Domingo Faustino Sarmiento llegó a la presidencia de la nación en 1868 al romper con su jefe político, Bartolomé Mitre, y el partido nacionalista que don Bartolo dirigía. No era el candidato que el general de la Guerra del Paraguay deseaba para sucederlo, pero Faustino se impuso con el apoyo del Ejército Nacional y de una porción significativa de las provincias del interior. Su irrupción en el plano electoral puso en evidencia la fractura del mitrismo como fuerza de empuje nacional, condenándolo a su desaparición. Sarmiento se convirtió en su sepulturero y Mitre no se lo perdonó. De modo que, cuando el sanjuanino ingresó en la Casa de Gobierno, comenzaron los ataques despiadados del mitrismo. Aparecieron en las calles de Buenos Aires carteles impresos por el mitrismo que trataban a Sarmiento de loco, maniático, animal en dos patas y peludo, entre otras lindezas.
Frente a este y otros ataques que se sucedieron metódicamente, el Presidente concluyó que, si no ampliaba su base de sustentación, quedaría expuesto al poder del mitrismo. Pensó en Justo José de Urquiza, midió las posibilidades de un acuerdo y al fin aceptó la invitación que le había hecho el entrerriano de llegarse hasta sus tierras. Desde ese momento todo condujo a un encuentro entre los dos hombres. Sólo era cuestión de oportunidad. Naturalmente, el mitrismo desesperaba tanto como el federalismo ultra de Entre Ríos. Un posible acuerdo fortalecía a Sarmiento y a la nueva tendencia del gobierno central, y era al mismo tiempo una nueva "traición" de Urquiza que el federalismo entrerriano no estaba dispuesto a soportar. De modo que planificaron sacarlo de juego. La idea consistía en detener al caudillo y obligarlo a marcharse del país. Algunos hablaban de suicidarlo. Esto circulaba en los corrillos políticos.
El ministro del Interior de Sarmiento, al tanto de lo que se hablaba, le escribió a Urquiza: "Debo decirle, general, alguna cosa reservada. Por lo que he oído, V. E. no debe estar sin una buena guardia en su casa" (Vélez Sarsfield a Urquiza, 18/11/1869).
Al mismo tiempo y en el sector de los recalcitrantes porteños se pergeñaba la idea de que si el Presidente buscaba la alianza de las provincias que iba a visitar para echarse en sus brazos y emanciparse del dominio de Buenos Aires, debían emplearse todos los medios para evitarlo. Entre los varios propuestos estaban convulsionar las provincias afectas a Sarmiento, especialmente la de Entre Ríos, deshacerse por todos los medios posibles del Presidente y en caso de que fallara esto o que no pudiera practicarse, al regreso de Sarmiento a Buenos Aires con cualquier pretexto, se lo declaraba loco y, previo un reconocimiento médico, se lo encerraría en el Hospicio de San Buenaventura.
Finalmente, el 3 de febrero de 1870 Sarmiento desembarcó en Concepción del Uruguay y se estrechó en un abrazo con el caudillo entrerriano. Una etapa sangrienta de nuestra historia se cerraba. Atrás quedaba aquella nefasta carta de Sarmiento a Mitre, luego de Pavón, donde le sugería el programa político para implementar con Urquiza: Southampton o la horca (esto es, el exilio o la muerte). De aquel Sarmiento no quedaba nada. Desandaba un camino de odios a los jefes provincianos. Se abrazaba con don Justo y manifestaba que ahora se sentía presidente de todos los argentinos. Sin embargo, este abrazo no fue perdonado por los ultras de ambos sectores. De modo que el federalismo duro de Entre Ríos se movió en dirección a la violencia.
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Planificado el asalto a San José, el caserón de Urquiza, las cosas salieron mal (o bien, según desde donde se lo mire). Urquiza se defendió. De la runfla de facinerosos partieron disparos que dieron en el ojo del caudillo e inmediatamente, para rematarlo, certeras cuchillada en el corazón, cuando don Justo, en el piso, se desangraba y su hija procuraba defenderlo de la furia homicida. El país se detuvo aquel 11 de abril de 1870. La noticia corrió como una bomba. Como siempre ocurre con las acciones terroristas, lograron el objetivo contrario a lo planificado. Si esperaban desaparecer a Urquiza para sacarse a Sarmiento de encima, lo que lograron fue la intervención de la provincia y la desaparición del viejo federalismo provinciano de Entre Ríos y también del país. Ya no había jefe.
La responsabilidad del crimen recayó en quien asumió inmediatamente la gobernación de la provincia, Ricardo López Jordán. Es a él a quien el periodista y poeta José Hernández le dirige una tremenda carta que hará escuela en la desgraciada historia de la violencia argentina: "En la lucha en que usted se halla comprometido no hay sino una sola salida, un solo término, una disyuntiva forzosa: o la derrota, o un cambio general de situación en la República. Cualquier opinión contraria a esto será un error político grave, que lo detendrá a usted en su marcha, para perderlo al fin. Urquiza era el gobernador tirano de Entre Ríos, pero era más que todo el Jefe Traidor del Gran Partido Federal, y su muerte mil veces merecida es una justicia tremenda y ejemplar del partido otras tantas veces sacrificado y vendido por él. La reacción del partido debía por lo tanto iniciarse por un acto de moral pública, como era el justo castigo del Jefe Traidor. Opino pues que para no empequeñecer su movimiento debe usted tomar esa reacción como punto de mira política".
Esta carta, que la historiografía revisionista observó con simpatía y como punto de arranque de una reacción sana y revolucionaria contra la deslealtad y la traición, no sólo descalifica al poeta-gaucho sino a los historiadores de marras. Consecuencia: ante el rumbo político emprendido por Urquiza la muerte puede justificarse como una solución válida y una salida al conflicto. Quizás haya que encontrar en estos autores la raíz de la violencia criminal que nos azotó en las décadas del sesenta y del setenta del siglo XX y que continúa vigente, en las palabras al menos, gracias al aliento dado desde el poder por el Gobierno del doctor Kirchner y su esposa, y que hoy desde el llano proclaman, como se vio el 24 de marzo del corriente en la Plaza de Mayo.
El abrazo de Sarmiento con Urquiza es un buen punto de partida para una grieta que aún no cierra.
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