El populismo nacional recuerda a esas estaciones de servicio y cafeterías de las películas norteamericanas con un letrero "nuevos dueños" o "under new management", donde nada más ha cambiado, salvo el cartel. Esa afirmación surge simplemente de analizar las cuentas de todas las jurisdicciones y sus desastrosos efectos en el déficit y colaterales. Entiendo por populismo la definición de Francis Fukuyama: "Un mecanismo por el cual los gobiernos coimean a los ciudadanos para conseguir sus votos".
Los piquetes consentidos y tolerados, salvo que corten el Metrobus, son una de las formas más elementales en que se presenta el fenómeno, pero no constituyen un hecho menor. La sensación generalizada de que la calle está en permanente asamblea y que cualquiera avasalla derechos tan elementales como el de circular provoca una indignación y una desazón que afectan decisiones económicas de fondo al promover un desánimo masivo de la sociedad.
Cuando además se premia a los entrepreneurs del piquete, la capucha y el desorden con grandes planes, subsidios y leyes que lo hacen rentable, ya el tema no es meramente filosófico, es aumentar irresponsablemente la dádiva para conseguir adhesiones. O sea, la terrible definición de Fukuyama. Peor aún, esas dádivas se hacen en detrimento de otras necesidades, casi siempre más ciertas y graves, que no han tenido la suerte de conseguir algo de poder para poner a la venta.
Cambiemos, menos hábil que el peronismo-kirchnerismo para negociar con malandras, cae con más facilidad en la trampa del toma y daca político. Compra caro el humo que le quieran vender. Basta el ejemplo de las negociaciones por las obras sociales, donde se terminó inmolando el equilibrio fiscal con un óbolo altísimo a un sistema corrupto, repudiado e ineficiente, o mejor, a sus propietarios sindicalistas, para encontrarse a los pocos días con que quienes tenían que devolver el favor se alejaban de la conducción de la CGT. Dispendio e inocencia.
Tampoco ha hecho nada destacable Cambiemos para desmontar el populismo heredado. Al contrario, cada vez que ha intentado reducirlo o acotarlo parece que deliberadamente se tomaran las medidas más antipáticas y erróneas, que obran como una vacuna para que nada cambie. Tal fue el caso de las pensiones por invalidez laboral, donde una práctica evidentemente corrupta, irresponsable y masiva se intentó subsanar con métodos pueriles, como si se hubieran elegido los casos ideales para que se originara la reacción que condujo a tener que retroceder. O el Conicet, donde ocurrió algo similar. ¿Se trata de mera inocencia de incapacidad de gestión o es que el sistema prefiere que haya populismo para lucrar con él política y económicamente?
El rígido engendro legal laboral y su correlato judicial es uno de los peores populismos, porque no sólo ha fogoneado la industria del juicio, sino que hace que las pymes, que son quienes más sufren sus efectos, prefieran no ampliar su actividad cuando tienen mercados, para no fundirse en el intento. El corte del ex personal de PepsiCo Snacks, apoyado por todas las murgas piqueteras y combativas, es parte del círculo vicioso que se ha creado y tolerado, y que no es cierto que se esté cambiando.
En el centro del problema está el populismo contenido en el gasto. En todos los gastos de todas las jurisdicciones, donde al dispendio kirchnerista se le suma la contribución de Cambiemos, con los efectos conocidos. Nuevos cargos, nuevas designaciones con denominaciones dignas de Les Luthiers, más subsidios, más reglas.
Sabemos hasta el aburrimiento la respuesta unánime de los funcionarios y de sus partidarios: "Si no se hace esto, incendian el país", "No se puede cambiar en un año", "¿Qué hacemos con los pobres y los desocupados?" y similares. Nadie explica por qué, además de no bajarse, se aumenta la dádiva, ni hasta qué límite o nivel se cree que se podrá seguir haciéndolo.
En términos económicos, el Gobierno ha elegido autoengañarse, y ¿engañarnos?, diciendo que bajará el gasto, en definitiva, el populismo, en porcentaje, no en valores absolutos, vía el crecimiento del producto bruto. Además de que el presente nivel de gasto es una rémora que hace cada vez menos viable el crecimiento, el gasto, la dádiva y la corrupción autoajustan también por PBI. Tal concepto planteamos en una nota de hace dos años.
Al enarbolar un gradualismo que ni siquiera es tal, ya que la coima a la población no baja sino que sube, el Gobierno sólo patea la pelota lejos del arco, para encontrarse a los pocos minutos en una nueva situación de peor riesgo. Por eso ahora se está hablando de que luego de ganar las elecciones de octubre, "entonces sí vendrán los cambios profundos". Suponiendo que Cambiemos supiera lo que quiere cambiar, habría que explicarle que esa frase se ha escuchado muchas veces en el anfiteatro de la república, con efectos nulos.
Se debe comprender la naturaleza del problema. El populismo, como el cáncer, tiene cura si se detecta y ataca a tiempo. Si se lo deja avanzar, si las células malignas tienen tiempo y oportunidad de atacar otros órganos, la cura es cada vez más problemática y lejana. Siempre que se trate de eliminarlo o reducirlo, la resistencia será feroz. Las células nocivas lucharán por su supervivencia aumentando su resiliencia y encontrando nuevos métodos de defensa para cualquier cura que se intente.
Sea que se lo ataque ahora o dentro de un año, el populismo y sus coenfermedades, el proteccionismo y el sindicalismo, reaccionarán violentamente. Huelgas, piquetes, paros, cortes, encapuchados, ataques en la prensa y las redes sociales y también votando en contra de quienes intenten erradicarlos.
Proponer "cambiemos" implica justamente librar esa lucha, explicar, persuadir, demostrar, impulsar cambios, imponerlos y comprometerse a resultados. El caso de Suecia es digno de análisis, en especial para quienes creen que el país escandinavo es aún socialista. Y si en ese camino, hay que arriesgar el poder, se lo arriesga. Por eso el concepto del poder por el poder mismo del maquiavelismo es de una pusilanimidad y mediocridad superior.
Es cierto que, si se aumentan las tarifas con un Excel y se mandan facturas de 10 mil pesos a un viejito con un pulmotor, o se le quita la pensión a un cuadripléjico, tales medidas no resultarán de ayuda para nadie. Por eso, resulta importante la capacidad de gestionar de los funcionarios, que casi siempre son multitarea y entonces inútiles para todo servicio. También es cierto, para dar un sólo ejemplo, que los planes para no trabajar están ya frenando el empleo de las pymes, que no encuentran trabajadores que quieran trabajar en blanco o, si los encuentran, tienen un juicio a los tres meses. El cáncer en su mejor fase de crecimiento.
Por último, todos los riesgos políticos tienen sentido si se logra que el país llegue a una discusión de fondo: ¿Para qué sirve la democracia si las medidas que tome el gobierno elegido por el pueblo serán impedidas o anuladas por una huelga, un piquete o una protesta? Un gobierno es elegido para que conduzca el Estado. Eso incluye el manejo del gasto público, los sueldos que paga, la dimensión de la administración, los subsidios, la política salarial, los impuestos. De lo contrario, el derecho a la huelga, el piquete, el corte y la protesta empiezan a chocar contra la democracia. Se llegaría entonces a un gobierno de intrascendencias, como la entrada o no de mascotas a restaurantes.
La reforma marxista de la Constitución de 1994 consagra la imposición al Estado, en su papel ficticio de empresa empleadora, de la obligación de conservar eternamente a los empleados públicos en sus cargos. Una metástasis del populismo.
Nada de lo dicho pretende ignorar ni la pobreza, ni el desempleo, ni el drama de la salud, de la vivienda o de la ancianidad. Sólo trata de decir que quienes intentan resolver esos dramas con estas soluciones sólo los están agravando. Como el cáncer tratado por charlatanes que en teoría no producen sufrimiento ni requieren quimioterapia ni rayos.
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