
"Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez. No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en Comunicación.
"Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla."
"Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies.
Claro, es cierto, no todos son así
Pero cada vez son más".
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(Leonardo Haberkorn, profesor y coordinador hasta diciembre de 2015 de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad ORT de Montevideo, Uruguay)
Lo que acabo de leer es trágico. Y no uso la palabra "tragedia" en vano: así llama a la degradación educativa el eximio médico y profesor Guillermo Jaim Etcheverry, aterrado ante una estadísitca: más de la mitad de los alumnos de escuelas secundarias y de universidades (se refiere a la Argentina, pero está en consonancia con lo que denuncia Leonardo Haberkorn, el colega uruguayo) "no comprenden lo que leen". Excepto, claro, los brevísimos mensajes que permite la tecnología, reducidos además a abreviaturas sólo comprensibles para un clan.
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Mucho comprendo a Haberkorn. Durante más de veinte años (1985 a 2006) dicté materias de la carrera de Periodismo y Comunicación Social. No existían las selfies, y los celulares, el Twitter y el Facebook, avanzaban lentamente.
No eran todavía un virus ni una bacteria. No parecía haber peligro de infección ni de contagio. Pero sí era alarmante el desinterés por el pasado. Grecia y Roma eran, para ellos, sólo destinos turísticos. La Segunda Guerra Mundial, un hecho lejano y sin ningún significado ni trascendencia. Apenas tenían una vaga noción de los años 70 de nuestra Patria, y mucho menos por qué los llamaban "Años de Plomo".
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Tratar de que cumplieran un plan de lectura de grandes textos fue para mí una batalla tan dura como la que acabó derrotando al valioso profesor uruguayo. Pretendía yo que leyeran al menos un libro por mes, y sólo unos pocos llegaron a la última página de A sangre fría, la novela de Truman Capote que es, además, una lección de investigación periodística.
No me rendí. Me retiraron al cumplir 65 años: disparate nacional que aleja a los profesores cuando más útiles pueden ser. Por sabiduría, vocación y pasión. Pero confieso que la indiferencia de los alumnos, como una niebla enfermiza de mediocridad, había empezado a desencantarme.
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Ninguno de ellos había abordado a un gran autor. Ninguno había asistido a una ópera o a un ballet. Pasé películas clásicas (monumentos…), pero rara vez la mayoría se quedó hasta el The End. Sólo los atraía el deporte y la música de moda. Para ellos, la historia del planeta había empezado con una reciente banda de rock…
Lo grave, lo dramático, no es sólo que Haberkorn haya depuesto las armas -las mejores-, lo realmente ominoso es que esa negra nube de indiferencia, desdén por el saber, la vida reducida a una pantalla de celular (útil, esencial a veces, pero no mañana, tarde, noche y trasnoche) cuyos dueños son incapaces de discernir ni de jerarquizar qué es importante y qué no lo es.
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La rendición del profesor Haberkorn, su carta, su desencanto, su sensación de tiempo perdido y tal vez de fracaso, no se agita como una bandera blanca en una trinchera cuyos soldados están exangües y abatidos: se yergue como un desesperado grito de auxilio por el futuro.
Porque esos adictos a las selfies y toda la parafernalia en uso, algún día tendrán que asumir responsabilidades mayores: progresar en un empleo, dirigir una empresa, educar a sus hijos, etcétera. ¿Cómo lo harán, si su bagaje de ignorancia ni siquiera les permitirá escribir una carta pidiendo empleo? ¿Cómo, si la trilogía sujeto-verbo-predicado es para ellos un enigma insondable?
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La cuestión profunda es cómo salir de ese pantano, de esa fábrica de ignorantes y mediocres. No hay otra salida que un firme pacto padres-maestros y profesores-alumnos. Si esa semilla no se recupera y no germina, habrá muchas más banderas blancas. Y no sólo en América latina, donde el fenómeno se repite. También en gran parte del mundo.
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