
El engaño y la complicidad
De los genocidas que están sueltos
El indulto y el Punto Final
A las bestias de aquel infierno
Todo está guardado en la memoria
Sueño de la vida y de la historia
La Memoria – Leon Gieco/Mercedes Sosa/Victor Heredia
El Cabildo en un extremo, la Casa Rosada en el otro, la Catedral metropolitana vallada y la Pirámide de Mayo en el centro, todos testigos de otro grito histórico pero triste de lo tan repetido: "Señores jueces, nunca más un genocida suelto". Estela de Carlotto levantó la voz y las más de 500 mil personas levantaron sus brazos y sus pañuelos, pañuelos blancos, los de las abuelas y madres de la plaza que se transformaron en la insignia de la marcha contra el fallo judicial que concedió el beneficio del 2×1 a un represor. Algunos dirán medio millón, otros 800 mil, otros 250 mil. No importa. Lo único cierto fue que en un momento, la marea humana se trabó y nadie más pudo avanzar.
Fue quizá una de las tardes más frías de mayo. Esos atardeceres que ya dejan vislumbrar al invierno que llega apurado. Eso no importó. La convocatoria de las organizaciones de Derechos Humanos era para las 18, pero media hora antes todos los accesos a la Plaza colapsaron: Diagonal Norte, Diagonal Sur e incluso la avenida Corrientes. A este cronista le llevó 45 minutos llegar desde el Obelisco al primer extremo del Cabildo. Ahí, en ese punto y con el acto por iniciar, el tránsito de gente se detuvo. Ya no entró más nadie.

A lo lejos, pero cerca al mismo tiempo, esas falsas sensaciones que generan las marchas multitudinarias, se instaló el escenario principal, junto con un cartel claro: "Señores jueces: NUNCA MÁS. Ningún genocida suelto", en un negro brillante, fondo blanco y un rojo sangre. Desde ahí, Taty Almeida, dirigente de Madres Línea Fundadora, fue la primera en tomar la palabra. Definió el encuentro como una "jornada histórica" y destacó, por sobre todas las cosas, el uso del pañuelo blanco como distintivo, algo contra lo que se había manifestado Hebe de Bonafini, quien no participó de la marcha. Almeida explicó que la idea surgió en las redes sociales y que ellas la abrazaron: "Las Madres dijimos, ¿por qué no? El pañuelo es además el símbolo de los 30 mil, y acá estamos todos juntos reunidos con ese pañuelo blanco, que es la lucha que no afloja".
Los pañuelos se entregaron en distintos puntos cercanos a la plaza y fueron aportados por sindicatos, la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires e incluso una empresa textil. Todos ellos colaboraron en la logística y la entrega. A nadie le faltó su pañuelo. "El pañuelo no es un trapo blanco que te ponés para una fecha", había sentenciado Bonafini. A nadie le importó.
El color político fue incierto. En el centro de la plaza se mezclaron grupos de izquierda, sectores peronistas, kirchneristas y sindicatos. Por momentos fue difícil diferenciar a la gente autoconvocada de aquella que le impuso a la convocatoria un tinte antimacrista. Hubo de todo pero el mensaje, fuera de algunas excepciones, fue claro: un brutal golpe de realidad para la Justicia. "Nunca más el silencio. No queremos convivir con los asesinos más sangrientos de la historia argentina", afirmó Almeida, antes de cederle la palabra a Carlotto, quien fue la encargada de cerrar el acto. Entre discurso y discurso se mencionaron los nombres de los tres jueces de la Corte Suprema que votaron a favor del 2×1: Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz y Elena Highton de Nolasco. A los chiflidos masivos se sumó un cántico espontáneo: "que se vayan, que se vayan".

Carlotto destacó que la "sociedad reaccionó con firmeza" y deslizó que existen "nuevos vientos de impunidad". "Que nos escuche la corporación judicial porque no vamos a claudicar en la defensa por los derechos conseguidos. Afortunadamente la sociedad ha reaccionado con firmeza. Numerosos jueces rechazaron los pedidos de reducción de pena y excarcelación a muchos de los represores condenados por delitos de lesa humanidad", expresó.
Martín tiene 17 años. Sostiene un cartel con el rostro de uno de los 30 mil desaparecidos. Lo abraza de hombro a hombro, su papá, Alberto. Hay silencio entre ambos, solo miran lo que pueden llegar a dilucidar del escenario, que lo tienen tan lejos como este cronista. No quieren hablar, solo dicen sus nombres, pero antes de seguir Alberto se anima. "Salí del trabajo, lo fui a buscar y me lo traje. Él tiene que ver esto, entenderlo y trasladárselo a sus compañeros", le dice a Infobae. Todos apretados, se escuchan sus palabras y la gente que rodea lo felicita y de repente todos se abrazan. Personas en sillas de ruedas, nenes chiquitos, cochecitos con bebés, abuelos, adolescentes y treintañeros. Todos estuvieron representados en cada metro cuadrado.
Todo indica que también el gobierno nacional deberá tomar lo de hoy como un mensaje a su política de Derechos Humanos, que hace un sobregiro en un mensaje poco claro, de idas y vueltas, marchas y contramarchas. Gran parte de los asistentes forman parte del núcleo de votantes opositor al oficialismo, fue inocultable y la grieta parece ser aún más grande. La idea instalada es que la Corte Suprema se animó a ese fallo producto de una línea de coincidencia con el gobierno de Macri. Pese a que horas antes de la marcha el Presidente repudió la decisión de la Justicia, esa idea quedó instalada. Está instalada.

"Levantemos los pañuelos", gritó Carlotto y la plaza se fundió en un solo movimiento blanco de aplausos y gritos. El acto terminó y León Gieco empezó a sonar. En algunos rostros había lágrimas, en otros una sonrisa del deber cívico cumplido.
Los desaparecidos que se buscan
Con el color de sus nacimientos
El hambre y la abundancia que se juntan
El maltrato con su mal recuerdo
Todo está clavado en la memoria
Espina de la vida y de la historia
Otra vez se escuchó un "Nunca más". "Señores jueces, memoria, verdad y Justicia. Cárcel común a los genocidas", dice un cartel con el Cabildo de fondo, una noche de mayo. Nada más para escribir, señor juez.
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