
El llamado del Papa Francisco al régimen de Nicolás Maduro para que suspenda el funcionamiento de la Asamblea Constituyente surgida de las elecciones del domingo pasado es la respuesta obligada de la Santa Sede al dramático agravamiento de la crisis venezolana. Pero más allá del imperativo moral que impulsa la apelación papal, conviene prestar atención a su "timing" político. Francisco apostó siempre a una transición política que evite un baño de sangre. En las actuales circunstancias, esa alternativa requiere inevitablemente el concurso de las Fuerzas Armadas, último reducto de un gobierno en crisis.
Francisco tiene un asesoramiento de primer nivel sobre lo que ocurre en Venezuela. El Secretario de Estado y virtual canciller del Vaticano, monseñor Pietro Paolo Parolin, se desempeñó como Nuncio Papal en Caracas durante el gobierno de Hugo Chávez, antes de cumplir idénticas funciones en Hanoi, donde tuvo a su cargo nada menos que la recomposición de las relaciones entre la Iglesia Católica y el régimen comunista de Vietnam. Tras el fracaso de las gestiones mediadoras que el Vaticano intentó realizar entre Maduro y la opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD), esas reconocidas dotes diplomáticas de Parolin están ahora nuevamente a prueba.
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Pero junto a Parolin y su diplomacia oficial, el Francisco guarda otro as debajo de la manga: el Superior General de la Compañía de Jesús, Arturo Sosa Abascal, electo el año pasado Superior General de la Compañía de Jesús (una orden históricamente habilitada a cumplir ciertas "misiones especiales" por cuenta del Papado), es uno de los más prestigiosos politicólogos venezolanos y conoce en profundidad los bastidores del régimen "chavista".
En su momento, la designación de Sosa Abascal, el primer no europeo en asumir como jefe de los jesuitas (una función caracterizada informalmente en los círculos eclesiásticos con el polémico título de "Papa Negro"), fue interpretada como un presagio. De hecho, Sosa Abascal fue autor de una descripción precisa de la naturaleza del régimen "chavista", al que caracterizó como "un sistema de dominación, no un sistema político que tiene legitimidad para funcionar tranquilamente". Puntualizó también que es "un sistema militar- cívico, porque lo militar es más importante".
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Esa interpretación de Sosa Abascal, cada vez más rubricada por los acontecimientos, coincide con la opinión del padre Luis Ugalde, director del Centro de reflexión y Planificación Educativa (CERPE) de los jesuitas venezolano, quien señala que el "país necesita un "nuevo Wolfgang Larrazabal", en alusión al almirante que encabezó la sublevación que en 1958 derrocó al dictador Marcos Pérez Jiménez y encabezó un gobierno de transición hasta el restablecimiento de la democracia.
Un detalle no menor: Sosa Abascal fue profesor de la Academia Militar de Venezuela. Es probable el "Papa Negro" haya quedado a cargo de materializar políticamente aquello que la diplomacia oficial de este "Papa Blanco" (el primero de formación jesuítica en la historia de la Iglesia), no está en condiciones de realizar.
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El autor es Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico (IPE). Ex Subsecretario de Planeamiento Estratégico de la Presidencia de la Nación.
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