La historia demuestra que en distintos momentos de la humanidad los intelectuales suelen aferrarse a un concepto para que este sirva como vector en la comprensión del presente, y así proyectar sobre el futuro.

A finales de los años cuarenta, en la época de la posguerra, el concepto de moda era la modernización, y sus variantes: el desarrollo y el progreso. Sin embargo, conceptualmente lo que constituía la modernización no estaba muy claro. Tampoco lo estaba el curso de modelo al que las naciones debían aspirar en la búsqueda del progreso y el desarrollo que permitieran alcanzar la anhelada modernización.

Desde mediados de los sesenta y hasta entrados los años setenta, Beirut, la capital del Líbano, era el destino favorito de los intelectuales de todo el mundo que deseaban probar esas ideas en un país que tenía la rara distinción de un funcionamiento económico, político y social democrático en una región donde la democracia no era la característica, y que adoptó el concepto de modernización con entusiasmo.

Puedo imaginar que, para un periodista, la llegada de tantos intelectuales importantes, entre ellos gente como Gunnar Myrdal, W. Rostow, G. Galbraith, Raymond Aron, Henri Lefebvre, Carlo Schmidt, Talcott Parsons y David Apter, hicieron de Beirut el equivalente de una tienda de golosinas para un niño. El mensaje de todos estos pensadores de aquel momento fue: "Continúen, apúrense, modernicen".

El tema de la modernización era abordado en gran cantidad de debates televisivos en Beirut, se veía a los intelectuales locales y árabes de países vecinos discutir intensamente las mejores opciones para que Oriente Medio "entrara en el mundo moderno". Lo que no sabían en ese momento era hasta qué punto las sociedades "orientales" ya habían llegado a ser modernas adoptando algunos de los aspectos más controvertidos del modelo occidental.

Las tradiciones, que habían proporcionado una brújula moral durante siglos, fueron rechazadas en ese tiempo por ser incómodas y hasta por simbolizar un elemento de atraso. Las antiguas instituciones, tales como gremios, jerarquías clericales y redes familiares que habían contrabalanceado el poder del Estado, se disolvieron o se debilitaron y dejaron el poder concentrado en manos de unos pocos en el gobierno central que sostenían a rajatabla "que había que ser solidarios con los desplazados palestinos y progresar en el avance a la unidad árabe"(¿?).

El objetivo era "occidentalizar" lo más rápido posible, incluso si eso significaba la destrucción de la propia cultura, que no era la árabe, sino la fenicia ancestral, que en esos tiempos amenazaba con atrofiarse.

Para aquellos que querían lo mejor de los dos mundos, el modelo ideal era Japón, una nación que se suponía que se había occidentalizado manteniendo sus valores y sus instituciones tradicionales. Lo que esos admiradores de Japón ignoraron fue la forma en que los japoneses habían "entrado en el mundo moderno". Se olvidaron que el Japón moderno y occidentalizado que admiraban había nacido en Hiroshima y Nagasaki, y que fue apoyado por una fuerza de ocupación americana que los sostuvo durante décadas posteriores.

Así, ignoraron que la modernización a la japonesa requirió un bautismo de fuego sumamente doloroso y por el que pocos estarían dispuestos a transitar.

Otra cosa que ignoraron fue que, en Oriente Medio, la maquinaria del Estado se había modernizado, había aumentado arbitrariamente sus poderes y desarrollado nuevos modos de control, manipulación y represión. Esto, a su vez, había llevado a la occidentalización de parte de la sociedad tradicional, que en esos tiempos comenzó a usar una narrativa esencialmente occidental en su lucha contra el orden establecido.

La guerra civil libanesa de 1975 mostró el salto del Líbano a lo peor de la occidentalización. El conflicto fue mostrado al mundo como una revolución, un concepto occidental absurdo si se repasa la historia de las revoluciones acaecidas en Occidente durante el siglo XX y sobre el cual se tuvo que inventar la palabra saura ('revolución' en lengua árabe) para no utilizar el término eqelab ('golpe de Estado').

Los únicos métodos tradicionales que utilizaron los que dispararon la guerra civil consistieron en apoderarse de rehenes, asesinar cristianos, apedrear a las mujeres hasta la muerte, pretender liberar Palestina, pero desde El Líbano, no desde Jerusalén y, por supuesto, matar en masa a oponentes reales o imaginarios. El sistema que crearon fue más parecido a 1984 de George Orwell que a la polis virtuosa de los griegos.

Cuatro décadas más tarde, el escenario político libanés y del mundo árabe en general se parecía más a la Cosa Nostra que a gobiernos democráticos tradicionales. Sin embargo, parece que la modernización se está extendiendo y ganando espacio en la región.

Esto pensé días pasados, mientras veía varios videos de Siria e Irak en una presentación especial de la cadena Al Jazeera, donde observé un Oriente Medio "modernizado", con ejércitos marchando a través de llanuras quemadas, soldados y mercenarios maldiciendo en una docena de idiomas diferentes, el coro de los cañones y la coreografía de carros blindados y tanques.

Vi refugiados y campamentos de personas desplazadas, alambres de púas, torres de vigilancia y altavoces que difundían "la última versión de la verdad". Había campos minados y madres sufriendo por sus hijos desnudos víctimas de ataques con gas y armas químicas. Los cielos estaban salpicados de aviones de guerra lanzando más bombas sobre Siria e Irak que sobre Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Un completo paisaje de ruinas que me recordó a Berlín, Varsovia o Leningrado en 1945.

En otras palabras, todo muy moderno, muy occidental y con gran parecido a la Europa de 1918 o 1945, sólo que magnificado muchas veces gracias al poder tecnológico superior de destrucción que tenemos ahora. Las imágenes de Siria e Irak me recordaron los documentales de Europa sobre la Segunda Guerra Mundial, y a Japón luego de Hiroshima y Nagasaki.

Al parecer, hace mucho tiempo que Oriente Medio se modernizó y occidentalizó, a menudo sin que reparemos en ello. Irán se modernizó en 1980, cuando Khomeini organizó la ejecución de al menos cuatro mil personas en un fin de semana. Siria se hizo moderna en 1982, cuando Hafez al Assad mató a veinte mil personas en una semana en la ciudad de Hama, algo que ningún califa omeya podría haber imaginado. ¿Y acaso no fue una señal de la modernización de Irak cuando Saddam Hussein gaseó a cinco mil de sus propios ciudadanos en los años ochenta?

Los resultados de sueños de modernización y occidentalización de generaciones están frente a los ojos de quien los quiera ver y, gracias a la tecnología, son inmediatamente observables incluso en las partes más remotas del mundo. Lo cierto es que, en su estrepitoso fracaso, los gobernantes árabes han "modernizado" sus sociedades y han creado con ello más escombros de los que se podrían extraer del Everest.

Las dictaduras regionales generaron enjambres de refugiados y campos plagados de cadáveres a través de las miles de hectáreas de estiércol ideológico que han sembrado junto a las organizaciones terroristas que apañan. Así, han dinamitado el camino a la modernización tanto como destruyeron el acervo cultural de nuestros ancestros amparándose en "las costumbres". Sin embargo, la única costumbre a la que rinden culto es a negar las responsabilidades propias culpando siempre por todo y de todo a los demás.