Durante los años de dictadura militar, los militantes de los derechos humanos eran usualmente criticados desde algunos sectores políticos por ser "idiotas útiles" de las organizaciones armadas, que utilizaban a los derechos humanos como pantalla para ocultar su vocación de asalto al poder por la vía violenta, sin respeto por la Constitución Nacional y la democracia.

Era difícil escuchar esas críticas. Desde el aparato del Estado se secuestraba, torturaba, se hacía desaparecer hombres y mujeres sin ningún respeto por la ley y con absoluta impunidad. Son innumerables los testimonios -figuran en el Nunca Más– de personas que padecieron el sadismo y el tratamiento perverso de parte de quienes aseguraban que venían a poner orden en la vida nacional y, en su lugar, impusieron el terror y las condiciones inhumanas entre los detenidos y sus familiares y amigos.

Desde la llegada de Raúl Alfonsín a la presidencia hasta la actualidad, la Nación recorrió un largo camino para volver a imponer la legalidad y el respeto por el que piensa distinto como piso elemental de la convivencia. Con sus marchas y contramarchas, la democracia hizo de los derechos humanos una política de Estado que prácticamente no tiene detractores, y que sólo enfrentó fuertes discrepancias en el tratamiento procesal y carcelario a los represores, a quienes no siempre se les garantizó el principio de igualdad ante la ley. Salvo ese punto que, por cierto no es menor, y que hizo en muchos de los juicios de lesa humanidad un tratamiento "más de venganza que de justicia" (como solía decir el fiscal Julio César Strassera), Argentina parecía haber alcanzado un alto grado de consenso en la materia.

Evidentemente, se trató de un espejismo. El inesperado triunfo de Mauricio Macri, candidato de una coalición que carece de cuadros políticos con pasado guerrillero, parte de un colectivo que jamás reivindicó la lucha armada ni siquiera entonando loas a "la entrañable transparencia de tu querida presencia, comandante Che Guevara", está mostrando que la mayoría de los organismos de derechos humanos locales están más cerca de la reivindicación a las organizaciones armadas de lo que parecía.

Textualmente, uno de los párrafos del documento leído el viernes en el masivo acto para recordar el 24 de marzo, dice así:

"En esta Plaza, recordamos las luchas en los ingenios azucareros, las Ligas Agrarias, el Cordobazo, el Rosariazo y las comisiones internas en las fábricas, el movimiento sindical, estudiantil y popular, la militancia en las organizaciones del Peronismo Revolucionario: UES, Montoneros, FAP, Sacerdotes por el Tercer Mundo y FAL; la tradición guevarista del PRT, Ejército Revolucionario del Pueblo; y las tradiciones socialistas y comunistas, Partido Comunista, Vanguardia Comunista, PCR y PST; y tantos espacios en los que miles de compañeros y compañeros lucharon por una Patria justa, libre y solidaria".

Se podrá argumentar que los miles y miles que se movilizaron este 24 de marzo ni escucharon el documento y, aunque lo hubieran hecho, no necesariamente lo respaldan en todos sus términos. Pero se trata de la primera vez que en forma explícita se menciona -y con orgullo- a cada uno de los grupos armados, según lo reconoció uno de los redactores del documento, aunque no específicamente el encargado de ese tramo. "Cuatro organizaciones teníamos la responsabilidad de escribirlo y no todos pensamos lo mismo, pero nadie intervino en lo que escribió el otro, cada uno introdujo lo que quería y después se unieron las partes", explicó.

En el diálogo con Infobae se quejó porque solo se lo consultara sobre ese punto. Es verdad que no es lo único de lo que habla el documento. También se queja de que los funcionarios del Gobierno se reúnen con asociaciones que reivindican el terrorismo de Estado y ejercen el negacionismo, como el caso del ex ministro de Cultura porteño, Darío Lopérfido, y el actual titular de la Aduana, José Gómez Centurión.

Se trata de un reclamo curioso porque, de hecho, el Gobierno no avaló públicamente los dichos de ninguno. Aunque sí es probable que esté de acuerdo con ambos, ni se le ocurre decirlo. Más bien parece que a los organismos les molesta un asunto de énfasis, que Macri no haga de los derechos humanos el centro de su política, ni a favor ni en contra del gobierno anterior. Sigue bastante lo que ya se hizo, invirtiendo un presupuesto similar, y apenas trata de equilibrar un poco las cargas para no ser criticado por violar los derechos humanos de los encarcelados o procesados. No mucho más.

Igual, para los que se movilizaron, "Macri, basura, vos sos la dictadura". Se quejan de que la Secretaría de Derechos Humanos haya retirado la querella contra Alejandro Reynal y no haya apelado el sobreseimiento de Héctor Magnetto, Ernestina Herrera de Noble y Bartolomé Mitre por Papel Prensa. Y que fueron desmanteladas las direcciones de derechos humanos del Ministerio de Seguridad y del Banco Central, supuestamente dedicadas a buscar documentación de la dictadura. Otra vez, el énfasis.

Basta entrar a la página de la Secretaría de Derechos Humanos para ver un link titulado "La memoria es política de Estado", donde se destaca que "en el año 2003, por primera vez, el Estado asumió un profundo compromiso para terminar con esa impunidad" pergeñado "por los responsables del accionar represivo" y avalada por "los gobiernos democráticos inmediatos a la dictadura". Si el Gobierno de Cambiemos no homenajea el coraje de Raúl Alfonsín que convocó a la CONADEP y el histórico Juicio a las Juntas Militares, ¿por qué lo va a hacer el kirchnerismo, que hizo de los derechos humanos un instrumento de posicionamiento político?

Hace exactamente un mes, el secretario de Cultura, Iván Petrella, escribió un artículo donde postuló algo bastante parecido a una (todavía ausente) política para los derechos humanos en el siglo XXI. Habló de la necesidad de empatía para desatar el nudo gordiano de las heridas de los 70. "Empatía, por ejemplo, con la Madre de Plaza de Mayo Hebe de Bonafini, quien sufrió la desaparición de dos hijos, Jorge Omar y Raúl Alfredo. Empatía con la familia del militar Lambruschini, que perdió a su hija Paula, de quince años, por una bomba de Montoneros, y con la familia de Margarita Obarrio de Villa Ricardo Álvarez, que no eran ni militares ni pertenecían a ninguna organización, pero que murieron a raíz de la misma bomba".

Cualquiera que haya escuchado la confesión antidemocrática de Hebe en la marcha de ayer diría que se trata de una postura, cuanto menos, ingenua. Ni qué decir si a eso se le suma el insólito gift que se vendía en las calles de un helicóptero amarillo al módico precio de 100 pesos. Se hace muy difícil desplegar una política de derechos humanos que contenga a todos los actores sociales y reconstruir un consenso que transcurra por el centro del arco político, conteniendo más a los que pretenden reforzar la institucionalidad y menos a los que trabajan para quebrarla.

Además, el dolor del otro siempre parece menor cuando la distancia es ideológica, cuando la respuesta a las heridas expuestas del que piensa distinto fue el desprecio o la persecución. O, peor, la indiferencia. Una herida no duele más porque es de izquierda o menos porque es de derecha. Ni lo contrario. Si este país quiere entrar en el siglo XXI tiene que aprender a respetar el sufrimiento ajeno, no importa de quién se trate. Seguir alimentando el odio nos lleva directo a repetir nuestros fracasos, siempre nacidos de la lucha fraticida.

La marcha del 24 fue la quinta que se realizó contra el Gobierno en el mes. Marzo se transformó en una verdadera pesadilla para el oficialismo y en un mes épico para la oposición kirchnerista que siente, más que nunca desde que perdieron las elecciones, que "vamos a volver" más temprano de lo que imaginaban.

Mientras tanto, lo único que pretende hacer Cambiemos es seguir confiando en la esquiva reactivación y perseverando en su curioso método de gestión. No piensan en coartar la libertad de expresión ni limitar las movilizaciones. Aún tienen que probar que su trípode de gestión funciona, aunque están seguros de que sólo necesitan paciencia y valor. Es que están convencidos de que si tuvieron el coraje de llegar hasta acá, contra todos los pronósticos, con un poco más de empatía con los propios podrán lograrlo.

Por las dudas de que no alcance, amigos del Gobierno que creen que se está incubando una estrategia destituyente están organizando una gran movilización. Convocan para el 1 de abril a las 19 en algunas esquinas de la Ciudad, en Callao y Santa Fe, Corrientes y Pueyrredón y Belgrano y 9 de julio, para marchar hacia el Obelisco.