Cristina Fernández de Kirchner es hoy lo "inefable" en la Argentina, aquello que es imposible definir, aprehender, catalogar prever. Y lo es por su centralidad en el mapa político, porque acapara la atención de propios y ajenos, porque aún en momento de discursos mediatizados por el entretenimiento y la vacuidad, ella es una de las pocas figuras que tiñe el marketing con discursos sobre la "cuestión pública", pero, por sobre todas las cosas, porque se ha convertido en un protagonista inevitable. De la misma manera, aunque con menos dramatismo, que, luego del golpe de 1955, Juan Domingo Perón se convirtió en el armador de un juego imposible donde no era viable –para el establishment- un país con el peronismo ni sin el peronismo, hoy no es posible pensar una política competitiva ni con Cristina ni sin Cristina.

Pero también es lo inefable en el sentido de lo "indecible", de aquello que está maldecido por los poderes tradicionales, la Sociedad Rural, las grandes empresas, los economistas ultraortodoxos o lo "barbárico", en términos de reelaboración funesta de lo "populista", término vacío y estigmatizador que tiene más de invectiva que de descriptivo. Cristina significa todo aquello que el macrismo –como alianza del poder real formada por los "capitanes" de la deuda externa y el periodismo empresarial- desea borrar, extirpar, del país neoliberal. Reelaborando las palabras de John William Cooke, el kirchnerismo es hoy "el hecho maldito" del país neoliberal.

Por esa razón, en un primer momento, los estrategas mediáticos del gobierno nacional creyeron que la mejor opción era polarizar con Cristina. En su análisis de situación, creyeron obcecadamente que esa era la mejor opción para neutralizar a Sergio Massa y al mismo tiempo crear un enemigo fácil de derrotar. Hicieron ese cálculo suponiendo que el kirchnerismo ya había sido vencido en 2015 y que la campaña mediático-judicial contra algunos de sus referentes había dado resultados devastadores. Pero no tuvieron en cuenta que el malestar que económico y social que ha causado en un sector importante de la sociedad las políticas regresivas del macrismo puede resultar letal para el gobierno nacional. Porque es posible que vastos sectores de la provincia de Buenos Aires –los más defraudados y golpeados por las políticas de represión y empobrecimiento- visualizan que el verdadero voto castigo a Macri sea, al menos en estas elecciones, el apoyo a Cristina.

Cristina Kirchner siendo entrevistada por Hernán Brienza
Cristina Kirchner siendo entrevistada por Hernán Brienza

En tanto "inefable", Cristina no se quedó quieta. Para quien escribe estas líneas, se trata de la dirigente más interesante de los últimos 20 años en la política argentina. Por su dimensión histórica y su volumen de acción, por su experiencia legislativa, en la administración y la gestión, por su andamiaje ideológico, por la capacidad de llevar adelante políticas transformadoras, por su visión estratégica –fue la única figura capaz de plantear a los empresarios un modelo de desarrollo y de alternativa exportadora viables (sólo el menemismo lo había logrado antes que el Kirchnerismo, aunque con un signo contradictorio)-, por su componente dramático y por sus políticas mercado-internistas y redistributivas construyó un liderazgo con una clientela política fiel y convencida.

Obviamente, no está en la misma situación que la Cristina del 54 por ciento de votos del 2011. Pero, tampoco, es la presidenta del 2015. Se ha reinventado a sí misma. En campaña se ha mostrado reflexiva, serena, emotiva pero no sobreactuada, acompañada por distintos representantes simbólicos del desmoronamiento económico macrista. Y de esa manera recuperó el centro de la escena, a pesar del ninguneo de los medios de comunicación, y desde allí se planta como una alternativa absolutamente competitiva para las elecciones de octubre.

Marketing político mediante, tres perlitas adornan la nueva táctica electoral de Cristina: a) logró llevar su discurso al futuro y no al pasado, convirtiendo el centro de su mensaje a la crítica del gobierno nacional y a la esperanza en el futuro, sin sobreideologizaciones sino con ejemplos claros y concretos; b) no cuestionó a los votantes de los otros espacios políticos sino que les ofreció un puente de oro comprensivo; y c) en el cierre de campaña tuvo un gesto de autorreflexión y encontró una fórmula para reconciliarse con sus no votantes, es decir, pidió disculpas por algunos errores, reconoció alguna equivocación, admitió cierta falta de humildad.

¿Le alcanzarán sus características personales, su pasado y su táctica para las próximas elecciones? Nadie lo sabe. ¿Le permitirá subir el techo electoral que la campaña judicial puso sobre su cabeza para el 2019? Dependerá de cuán estruendoso sea el fracaso del macrismo, de los errores y los aciertos de la propia Cristina. Pero la gran pregunta es: ¿tendrá Cristina la voluntad política de continuar en el 2019? ¿Querrá? ¿Intentará asegurar la posta a un referente de su extrema confianza? ¿En alguien más joven de su propio esquema político? ¿Primará en ella su deseo personal o su ética de la responsabilidad y el deber como líder política?

Nadie puede saberlo más que ella. Y tampoco nadie puede decirlo ni predecirlo. Porque, claro, ella es lo inefable de la política argentina.

El autor es periodista y escritor