
Terminaba el año 2006. El reclamo por el esclarecimiento de la desaparición del testigo en juicios por crímenes de lesa humanidad Jorge Julio López estaba tomando cada vez mayor amplitud. El 17 y 18 de noviembre varias agrupaciones se habían concentrado en el Obelisco, al cumplirse dos meses de la desaparición, en una jornada de protesta.
Y el 7 de diciembre, la 26ª edición de la Marcha de la Resistencia de las Madres de Plaza de Mayo y demás organismos de Derechos Humanos estuvo consagrada a reclamar la aparición de Julio López. La expresión "desaparecido en democracia" no podía menos que empañar el relato oficial sobre el pasado.
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Fue entonces cuando irrumpió la noticia de otra desaparición de similares características.
El 27 de diciembre de 2006, familiares y compañeros de militancia denunciaron que otro testigo de la represión ilegal, Luis Gerez, había desaparecido. La noticia causó impacto porque estaba muy candente el debate sobre si el gobierno protegía debidamente a los testigos de los juicios por crímenes de lesa humanidad; por otra parte, no había habido ningún avance en la investigación, ningún indicio sobre el paradero de López y sólo especulaciones en torno a los motivos y los posibles instigadores de su secuestro.
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De pronto, otro caso, con muchas similitudes.
Como Julio López, Luis Gerez era albañil de profesión. Como Julio López, había sido víctima de secuestro y torturas durante la dictadura. Como Julio López, era testigo en una causa. En esos días, había declarado en la Cámara de Diputados contra el ex subcomisario Luis Patti, por su actuación en Escobar, para impedirle asumir una banca.
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La noticia de un nuevo "caso López" resultó impactante. Pero tal vez no tanto como su expeditiva resolución.
Luis Gerez fue liberado a las 48 horas. Dijo que había sido secuestrado en la calle, encapuchado y esposado, encerrado en un galpón y sometido a torturas. Mostró las marcas de ligaduras en las muñecas y de quemaduras de cigarrillos en el pecho.
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Vale la pena hacer un repaso de cómo se sucedieron los hechos en ese diciembre que, una vez más, preanunciaba un cierre bajo signo ominoso, como el de Cromañón, dos años antes.
Dos días después de la desaparición de Gerez, el presidente Néstor Kirchner, poco afecto a los discursos, habló por Cadena Nacional –todo un acontecimiento, era apenas la segunda vez que lo hacía- para exigir, con tono firme, la liberación del albañil, pero también para señalar a sectores, que no identificó, que con estos presuntos aprietes a testigos, buscaban hacerlo desistir de su política de Memoria, Verdad y Justicia, cosa que aseguró que no haría.
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Eran las 8 de la noche del 29 de diciembre de 2006. Menos de una hora después, Luis Gerez fue liberado. Desde el entorno presidencial se informó de una emotiva llamada entre el albañil y Néstor Kirchner y su esposa. Pese a la natural conmoción, Luis Gerez pudo pronunciar en esa charla una frase memorable, casi estudiada, cargada de simbolismo: "En estos días me mataron 30 mil veces y hoy resucité 30 mil veces".

También desde la Casa Rosada, vino la lectura -o el relato, si se prefiere- de lo sucedido. Gerez, con toda evidencia, había sido secuestrado por gente de Luis Patti. "No tenemos datos firmes, pero lo que se buscaba con Gerez era que no siga testimoniando en la causa Patti y hay un principio rector de la novela policial que dice 'dime quién se beneficia con el crimen y te diré quién es el asesino'", dijo por ejemplo Alberto Fernández, entonces jefe de Gabinete, en declaraciones a radio Mitre.
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Eso sí, el "asesino" no pudo completar su obra porque las fuerzas de seguridad hicieron gala de una desacostumbrada eficacia. Un diario ponía en boca de "referentes bonaerenses" el argumento de que "el discurso presidencial" había mostrado que "la cosa iba en serio".
En esos días, según la fuente que se consulte, hubo entre 25 y 50 allanamientos, cientos de policías –bonaerenses, federales y gendarmes- en la calle y sobrevuelos con helicóptero en la zona. Los secuestradores, ante semejante despliegue, se sintieron en peligro, acorralados, y forzados a liberarlo.
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El caso, en la versión oficial, tenía por lo tanto un interesado o un instigador muy obvio. Y muy tonto, podría agregarse.
El día de su secuestro, Gerez, que estaba en casa de un amigo, salió de pronto con la finalidad de ir a comprar carne para un asado, dejando su celular y su billetera. A las pocas cuadras, un grupo de personas lo introdujo a la fuerza en una camioneta. Con una capucha en la cabeza fue trasladado a otro vehículo que no podía identificar y de allí llevado a un galpón.
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Durante la conferencia de prensa posterior a su liberación, Gerez agradeció al gobierno: "Haber llegado a esta situación es un triunfo de la democracia, de la decisión firme de un gran presidente, del acompañamiento del gobernador –en referencia a Felipe Solá- y todo su equipo". Pero luego las preguntas de los periodistas sobre las torturas sufridas lo pusieron muy nervioso, al punto que su esposa interrumpió la rueda de prensa y lo sacó del lugar rápidamente.

Luego de este final redondo, el gobierno se autocongratuló por la resolución del caso y la familia presidencial se retiró a El Calafate, donde acostumbraba celebrar la llegada del Año Nuevo. Todos felices. Menos la familia de Julio López, obviamente.
Recorriendo los archivos de la época, resulta llamativo el despliegue de elogios en voceros que poco después serían señalados con el dedo y que en esta ocasión actuaron como amplificadores de los méritos oficiales: fue la firmeza mostrada por las autoridades, y la celeridad y coordinación en los operativos lo que liberó a Luis Gerez de las garras de sus captores.
Pero a las pocas horas, el panorama empezó a opacarse con sospechas sobre la veracidad de todo lo sucedido. La palabra "autosecuestro" apareció en letras de molde, como le gustaba decir a CFK.
Al relato algo balbuceante de Gerez que, por caso, no dio precisiones sobre el modo en que fue liberado, se sumaron las declaraciones de su hijo José Luis, unos días más tarde. El joven habló con la franqueza y el sentido común que dan la inocencia: "A mi viejo lo secuestraron para beneficiar a Kirchner", lanzó, en una entrevista con el diario Perfil, el 7 de enero de 2007. Además, denunció que no veía a su padre desde hacía varios días: "No tengo un teléfono donde contactarlo. No sé donde está, adónde lo tienen. Es como si lo tuvieran preso de vuelta. Como si estuviese secuestrado otra vez". Gerez estaba inhallable; sobre todo para los periodistas.
Su hijo también puso en duda la versión oficial sobre la autoría intelectual del hecho, apelando nuevamente al sentido común: "Si realmente lo hubieran querido callar, directamente lo hubieran mandado a matar".

León Arslanian, entonces ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, también dio la nota: cuatro horas antes de la aparición con vida de Gerez, había augurado con mucha seguridad "un final feliz" para el caso. Días después, en una entrevista con La Nación, el 14 de enero de 2007, aclaró que aquello sólo fue una expresión de deseos y no insight information. Sin embargo, en la misma oportunidad, atribuyó el hecho a "grupos parapoliciales que quieren sembrar terror" y sostuvo que su gobierno tenía "identificados" a estos sectores que buscaban desalentar a los testigos de causas sobre la represión ilegal. "Sabemos de personas que pueden estar vinculadas a una acción de estas características", dijo. Pese a ello, jamás hubo detenidos por el secuestro.
En cambio sí hubo fiscales que pidieron imputar a los testigos del entorno de Gerez por falso testimonio y obstrucción a la justicia. El motivo fue que pocos días después salieron a la luz audios telefónicos en los que el albañil secuestrado pedía asesoramiento a un funcionario provincial sobre cómo eludir dar testimonio ante la justicia. Una cosa es hablar ante los medios, otra bajo juramento.
En otro audio revelado, dos amigos de Gerez se ponían de acuerdo en cómo testimoniar: "Ya sabés lo que te van a preguntar, ¿no? A quién le avisaste primero; si me dijiste a mí que Luis había aparecido. Bueno, deciles que sí, porque yo ya les dije que fuiste vos el que me avisó".
El tiempo va tejiendo telarañas que todo lo cubren. Y éste no será el primero ni el último caso político-policial no esclarecido. Pero si todo esto tuvo una finalidad propagandística, sin consecuencias graves, cabe recordar que Jorge Julio López lleva diez años desaparecido y que la investigación de su secuestro ha sido un rotundo fracaso.

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