El sistema presidencial se introdujo en la política francesa a finales de los años cincuenta. El general Charles de Gaulle lo explicó como "el encuentro de un hombre y una nación".

Monárquico de corazón, De Gaulle no fue el primer francés en soñar con una síntesis entre la voluntad del pueblo y la dirección de un hombre providencial dedicado al servicio de la nación en lugar de un partido político. La búsqueda de esa elusiva síntesis para cuadrar el círculo comenzó con la Revolución francesa, en el siglo XVIII, que inicialmente trató de reconciliar la institución monárquica con la soberanía ciudadana.

Otro intento de síntesis llegó cuando Louis Bonaparte asumió el poder, en 1848, con el intrigante título de "príncipe presidente", que cuatro años después fue reemplazado por una nueva designación: emperador.

El siguiente giro irónico en la historia de Francia llegó cuando el canciller alemán Bismarck insistió en que Francia celebrara elecciones y formara una república antes de conseguir la paz, después de su derrota por Alemania. En consecuencia, el Segundo Imperio francés fue disuelto y una asamblea constituyente fue elegida, en su gran mayoría con monárquicos. Así nació la Tercera República Francesa. Sin embargo, la nueva república nunca produjo la síntesis ideal.

Después de la Segunda Guerra Mundial, castigada por el experimento de la Alemania nazi con un sistema construido alrededor de un líder supremo, la élite política francesa abandonó el antiguo sueño y trató de construir un sistema parlamentario similar al británico. El sistema funcionó bien en el ámbito nacional, pero no pudo hacer frente a los desafíos planteados por la descolonización y la liquidación del legado imperial que Francia perdió sin atenuantes ante la insurrección argelina.

La Quinta República creada por De Gaulle demostró ser eficiente para hacer frente a esos desafíos e impulsó a Francia a través de medio siglo de estabilidad política y modernización económica.

Sin embargo, ¿qué pasa si "el sistema De Gaulle" deja de ser eficaz para afrontar los desafíos de una sociedad posindustrial en el contexto de la globalización? La pregunta se instaló en la ciudadanía al inicio de la campaña presidencial francesa, el 21 de marzo.

Para empezar, la fórmula de De Gaulle de "un hombre, una nación" parece más remota que nunca. En esta ocasión, la elección presidencial es una lucha entre no pocos postulantes que representan una mezcla de ideologías, desde el marxismo-trotskista hasta el nacionalismo cripto-fascista, a los que les siguen aspirantes socialdemócratas, liberales y conservadores clásicos.

Esta es también la primera vez que ningún candidato es avalado por administraciones pasadas. El presidente en funciones, François Hollande, es tan impopular que nadie quiere aparecer como su heredero. El candidato del Partido Socialista, Benoît Hamon, pretende que Hollande nunca existió, aunque sirvió como su ministro.

Debido a que el predecesor de Hollande, Nicolás Sarkozy, comparte la misma impopularidad, él tampoco es mencionado por François Fillon, que fuera su primer ministro durante cinco años, y la candidata de la derecha, Marine Le Pen, también tiene cuidado de no mencionar a su padre, Jean-Marie, el creador del negocio familiar.

El candidato de la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon, también ha borrado su pasado como veterano miembro de la izquierda violenta, además de ser miembro del Parlamento, ministro de gabinete y diputado europeo.

En una elección en la que no tener pasado parece ser un activo, el premio máximo por la inutilidad va a Emmanuel Macron, el candidato sorpresa que se ha convertido en el favorito de los medios de comunicación, con una buena oportunidad de llegar a la segunda vuelta de mayo.

Sin embargo, todos estos aspirantes, supuestamente frescos y sin equipaje, están respaldados por viejas fuerzas políticas. Fillon disfruta del apoyo de la maquinaria gaullista recientemente renombrada Partido Republicano y por los sectores católicos. Le Pen depende del legado de Acción Francesa, de los viejos círculos petainistas y de los nostálgicos de la Argelia francesa. Mélenchon es respaldado por los restos del Partido Comunista y sectores sindicales, además de grupos anarquistas expertos en peleas políticas callejeras. En cuanto a Hamon, controla parte de la maquinaria del Partido Socialista y porciones sindicales. Incluso Macron, un ex banquero que gusta citar a Racine y Molière, está respaldado por viejos sectores del establishment del Partido Socialista y círculos semidifuntos de los sindicatos.

Debido a que el populismo "es la sensación del momento" en las democracias occidentales, todos los candidatos actuales de la futura elección francesa se cuidan de despegarse de ese lugar, a pesar de que el populismo tiene una larga historia en la política francesa moderna, que data del general Georges Boulanger y Pierre Poujade, en los siglos XIX y XX.

En esta ocasión el populismo es especialmente anunciado a través de la oposición a la Unión Europea, alentado por el voto Brexit en Gran Bretaña. Le Pen quiere renunciar al euro y organizar un referéndum para abandonar la Unión Europea. Mélenchon también está cerca de abandonar la Unión Europea, mientras Hamon quiere permanecer "en el sindicato" bajo condiciones que ningún otro miembro otorgará a Francia. Fillon es ambiguo en el tema, pero al defender los lazos más estrechos con Rusia e Irán se propone una trayectoria fuera de la Unión Europea.

Con la excepción de Macron, que es ardientemente pro Unión Europea, todos los principales candidatos también son anti Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y sus posiciones son anti-norteamericanas, aunque disfrazadas de retórica anti-Trump.

Fillon, Le Pen y Mélenchon son abiertamente pro-rusos y prometen trabajar en estrecha colaboración con el presidente Vladimir Putin en todos los asuntos internacionales importantes. Mélenchon incluso quiere una conferencia paneuropea para redibujar las fronteras del continente y satisfacer así las "preocupaciones" de Rusia. Sólo Macron dice que no "colaborará" con Putin, mientras Hamon se opone a la política de Moscú de apoyo incondicional al dictador sirio Bashar al Assad.

La campaña está revelando a Francia con una escenario político profundamente fragmentado, que probablemente sería mejor gobernada bajo un sistema de coaliciones de estilo europeo que por un esquema de "un solo hombre, una nación" introducido por De Gaulle. Puede que esto no sea hoy el final de la Quinta República, pero pareciera que ese final está cerca.