Venezuela está entrando en una fase terminal. Nicolás Maduro se sacó la careta y muestra su peor rostro. Miles y miles de venezolanos desesperados que salen a protestar y son reprimidos salvajemente. Como lo hacían los zares de Rusia antes de la revolución o Augusto Pinochet en Chile o Francisco Franco en España o Stalin en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La gente pide comida, remedios y libertad. Que la escuchen en las calles y en las urnas. Pide que se cumpla la Constitución, se convoque a elecciones locales y se active el plebiscito revocatorio. El tirano resiste y se le burla en la cara. La situación no da para más.
Los puentes del diálogo están completamente dinamitados. No hay nadie en Venezuela que pueda unir y sentar a ambas partes para encontrar una salida negociada. Hasta el papa Francisco fue burlado en su buena fe por la perfidia, la simulación y la falsedad del régimen. El fracaso de las negociaciones de los últimos meses estuvo basado en que Maduro nunca quiso ceder un ápice. Algunos especialistas sostienen que, siguiendo el manual ya obsoleto y reiteradamente fracasado de la revolución socialista, los chavistas creen que tienen que endurecer para sostenerse en el poder y así consolidar la utopía. Otros más realistas piensan que, como un buen dictador en problemas, el ex chofer no tiene otro camino que aferrarse al poder absoluto. La historia enseña que sus opciones son la cárcel o el destierro, si no, algo peor.
Ante este empantanamiento de la situación, sólo queda la presión externa para encontrar una salida que descomprima la situación y traiga de nuevo la paz. Pero el mundo anda preocupado en otros menesteres. En una especie de revival de las preguerras del siglo XX, una situación de multipolaridad con liderazgos excesivamente nacionalistas se combina en un cóctel explosivo. Los Estados Unidos, impulsados por los nuevos vientos, desplazando flotas a diestra y siniestra. Chinos, coreanos, rusos, turcos, iraníes, japoneses, indios, ingleses y posiblemente en unos días los franceses, jugando el mismo juego y movidos por las mismas fuerzas. Pareciera no haber tiempo disponible para dedicarle a la tragedia venezolana. Por eso tal vez esta sea una asignatura pendiente de la región. Como en tantas otras oportunidades, los latinoamericanos no podemos permitir que una nación hermana caiga en un cono de sombra y sangre. Tenemos que seguir sosteniendo el principio de apoyo a la democracia y rechazo a todo tipo de dictadura o tiranía. Los organismos regionales tienen que alzar su voz y los diferentes gobiernos deben condenar a Maduro y obligarlo a retomar el cauce democrático. Pero es probable que las palabras y la retórica no alcancen.
Por todo esto es que el presidente Mauricio Macri tiene una oportunidad histórica en este tema. Goza de la legitimidad de haber sido la salida democrática argentina a una situación que muchos auguraban como la venezolana. Ejerce un liderazgo de hecho en la región, con un Brasil escuálido, un México preocupado por su frontera norte y una Colombia recomponiendo su tejido interno. Ya que en pocos días viaja a los Estados Unidos y se reúne con Donald Trump, la diplomacia argentina debería trabajar sin descanso para que le acerque al norteamericano una propuesta concreta de salida y solución para la situación venezolana. Una alternativa que contemple como mínimo a argentinos, cubanos, norteamericanos y al Vaticano, además de los otros actores regionales que quieran colaborar, en una especie de reedición del Grupo Contadora que hace varias décadas resolviera la sangrienta guerra civil centroamericana. Hay que lograr que el régimen autoritario de Caracas llame a elecciones, que se maneje la transición, que se ordene a la oposición y se resuelva el tema del destino de Maduro y sus secuaces. Macri podría llevarle a Trump esta propuesta y pedirle que juntos condenen la situación venezolana y le exijan al dictador caribeño que acepte este programa de vuelta a la paz y retorno a la democracia. Ante una negativa, la alternativa podría ser imponerle sanciones, algo que Washington sabe hacer de memoria. Maduro entiende que sus días están contados, si la región endurece sus posturas económicas y comerciales y los Estados Unidos suspenden, aunque sea parcialmente, las importaciones de petróleo venezolano.
Macri podría acercarle este regalo con moño a Trump, transformándose así en un interlocutor de lujo de toda la región y reforzando también la tradición argentina de nación amante de la paz.
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