Más allá de las visiones políticas acerca del Estado, conforme la visión particular de los principales autores, como Hermann Heller, Thomas Hobbes, Karl Marx, Max Weber, se trata de contar con un territorio y una población organizados jurídica y políticamente para la estructura social, jurídica, política y económica, y que, a través de un gobierno, se lleven adelante los planes de Estado. Surgen entonces las diferencias en cuanto a la medida de la participación del Estado en la planificación y la intervención, en especial, en el ámbito de la actividad económica. Sin duda, el Estado tiene un papel de coordinación de políticas públicas, sin que ello implique sustituir la actividad privada, al punto de suprimirla.
Ese protagonismo del Estado tiene como objetivos el desarrollo de las actividades con la búsqueda de la equidad, asegurando que el crecimiento económico y social sea precisamente con fundamento en la igualdad de oportunidades y no en la mera ganancia económica de grupos más preponderantes por sobre los más vulnerables. Para ello, también posee facultades para la promoción de sectores sociales y territorios más alejados y comunidades marginales. Todo ello se complementa con su misión en las relaciones internacionales, cuyos resultados sean para beneficio de su territorio en toda su extensión y de su población.
Encontramos en este punto lo que llamamos el "principio de subsidiaridad", que es precisamente aquel que impone al Estado ciertos deberes, sin inmiscuirse indebidamente en aquello que los propios individuos pueden realizar por sí mismos. Es la esencia del pensamiento social cristiano, que busca no anular a la persona ni desfigurar su dignidad. A su vez, significa el deber del Estado de no descuidar las situaciones de injusticia social, para equilibrar las situaciones y procurar el desarrollo que solamente en algunos casos el Estado puede proveer, conjugando entonces el debido respeto por la actividad privada con la planificación de políticas públicas y la intervención estatal en su correcta dimensión. Ello significa no dejar todo al mero arbitrio de lo individual, ni tampoco caer en el estatismo que todo lo controla y todo lo decide, pues de esto último se desemboca inexorablemente en la anulación de las libertades. Con respecto al límite a la acción individual, este lo marca la búsqueda del bien común.
La visión demócrata cristiana se diferencia claramente del marxismo, pues este niega la trascendencia del hombre a través del llamado "materialismo dialéctico", razonamiento que considera que todas las actividades del hombre están determinadas por las condiciones materiales de la existencia humana, lo que desemboca en la lucha de clases, como si fuera esta una especie de necesidad histórica. El marxismo considera que, debido a los perjuicios causados por el capitalismo, se ha de llegar a la eliminación de las clases sociales y de la propiedad privada para igualar a todos los hombres sin que puedan ser explotados. Pero este determinismo materialista anula la libertad humana y se contradice, ya que, al ser las relaciones económicas determinantes, impide el espacio de actuación de las personas. También hemos de rechazar el uso de cualquier medio para el supuesto triunfo de un proletariado, porque equivale a un pensamiento ideológicamente perverso que en los hechos ha demostrado el sometimiento de los pueblos, como históricamente ha quedado evidenciado en diversas naciones.
En cuanto al liberalismo económico, su concepción individualista es contrapuesta a la doctrina social cristiana, en cuanto niega la vida en comunidad al enfocar todo su interés en el individuo, no como miembro de algo en común, sino como simple ser despegado del resto, como si no fuera posible ninguna asociación humana. Pero si bien al principio parece beneficioso mencionar que ello se realiza en nombre de la libertad, en el ejercicio real existen profundas diferencias resaltando sólo la ganancia. En tales situaciones esas ganancias siempre serán del más poderoso frente al más débil en la cadena de relaciones humanas, pues la riqueza es el resultado del juego espontáneo de competencias. Pero entre el fuerte y el débil, muchas veces la libertad que se proclama termina por esclavizar. Ello sucede cuando se toma a la ganancia como único elemento regulador de la economía, sin reparar en las condiciones humanas en que esa ganancia se obtiene. Es en función de la libertad que el dogmatismo liberal económico considera que el Estado nunca debe intervenir porque, de lo contrario, se generarían mayores problemas, aunque de este modo se impida incluso el orden moral de la economía, siendo el lucro el único objetivo.
A fin de contrarrestar interpretaciones equivocadas o malintencionadas, dejemos claro que los demócratas cristianos no pretendemos ignorar los aportes históricos que el liberalismo ha dado en el desarrollo de la democracia republicana, pues de allí surge que en nuestra Constitución Nacional se hallen garantizados los derechos individuales, el derecho de propiedad, la representación republicana, la división de poderes, etcétera. Tampoco negamos la importancia al sentido de la competencia ni al mercado y la ganancia; pero no consideramos estos elementos como únicos y supremos reguladores de la economía, lo que deja de lado la ética social.
En consecuencia, preferimos mencionar el carácter humano de la economía, como disciplina puesta al servicio de una realización integral del ser humano, dando un sentido de servicio y trascendencia a las actividades que buscan la producción de bienes y servicios, el trabajo y el intercambio comercial. Por lo tanto, la humanización de la economía no se agota en la mera denuncia de la explotación, el uso y el descarte, sino en un compromiso de crear las herramientas que generen prosperidad en un marco de respeto por el prójimo y de sentido de trascendencia humana. Que el consumo no sea el consumismo y que el ser humano sea el factor primordial de la actividad económica y no una variable de dicha actividad, es decir, una economía social de mercado.
Ello exige un compromiso de pensamiento coordinado con la acción para que este principio no sea una enunciación utópica. Por lo tanto, debemos buscar la armonización de la actividad económica con los principios del humanismo cristiano y su puesta en práctica en los planes de Estado, situando por encima el ser, buscando la equidad y la igualdad de oportunidades como motor de un ciclo virtuoso de desarrollo integral. Obviamente, en un contexto de libertad, pues sin libertad no se consigue justicia ni paz. Hablamos del desarrollo puesto al servicio del hombre y no al servicio sólo del consumo, cuyos excesos ya están dejando al planeta en graves crisis.
En síntesis, consideramos que el pensamiento demócrata cristiano es superador del individualismo liberal que ve al ser humano como una variable económica y del estatismo colectivista que anula todas las libertades. Las cosas al servicio del hombre; y no el hombre al servicio de las cosas. La política y la economía, al servicio del bien común.
El autor es abogado. Referente de la Democracia Cristiana.
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