
Según el informe Plastics-the facts 2013, se estima que la producción mundial de plástico es de 300 millones de toneladas métricas (MMT) anuales y que, a su vez, aumenta cada año en un estimado de 20 MMT. Estas cantidades inmensas de plástico que caracterizan a nuestras sociedades modernas se acumulan en las zonas más urbanizadas y muchas veces terminan en mares y océanos. Para el investigador Charles Moore, de Algalita Marine Research Foundation (California, Estados Unidos), el plástico muestra un muy bajo nivel de degradación biológica y es por eso que tiene la capacidad de permanecer por miles de años en el agua, donde el desgaste mecánico y la luz ultravioleta generan la formación de partículas sumamente pequeñas (de menos de cinco milímetros) que se denominan microplásticos.
Según un estudio de la Universidad Estatal de San Diego (California), existen dos mecanismos a través de los cuales los microplásticos afectan a los organismos marinos. El primero es un mecanismo físico: el plástico degradado bloquea el sistema digestivo (esófago, estómago e intestino) de los animales y evita la ingestión, la digestión y la absorción de los alimentos naturales. El segundo es un mecanismo químico: el plástico libera sustancias tóxicas al agua que afectan a los organismos marinos. Hasta la fecha, se sabía que el consumo de plástico ocurría, pero no se conocían muy bien los efectos directos que podía tener en los organismos marinos, especialmente en sus etapas más delicadas: huevos, embriones y larvas.
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Recientemente, en Science, una de las revistas científicas de mayor impacto y prestigio, se ha publicado un trabajo titulado "Environmentally relevant concentrations of microplastic particles influence larval fish ecology", cuyos autores son Oona Lönnstedt y Peter Eklöv, investigadores de la Universidad de Uppsala (Suecia). En el trabajo, se investigó, de forma exhaustiva, cómo los microplásticos afectan el desarrollo, el comportamiento y la supervivencia de huevos y larvas de la perca de Eurasia, cuyo nombre científico es Perca fluviatilis. Esta especie habita, entre otros sitios, en el mar Báltico y migra aguas arriba para desovar en los estuarios y los lagos de agua dulce. La carne es suave y está disponible en el mercado todo el año. Es un pescado blanco, con un contenido proteico de 18% y un 4% de grasa.
En el estudio se expusieron huevos y larvas de perca a concentraciones moderadas y altas de micropartículas de plástico basadas en las concentraciones reales que existen en las costas suecas. En el primer experimento se expusieron los huevos fecundados a agua limpia y a dos concentraciones diferentes de microplásticos (moderada y alta). En el agua limpia, el 96% de los huevos eclosionó. El éxito de la eclosión se reducía al 81% en la concentración más alta de microplásticos. Este primer resultado brindó evidencia acerca de la existencia de algún compuesto tóxico en el plástico que se libera en el agua y aumenta la mortalidad de los embriones.
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En las etapas tempranas de la vida de un pez, las respuestas comportamentales rápidas y precisas son fundamentales para la supervivencia de la especie, ya que les permiten escapar a sus predadores naturales. Por eso, en un segundo experimento, expusieron larvas de percas de diez días a las mismas condiciones mencionadas. Las larvas criadas en agua con microplásticos mostraron una actividad locomotora mucho menor: nadaban mucho menos y estaban quietas por mucho más tiempo. Como esta pérdida de locomoción daba la pauta de que la respuesta de escape a los predadores se vería afectada, se realizó un tercer experimento sumamente interesante. En muchos peces que viven en grupo, ya sea como adultos o como larvas, si un individuo es lastimado o atacado por otro libera una sustancia que se fabrica en su piel y que se denomina compuesto de alarma. Este compuesto alerta a los demás integrantes del cardumen de que algo peligroso está sucediendo en el entorno, activa en ellos los mecanismos de huida o de una respuesta engañosa que se denomina freezing, en la que los animales se quedan quietos, como congelados, simulan estar muertos para evitar así la predación. Este tercer experimento demostró que, en los animales criados en presencia de microplásticos, todos los comportamientos relacionados con las respuestas a compuestos de alarma se tornan mucho más ineficaces y de baja intensidad.

Para corroborar esta ausencia de respuesta a predadores, se planteó un cuarto experimento mucho más natural en el que se ponía a las larvas —crecidas con microplásticos o en agua limpia— en presencia de una especie de pez que es un predador natural de la perca: el lucio europeo, Esox lucius. El 46% de las larvas criadas en agua limpia sobrevivió a sus predadores, el 34% de las larvas criadas en concentraciones moderadas de microplásticos sobrevivió y, en el caso de las concentraciones altas, no hubo sobrevida; todas fueron comidas por el lucio.
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Hasta este punto, estaba claro que había un efecto químico del plástico que alteraba el éxito en la eclosión de huevos y las respuestas de escape de las larvas, pero los investigadores se preguntaron finalmente qué sucedería con la alimentación en presencia y ausencia de microplásticos. Al medir la longitud de las larvas, se vio que aquellas expuestas a microplásticos eran mucho más pequeñas que las criadas en agua limpia, es decir, crecían menos. Se verificó luego que, ante la elección de un alimento vivo (zooplankton) o micropartículas plásticas, las larvas preferían comer plástico. Los investigadores terminaron de comprobarlo abriendo los estómagos de las larvas expuestas, donde vieron que sólo había microplásticos y nada de zooplankton.
Los resultados son sumamente preocupantes. Un trabajo anterior de uno de los autores había mostrado un aumento de la contaminación con microplásticos en el mar Báltico, junto con una declinación en el número de varias especies claves costeras, como la perca y su predador, el lucio europeo. Es probable que esto ocurra por la muerte de las larvas al ingerir plásticos. Cuando una especie comienza a mermar en su número, esto afecta también a otras, que se alimentan de ella, lo que genera un grave daño ecológico.
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Los microplásticos son un problema a nivel mundial. Este trabajo muestra de manera contundente su efecto sobre la sobrevida de los peces, que aparentemente preferirían consumir las micropartículas que se producen por el plástico que arrojamos al mar antes que su alimento natural: el zooplankton.
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