó a distinguir el pabellón argentino flameando en la popa y la contraseña de los barcos de la naviera estatal ELMA. "El avión estaba piloteado por el capitán Carballo. En ese entonces que había recibido un informe de inteligencia de que en ese lugar se encontraba un buque petrolero abasteciendo a una fragata británica. Entonces la orden era batir el blanco, tanto la fragata como al petrolero. Cuando se acerca a nivel de la fragata, ve un buque importante, a esas horas en el sur los buques son más grandes por efecto de la refracción, se estiran y se ensanchan, y el vio un buque grande, importante, y dijo éste es el petrolero. Pero la fragata no estaba, igual dijo 'Viva la Patria' y atacó. Y eso lo cuenta Carballo en un libro, el libro de él", relató Bianco.
Luego se supo que Carballo -uno de los pilotos más diestros de la Fuerza Aérea- no tuvo responsabilidad en el error, que se debió a una deficiente comunicación entre los distintos componentes en operaciones. Años después, ya ascendido al grado de comodoro, Carballo ofreció un almuerzo de "desagravio" a la tripulación del "Formosa", que siempre considero el incidente como un lamentable caso de "fuego amigo".

Con la bomba a cuestas
A pesar de que en el buque había un oficial de la Armada como coordinador, ninguno de los tripulantes tenía conocimientos de artillería aérea suficientes como para determinar si el artefacto que rodaba sin control conforme al balanceo de la nave podía detonar o no. Fueron quince interminables días en los que la incertidumbre dominó el ambiente a bordo. No obstante, los tripulantes decidieron sujetar a la mole de acero que había quedado parcialmente destruida por efecto del impacto que perforó la pesada tapa de acero de la bodega. Finalmente, una vez en puerto, especialistas artilleros dictaminaron que el mecanismo detonador de la bomba no se había llegado a armar por completo con lo cual la explosión era imposible.
Treinta y cinco años después, Bianco recuerda aquellos días de conflicto y asegura que siente "un profundo orgullo por haber cumplido con la misión encomendada", pero por sobre todo remarca: "Uno ve la vida de otra manera. Las cosas de todos los días que a veces parecen difíciles son nimiedades".
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